Superar la tercera posición

Los desafíos de la Cuarta Teoría Política en Argentina. 

A propósito de las conferencias que brindara el profesor Alexandr Dugin en su primera visita a la Argentina en la CGT (14/9/14) y en la Casa de Rusia (16/9/16) podemos decir, sin ánimos de exagerar, que han marcado un antes y un después para las fuerzas de la Tercera Posición en Argentina. En efecto, han puesto en evidencia que en su seno se debaten dos tendencias entre los que están abiertos a desprenderse de los prejuicios del siglo pasado, y los que no. Explicaremos algunos puntos básicos de la propuesta de Dugin, antes de pasar a verificar su validez en el terreno de la política y la historia local.

¿En qué consisten los prejuicios a los que acabamos de aludir? Si nos viéramos obligados prematuramente a quedarnos con un aspecto de los planteos de Dugin señalaríamos la condición de que para pensar una nueva posición política han de abandonarse tanto el anti-comunismo como el anti-fascismo que el liberalismo ha pregonado para enfrentar sus oponentes entre sí y salir airoso. Por su parte, la Tercera Posición sostuvo la teoría conspirativa que imaginó detrás del capitalismo yanqui y el comunismo soviético una misma conducción sinárquica globalista. Pero ya cómo una forma superior de la intoxicación liberal ciertos sectores de este campo, en especial los religiosos (pero no exclusivamente), vieron en el “comunismo ateo” el enemigo principal a combatir, y para ello se aliaron al liberalismo. De la vereda de enfrente, el comunismo, cuando no llegó directamente a igualarlos, imputó a la Tercera Posición ser el brazo armado, o el instrumento preferido del gran capital para frenar las revoluciones proletarias. También el comunismo fue aliado de las fuerzas liberales para combatir a las Terceras Posiciones en “frentes anti-fascistas” como la Unión Democrática que enfrentó a Perón en 1946, para dar un ejemplo. Estas dos tendencias redundaron en el triunfo de la unipolaridad global neoliberal hacia los años noventa, mientras que las dos posiciones anti-liberales desaparecieron, o bien se fundieron en alguna de las opciones partidocráticas liberales, más a la izquierda o más a la derecha, pero dentro de sus reglas de juego pro-mercado. Hoy día cualquier liberal reconoce que el comunismo y las Terceras Posiciones tuvieron mucho más en común entre sí que respecto de “la sociedad abierta” cuyo máximo ejemplar sería la democracia estadounidense, y tienen razón. Obviamente no faltaron honradas excepciones en ninguno uno de aquellos dos campos antiliberales del siglo veinte que se percataran de esto y se resistieran a tomar las diferencias habidas entre uno y otro como la contradicción principal. El nacional-bolchevismo alemán fue un claro ejemplo de la Tercera Posición saliendo fuera de sus límites. En nuestro país lo fueron las amplias y variopintas vertientes de izquierda nacional, que desde una formación marxista y socialista abrazaron un nacionalismo identitario ibero-americanista; pero también, los nacionalistas que hicieron el camino inverso (y que fueron muchos). Aquellos pueden, sin lugar a duda, ser tomados como señales en el camino hacia la Cuarta Teoría Política venidera, que no ha de quedar asociada ya ni a la Segunda (el comunismo) ni a la Tercera Posición (nacionalismo) sino que actuará sobre la base de las verdaderas contradicciones. En términos políticos sobre la del liberalismo atlantista unipolar anglosajón y el resto del mundo con sus múltiples polos anti-liberales; y en términos filosófico-existenciales, entre la metafísica del sujeto moderno con sus distintas encarnaciones (individuo, clase, nación, raza) y el Dasein, que está a la base de la Cuarta Teoría Política.

Vayamos a la historia de nuestro país. Respecto de la Tercera Posición en Argentina, ya en sus mejores momentos, entre 1945 y 1955, cavó su propia tumba al sellar un pacto social con los grandes capitales oligárquicos en función de una “unidad nacional” que un enfrentamiento entre clases pondría en jaque. No lo hizo, claramente, cómo una tregua necesaria en camino a la socialización, sino haciendo de las migajas del cincuenta-cincuenta para el capital y para el trabajo el destino histórico mismo. Los trabajadores siguieron en ese marco yendo “del trabajo a la casa”, ciertamente reivindicados por los derechos laborales que conquistaron junto a Perón, creyendo que esa “unidad nacional” duraría mientras Perón la protegiese. Pero, mientras tanto, los capitalistas, que nunca creyeron en esa “unidad nacional” sino como un medio para volver a imponer su dictadura, preparaban meticulosamente un golpe de estado pues conservaban gracias al pacto social los resortes de su poder intacto. Ni el capital oligárquico ni el burgués tienen patria alguna distinta del dinero. Perón nunca dio el paso decisivo para derrotarlos, y dejó al pueblo solo, mientras él se exiliaba. Dijo preferir el tiempo a la sangre, pero el enemigo se cobró la sangre de los trabajadores igual. Que Perón se refugiara en la España franquista en lugar de armar a la clase obrera y enfrentar al enemigo en 1955 representa cabalmente quién era Perón, y en esto la Tercera Posición tiene razón: Perón nunca quiso la “Patria Socialista”, que hubiera sido la consecuencia inmediata de haber derrotado concretamente a sus enemigos: los que no trabajan. Perón tan sólo uso fraseología revolucionaria cuando desde el exilio necesito alentar sus “formaciones especiales”, es decir, las guerrillas de la izquierda peronista. Un claro ejemplo es el excelente documento de “Actualización política y doctrinaria para la toma del poder”, donde cita a Mao casi como una autoridad y reconoce al justicialismo como una forma de socialismo nacional. Se trataría de un importantísimo documento como antecedente de la propuesta de una Cuarta Teoría Política si no fuera porque lo contradijera groseramente años después tras llegar al poder. El pragmatismo y la auto-referencialidad de Perón permitieron desde el exilio forzar, poniendo muertos por izquierda, una negociación que conduzca a nuevas elecciones. Ya una vez alcanzado el poder por tercera vez, dentro de la legalidad del sistema, procedió a cometer los mismos errores que en sus dos primeros mandatos, y, además, procedió a relegar, y desarticular desde el aparato represivo del Estado burgués las organizaciones armadas que hicieron posible su retorno. ¿Qué clase de socialismo y qué clase de planteamiento estratégico de guerra integral es posible dejando al enemigo replegarse, conservar su poder de fuego, su poder económico y finalmente dejando al pueblo sin conducción ni un organismo político-militar que lo proteja?

Con esto no se pretende aquí menospreciar las conquistas que Perón instrumentó en favor de los trabajadores. Ni su visión de futuro y su indudable capacidad política e intelectual. En ese sentido, seguimos aprendiendo de él y sus aciertos, como se aprende de todos los grandes estadistas de la historia. Pero por la responsabilidad que asumió ante el pueblo, sus errores son los que más nos han costado colectivamente hablando, y es ingenuo creer que la Tercera Posición sólo fracasó por la violencia de sus enemigos, y de vuelta, por una conspiración en las sombras entre marxistas y liberales. Si la Tercera Posición hubiese estado a la altura del combate que le presentó el enemigo liberal, hubiera dejado de ser tal. Y hubiera sido lo lógico en Argentina, donde el comunismo nunca fue una amenza, seriamente hablando, para ella y si lo fue el liberalismo. La trampa del liberal siempre ha sido hacerle creer a la Tercera Posición que erradicar las formas capitalistas de raíz equivalía a “volverse comunista”. Tanto ha tenido efecto esta trampa que en Argentina los resabios de la claudicante Tercera Posición están plagados de eminentes representantes de lo que en Europa fue llamado “la estrategia de la tensión”. La AAA -Alianza Anticomunista Argentina- fue el equivalente local a la Red Gladio. Sirviendo al aparato de Estado, y a servicios de inteligencia, hombres de la Tercera Posición operaron asesinando y torturando militantes de izquierda durante los años 70’s. Bajo la sangre de esos crímenes, la Tercera Posición realmente existente, ya libre de “infiltrados” y de verdaderos enemigos por izquierda, ha quedado desde entonces atada simbólicamente a aquel pacto espurio con las fuerzas del liberalismo. Cómo es de esperarse, los que hoy se ubican orgullosos en la Tercera Posición nostálgica levantan y hacen suyo el relato histórico de los vencedores de la “guerra antisubversiva”, es decir, de los liberales pro-yanquis. Este imaginario anticomunista es el vigente, con matices, en casi la mayor parte del sindicalismo, en el peronismo ortodoxo, en el nacionalismo católico, y entre los nacionalistas de abierto o velado corte fascista.

Pero ni el dejar de ser anticomunista implica volverse comunista ni el dejar de ser de “anti-fascista” volverse un peronista o nacionalista de Tercera Posición. Si se afirma estas tesis se cae en el chantaje liberal, pues a nadie más beneficia hoy que no se pueda pensar más allá de estas categorías. Sea como fuere, para cualquier antiliberal consecuente siempre es objetivamente peor ser un cobarde y ceder ante las fuerzas represivas de ocupación liberal que ser tachado de subversivo, totalitario o lo que sea. ¿Por qué se nos hace posible afirmar esto?, porque nos parece un absurdo sostener que lo decisivo política y éticamente hablando ocurra al nivel de la representación. Esto quiere decir, considerar, que aquello que sostiene el valor de una persona es si adscribe a la ideología correcta o no. Y aquí entramos en el  terreno de la contradicción filosófico-existencial que divide aguas entre la Cuarta Teoría Política y la modernidad. Vale repetirlo: aquello que opera como representación teórica de un sujeto político dado, comúnmente designado “ideología”, o “doctrina”, está subordinado para nosotros al dominio existencial, que es aquel donde se juega lo realmente decisivo en el campo político. Sostener lo contrario implicaría abrazar un racionalismo improcedente que nos sitúa en el terreno caduco de las tres teorías políticas modernas que se busca dejar atrás. La experiencia fáctica es el primer momento en el desarrollo de toda auto-conciencia. Por eso, para nosotros, aquellos que decidieron luchar y morir contra el enemigo del pueblo y de la patria están existencial, ética, y políticamente, por encima del resto haya sido cual fuere su ideología. Nosotros sí coincidimos con la Cuarta Teoría Política (a diferencia de la Tercera Posición local que es humanista-cristiana) en el hecho de que su portador sea el Dasein. Ni un sujeto individual ni uno colectivo pueden ser portavoces de algo radical. El Dasein, propiamente dicho, es aquel existente auténtico en cuyos actos y gestos puede re-significarse la trama existencial del mundo circundante donde nuestra tierra, los otros hombres, y nosotros mismos habitamos. La Verdad es una experiencia que trasciende por ser anterior y fundante a toda racionalización discursiva. Por eso no tendrá sentido el que nuestra crítica a la Tercera Posición sea tachada de “comunista”. A este respecto, vale recordar cómo bien marca Jünger, hombre de acción que nunca tuvo los miedos de nuestros nacionalistas, que superar el economicismo de cierto marxismo no implica “que el espíritu se aparte de todas las luchas económicas: lo importante es, por el contrario, que se otorgue a esas luchas la máxima virulencia” (El Trabajador, Tusquets, 1990, p. 35). ¿Dirán nuestros esperables detractores que Jünger también era un “infiltrado” dentro de la Tercera Posición? Nosotros les respondemos de antemano. No, era alguien que veía más alllá, siendo por ello un precursor de la Cuarta.

¿Qué hacer entonces? ¿Otra vez el anti-comunismo conspiranoico abortará las posibilidades más osadas, las únicas viables, de la revolución nacional y social? Aunque los que se dicen de Tercera Posición mayormente lo oculten o lo ignoren, en Argentina hubo nacionalistas y peronistas de formación en las vertientes más duras de la Tercera Posición que se animaron a más y enarbolaron junto a las tradiciones nacionales en las que se formaron la revolución social sin contemplaciones por la oligarquía y los patrones. Sin nada de “pacto social”, ni “lucha por el occidente cristiano” ni poniéndose a disposición de la OTAN. ¿Seguirá negándose el valor existencial de aquellos precursores? Jose Luis Nell, Joe Baxter, Rodolfo Walsh, Dardo Cabo, ellos marcaron el camino a la Tercera Posición dando la vida por un nacionalismo revolucionario cuya Idea estuvo por encima del Estado y la conciliación con el capital. Ninguno de ellos luchó desde el cómodo sillón de una representación sindical, negociando con autoridades ilegítimas de un Estado burgués y dictatorial. El camino hacia una Cuarta Teoría Política será posible tan solo revalorizando lo que allí latía en la práctica. Allí había algo más que mero nacionalismo, algo más que mero marxismo; aunque defectuosamente formulado, y por eso inestable en términos teóricos. Ellos fueron socialistas, nacionalistas, guerreros del continente americano, abanderados de la solidaridad internacional en la lucha contra el atlantismo y dieron su vida. ¿Qué importa que no hubiesen tenido una acabada concepción ideológica si hicieron más por la Patria que todos los nacionalistas vivos juntos? Lo importante es esto, que en Argentina hubo guerreros que lucharon por una Patria Socialista respetando profundamente las raíces históricas y las tradiciones del pueblo. Perón podrá ser lo máximo dentro de la Tercera Posición. No tenemos duda, pero también es su límite. De hecho el más grande filósofo que tuviera el Peronismo, un eminente heideggeriano, me refiero a Carlos Astrada, es mayormente ignorado por la Tercera Posición de nuestros días, quizá como castigo por no ser católico, o por haber luego girado a la izquierda (como los hombres que acabamos de reivindicar) realizando entonces descarnadas críticas a Perón. Son estos hombres heterodoxos los anuncios de las posibilidades más auténticas de nuestro destino: el camino hacia otro horizonte político que poco tiene que ver con ese fantasma del “comunismo asesino” que ven los nacionalistas argentinos cuando se los saca de su estrechez mental. Los únicos genocidios en Argentina fueron siempre cometidos por nacional-conservadores y liberales.

Al decir de Heidegger, el Dasein elige sus propios héroes en función de la proyección de su existencia en el horizonte de la finitud. Es hora de superar la Tercera Posición, y darse cuenta que la efectiva liberación nacional y social sólo es posible con un anti-capitalismo raigal y furioso que no tenga como destino el Estado, ni la convivencia con el enemigo, ni la adoración de tiempos remotos y arcanos, sino dar parto a una nueva civilización en clave continental y a un hombre nuevo desde una praxis y una teoría ajustadas a los tiempos que corren. Sin socialismo, sin trabajadores en armas, no hay liberación nacional; y sin continentalismo y multipolaridad, tampoco. Para encontrarnos de nuevo con nuestro destino, tenemos que prestar más oídos a Heidegger, a Jünger, a Schmitt, como algunos hacemos desde hace años y como bien nos sugiere Dugin. En lugar de los intelectuales conservadores-católicos que esgrime la derecha peronista como autoridad (Nimio de Anquín, Disandro, etc.), nosotros proponemos acercarnos mediante un diálogo interpretativo, de igual a igual, dogmas e ideología aparte, a Carlos Astrada, Martínez Estrada y Leopoldo Lugones; a Scalabrini Ortíz, Jauretche y Hernández Arregui; a los maestros alemanes antes nombrados y a los siempre vigentes filósofos griegos. En suma, nuestra cultura es la que merece lectura atenta, no para estancarse en algunas de sus más grandes figuras, sino para re-encontrarnos nosotros mismos con nuestro destino histórico.

Que el Dasein y no el humanismo cristiano opere en la Cuarta Teoría Política no es un condimento que lo diferencia de la Tercera Posición peronista… es algo esencial, al igual que el anticapitalismo socializante que sostiene (y aquí intentamos tematizar sucintamente que su necesidad no parte de un análisis economicista sino de uno existencial). Estas diferencias abren un abismo que nos interpela: ¿Estamos dispuestos a cambiar la trama de significaciones en la que nos hemos establecido alguna vez? ¿Somos todavía lo suficientemente humildes y, a la vez, valientes, como para dejar un espacio libre de certezas para que pueda surgir algo nuevo? Hegel, y después Nietzsche, sacudieron al mundo occidental al anunciarle la muerte de Dios. Así alertaron y sacudieron sus consciencias respecto de lo que estaba por venir. En Argentina hace tiempo que ciertos hombres buscan un Perón para que los redima… pero Perón ha muerto y era lo único que el peronismo por definición tenía como garantía de mismidad. No buscan ningún cambio aquellos que agolpados en torno a su cadáver repiten cual mantra frases hechas para exorcizar cualquier “desviación”, puesto que la rigidez propia de lo muerto no podrá nunca dar luz a una nueva civilización. Todo resabio institucional, partidario o sindical, del peronismo, está perimido y vinculado indisolublemente al liberalismo con el que se haya siempre dispuesto a negociar los términos de reproducción del aparato estatal y de la economía de mercado. Todo lo valioso y heroico que guardó dentro de sí la Tercera Posición no vive en esas estructuras, sino por fuera de ellas, y se conserva superado en la lucha por el futuro de nuestra tierra y no en la adoración nostálgica de algo que no volverá a ser y que justamente por eso demanda nuestra intervención en la historia.

Rusia y Argentina, tal como afirmó felizmente Dugin, aún son depositarias en lo más profundo de sí, de las instituciones romanas, de las artes y la filosofía griega, de los maestros del pensamiento alemán, de esa Europa que en su suelo natal ya dejó de ser tal. La cultura vive ahora en nosotros, no como algo externo, sino como posibilidad, pues todavía estamos próximos a la tierra y habitamos un gran espacio continental que espera su configuración y una unidad más férrea para dar todo de sí. Nuestro carácter de posibilidad actuante nos permite a su vez ser portadores de algo novedoso. Somos el futuro del mejor de los pasados. Estamos aquí para, a partir de una ruptura con lo inmediato re-significar la trama de nuestro mundo y no para maquillar muertos. La Tradición, para nosotros más que nadie, es una posibilidad viva de nuestro destino. Y nada que se levante por encima y por fuera nuestro podrá convencernos de lo contrario. Hacia allí vamos, pues “el mundo es algo en lo que el existente en cuanto ente ya siempre ha estado, y a lo que en todo explícito ir hacia él no hace más que volver” (Heidegger, Sein und Zeit, 1927, p. 76),… en este camino de retorno al Heimat nos encontramos felizmente con la Cuarta Teoría Política. Argentina tiene aportes muy importantes que hacer al respecto. Somos varios los que podemos exhibir las credenciales de apertura, compromiso y consistencia intelectual que demandan la hora, aunque por ello nos hayamos ganado el desprecio de quienes defienden aún posiciones perdidas. Saludamos la visita de Dugin y la creación del movimiento euroasiático en Argentina por viejos amigos nuestros como se saluda lo peligroso y todo lo que le da sentido a la vida.

Los negocios son cosa de otros, el futuro es nuestro.

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