Introducción a “Geopolítica Existencial”

Compartimos nuestra introducción a “Geopolítica Existencial” aprovechando la presencia de Aleksandr Dugin en el país para mejor conocimiento de su obra y sus ideas entre el público local.

El Eurasismo como Idea encarnada

Carl Schmitt tenía razón cuando invirtió el sentido de un viejo refrán para darle voz a la verdad profunda de toda identificación política: “Dime quién es tu enemigo y te diré quién eres”. La enemistad nos define. Es por ello que, empezando por cómo ciertos medios anglosajones lo señalan y etiquetan —”el filósofo más peligroso del mundo”—, tenemos buenas razones para escuchar las ideas de Aleksandr Dugin. El foso que rodea su fortaleza es, en respuesta a aquello, bastante claro: “Si usted está a favor de la hegemonía liberal global, usted es el enemigo”. Pero ¿cuál es el motivo profundo de un enfrentamiento tan explícito? Intentaremos mostrar que, como toda verdadera enemistad política, esta es expresión de un conflicto espiritual y existencial de fondo, que se manifiesta en los campos de la geopolítica, fundamentalmente, y solo de forma derivada en el terreno político-ideológico.

La primera dificultad con que nos topamos es justificar este recorte. ¿Cómo hacer entender a los supuestos opositores al liberalismo que la distribución de la riqueza no es la piedra de toque que lo decide todo? Más o menos riqueza, más o menos consumo. Todo esto pertenece a los parámetros propios de la visión del mundo liberal. Pero no hay forma de hacerle entender a uno de ellos que lo único que considera real, la economía, no constituye aquí siquiera un problema. Al respecto vale mencionar algo que ya vio Jürgen Habermas a la hora de defender la criminal guerra contra Irak. Si no se comparten ciertos fundamentos, el diálogo es imposible. Habermas los pone en el propio lenguaje. Supuestamente, son reconocibles por cualquier individuo que haga libre uso de la razón. Pero esto solo es posible en una sociedad liberal o, mejor dicho, aceptando los supuestos antropológicos de la misma. Por este motivo, su presunta fundamentación filosófica, en el fondo, supone aquello que pretende fundamentar. Si uno aceptara los fundamentos desde los cuales parte el ejercicio presuntamente puro de la razón, estaría ya aceptando su claudicación espiritual ante la visión del mundo que se debería empezar por explicitar y discutir. La universalidad en que se escuda el Occidente liberal no es más que la potencia del pensamiento puesta al servicio de las empresas rapaces del capitalismo. No son pues menos parciales ellos que nosotros, los que estamos enfrente. Con la diferencia de que nosotros no ahogamos por la fuerza de las bombas o el imperio de una libertad abstracta las diferencias entre los pueblos.

Las ideas de Dugin, por el contrario, no gravitan en el aire ni en torno de una concepción moralista del mundo, sino que brotan orgánicamente del suelo y de la historia del pueblo ruso. La excepcionalidad de Dugin no es la moda particularísima de los intelectuales franceses. Es la propia de Rusia o, mejor dicho, Rusia es la excepción. Desde su punto de vista, son la lógica y el universalismo occidental los que fracasan. Esto se ha hecho consciente en forma plena gracias al movimiento eurasista de principios de siglo XX, conformado por emigrados de la Unión Soviética. Este grupo de intelectuales de primer nivel fundamentó, por primera vez, la excepción rusa partiendo de una idea fundamental: Rusia es una civilización distinta de la occidental. Desde entonces, esa idea ha madurado y hoy Dugin es uno de sus principales exponentes. Con auténtico espíritu pluralista, defiende que no existe un solo tipo de civilización respecto de la cual todas las otras culturas representan el atraso, que las distintas formas de habitar en la tradición no son expresión de una pobreza de perspectivas atascada en el pasado. Por ello sostiene una comprensión del tiempo completamente distinta de la mejora continua de corte cuantitativo, ajustada al time is money, y que pone al Occidente anglosajón a la vanguardia.

La nota distintiva de la civilización euroasiática es que tiene la eternidad por suelo y el suelo por eternidad. Conceptos que exceden por mucho las determinaciones puramente geográficas o estrictamente teológicas. La extensión infinita de la estepa, que la geopolítica anglosajona había llamado el corazón del mundo (Heartland), es el suelo mismo de la existencia del hombre ruso; suelo que conforma en él un tipo bien determinado de vida. Se trata del espíritu aguerrido que, empujado por la braveza misma de los elementos de la naturaleza, no asienta sus esperanzas y sus anhelos en la comodidad de un hogar, sino que migra sobre las cuatro patas de su caballo, confundido en un solo ser. Raza de centauros, los jinetes de la estepa han expresado, como el gaucho en la Argentina, el ser de una civilización peculiar y distinta que alumbra en Eurasia, por un lado, y en Iberoamérica, por el otro. Dos grandes espacios continentales, en cuya afirmación se expresa la mayor amenaza posible para el liberalismo globalista. No se trata de la disponibilidad de recursos o del acero acumulado en armas de destrucción lo que ofrece un potencial revolucionario. Fundamentalmente es la autoconciencia del pueblo lo que permite dotar de sentido los hechos y que los hombres se reencuentren consigo mismos en medio de ellos para lanzarse al porvenir. Toma de conciencia que no solo se acusa en el intelecto o en el coraje de algunos hombres, sino que se hunde, profunda como el campesino, en la riqueza de la propia tierra que, como decía Rainer Maria Rilke de la estepa, limita con Dios.

En general, todos tenemos la necesidad de escuchar que Dugin es asesor de Vladimir Putin, que entre ellos existe una proximidad física. Pero este fetichismo es una expresión de nuestra profunda desconfianza en el poder del saber, del Espíritu. No hay necesidad de exagerar, pues evidentemente hay ciertas ideas que parecen orientar tanto el combate cultural de uno como el político del otro, y eso es lo importante. Cabe aclarar al respecto que no se trata de meras palabras ni de conceptos. Tampoco la palabra idea denota una mera ocurrencia. No son esencias quietas en el trasmundo ni imágenes en nuestras cabezas. Son mucho más. Las ideas, con su movimiento, hacen la historia universal en sus distintas concreciones. Ellas son la potencia y el núcleo de todo acontecimiento. Son la acción esforzada del espíritu de un pueblo histórico en la que se encarna su voluntad de expresar la universalidad del ser del hombre.

La Geopolítica Existencialtapa2094607570.jpg

Dentro de la vasta producción duguiniana en los terrenos de las Relaciones Internacionales, la Sociología, la Ciencia Política y el estudio de las tradiciones, podríamos destacar dos ejes principales. Ambos son parte de un mismo combate contra el mundo unipolar encabezado por los EE. UU. y por el punto de vista que impone como si se tratara de una necesidad científica pura y desinteresada. Por un lado, Teoría del Mundo Multipolar y, por el otro, la Cuarta Teoría Política. El primero de estos libros expresa la visión geopolítica de Dugin, que llama a los distintos pueblos a encontrar su unidad continental no solo sobre la base de meras asociaciones de Estados ni a partir de intereses económicos determinados, sino fundamentalmente sobre la idea de pertenecer a una misma tradición, a un mismo tipo cultural histórico que tenga unos mismos objetivos políticos y una misma forma de arraigo en su suelo. Si bien es únicamente a escala continental que hoy es posible preservar cierto poder y autonomía para los distintos pueblos, este llamado a conformar una civilización-continente es algo más que realismo político. No naturaliza la forma política moderna del Estado-nación como la única posible, sino que otorga espacio para que resurjan instancias identitarias locales con mayor autonomía, aplicando el principio de subsidiariedad y, también, para que existan instancias no solo formales, sino también decisivas y con atribuciones soberanas a nivel continental.

Aquí es donde la Cuarta Teoría Política entra en escena, puesto que ninguna de las tres teorías políticas clásicas de la modernidad está a la altura de conformar una civilización a escala continental sobre la base de identidades y tradiciones locales como eje. Ni el liberalismo, en tanto primera teoría política, con el individuo como sujeto de la historia; ni el comunismo como segunda, con la clase; ni el nacionalismo, como tercera, con la nación, la raza o el Estado. Estas tres teorías políticas proponen distintas formas de desarrollo o, lo que es lo mismo, distintas interpretaciones del proceso histórico concebido como progreso. Este es el primer impedimento que tienen para poder ser protagonistas del naciente mundo multipolar que no impone una determinada comprensión del tiempo a todas las civilizaciones por igual. Pero a este aspecto esencial se suma un segundo problema: la limitación que ostenta el sujeto histórico de cada una de ellas para integrar política, cultural y espiritualmente un continente. Allí donde el individuo es liberado de todo lazo colectivo y dotado de unos derechos inalienables de alcance universal, como pretende el liberalismo, es imposible darle voz a cualquier tipo de proyecto de vida en común. Lo mismo pasa si todo lo decide el lugar que ocupan distintos grupos en las relaciones de producción, pues allí todo es visto desde unas categorías económicas presuntamente universales. Tampoco es posible, por último, allí donde cada pueblo se cierre sobre sí mismo sosteniendo apetencias unilaterales frente a los demás que habitan su territorio o limitan con sus fronteras, pues de este modo se acentúan los conflictos con quienes tal pueblo debiera confluir, en respeto de las diferencias de cada cual, en una misma civilización-continente.

Más allá de la inadecuación teórico-conceptual de estas tres teorías, en los hechos nos encontramos con que solo el liberalismo, la primera teoría política, está vigente, puesto que ha resultado triunfante en la disputa ideológica del siglo XX por encarnar el proyecto de la modernidad. Lo peculiar es que, al encarnarlo, libre ya de sus enemigos, ha, asimismo, perdido todo sentido histórico. Pero, además, cualquier intento de retorno a la segunda y tercera teorías políticas redunda en el refuerzo y reaseguro del liberalismo, que de lo que más está ayuno es de enemigos brutales que le devuelvan su perdido sentido histórico de encarnar la libertad frente al totalitarismo. El fundamentalismo islámico fue alimentado por las potencias occidentales, ex profeso, no solo por necesidades geopolíticas sino también para tal fin.

La Cuarta Teoría Política propone entonces, para fundamentar una alternativa, romper el círculo hermenéutico de cada una de estas teorías políticas. Es decir, rechazarlas en tanto conjuntos coherentes y organizados de elementos ideológicos heterogéneos. Al mismo tiempo, ofrece un nuevo marco epistémico para que cada una de las distintas civilizaciones del mundo multipolar configuren su propia Cuarta Teoría. Si así no fuese, caeríamos en otro falso universalismo. Luego, y sobre la base de lo recién dicho, se hace posible volver a comprender ciertos elementos de las tres teorías políticas clásicas bajo una nueva luz. La libertad, la justicia social, la soberanía de los pueblos, por ejemplo, todo aquello encuentra su lugar en la Cuarta Teoría Política, siempre y cuando no se proponga en su nombre la rehabilitación de alguna de las viejas teorías o de sus correlativos sujetos históricos. Para prevenirnos de recaer en alguna de ellas, Dugin propone varias hipótesis —ninguna definitiva— de sujeto histórico para su teoría. El candidato principal es el Dasein heideggeriano. Es decir, el ahí del Ser. El entroncamiento existencial del hombre con su geografía espiritual, respecto de la cual él toma una determinada decisión: repetirla creativamente o bien darle la espalda y condenarse a la falta de raíces y a la inautenticidad propia del mundo moderno. En esta idea de que el Dasein, el existente, siempre se da en un pueblo determinado, arraigado pero abierto al futuro, se puede comprender que existan, en la propuesta de Dugin, tantos Dasein como civilizaciones de alcance continental. Además, la contraposición existencial entre el das Man, el hombre alienado en el sentido común, en lo que todo el mundo dice o hace y el Dasein como existencia auténtica, se superpone en la interpretación de Dugin a las dos posibilidades esenciales de toda civilización: tradición o modernidad. La modernidad no es lo que viene después o lo que reemplaza a la tradición. Ambas son posibilidades siempre abiertas. La decisión está en nuestras manos.

El peronismo como Cuarta Teoría Política

Algunos compañeros tuvieron una actitud dogmática frente a la propuesta de Dugin la primera vez que estuvo en Argentina, a mediados de 2014. Reaccionaron con el típico rechazo con el que se recibe todo nuevo paradigma. Unos lo niegan y se refugian en el pasado, en la repetición de frases hechas y de viejas consignas; otros dicen que lo que viene a traer no es sino algo que ya teníamos. Error; por cuanto lo que uno descubre con nuevos ojos no es algo que hubiera podido ser visto a la luz de un viejo paradigma. En ese sentido, la Cuarta Teoría Política viene a ofrecernos una nueva perspectiva para abordar nuestra propia resolución histórica, nuestro proyecto existencial y político. En ese sentido, lejos de verlo como algo ajeno o como algo que meramente repite ideas ya conocidas, nosotros consideramos que nos ayuda a sacar del olvido cosas que permanecen ocultas en nuestras mejores tradiciones. El peronismo tiene una originalidad propia que se expresa en sus fundamentos filosóficos y en algunos postulados geopolíticos, que desbordan por mucho lo que acabó por expresarse como doctrina y movimiento histórico en un momento determinado. Es sabido por todo aquel que haya leído a Perón que no concebía la doctrina como algo eterno, sino tan solo a sus principios más generales, y que en ello radicaba la posibilidad de distinguir entre lo esencial y lo coyuntural. Quien quiera ver en su acción política un mero pragmatismo, no hace más que proyectar su propia desorientación existencial y su falta de visión estratégica. La doctrina se actualiza, sí; se adapta a distintos escenarios, también, pero siempre teniendo por eje unos principios generales inmutables. Esta sutil diferenciación habilita pensar la actualización doctrinaria del peronismo en los términos de una Cuarta Teoría Política iberoamericana.

Cualquiera puede decir que el peronismo no es simplemente una forma de nacionalismo equiparable a los totalitarismos europeos o los movimientos de liberación nacional tercermundistas. Pero pocos han intentado pensar desde esa diferencia. Para hacerlo, nosotros volvemos al fundamento filosófico del justicialismo, La comunidad organizada, que aguarda desde hace tiempo a nuevos lectores. Como eje de la visión del mundo de nuestro movimiento histórico, este texto desborda por mucho las distintas propuestas nacionalistas, sean fascistas o tercermundistas. Contiene también un sentido trascendente, pero no a-histórico como ciertas lecturas rígidas de los tradicionalistas europeos. Recuerda, en cierto sentido, las filosofías de la historia de Schelling y Hegel. Esto quiere decir que no concibe el tiempo como una pendiente que va desde la Edad de Oro hasta nuestro momento en una decadencia imparable, sino que las integraciones mayores a las que tiende el mundo se suceden como el desenvolvimiento de un principio eterno que lucha por su manifestación y reintegración plena. En tal proceso, los momentos anteriores son comprendidos y conservados. No hay mera negación del pasado sino Aufhebung, es decir, negación de lo dado en pos de conservar lo esencial, lo eterno de toda manifestación en una nueva repetición, creativa, del origen. Grecia, Roma, el cristianismo y las distintas manifestaciones de la modernidad, nada es negado, sino en la medida en que es superado y conservado en la culminación del Espíritu que es nuestro proyecto histórico. Pero, a diferencia de las lecturas derechistas de Hegel, este proceso no cristaliza en el Estado, sino en una comunidad que se realiza gracias al hombre y no a expensas de él.

Tenemos allí, entonces, algunos fundamentos para entender nuestra propia tradición abierta al futuro y para superar en forma revolucionaria la actual precariedad que afecta las concreciones históricas e institucionales del movimiento. Debemos empezar de nuevo, desde lo esencial y sin el peso muerto de lo accesorio. Y aquí también queda implicado un paso que es igual de importante: hay que empezar a darse cuenta de que hay vida más allá de Perón. Esto no quiere decir olvidarse de Perón, porque esto es justamente lo que el endiosamiento ha logrado, que cualquier delincuente pueda ampararse en su figura con solo repetir dos o tres frases hechas de la liturgia partidaria. La falta de pensamiento propio se hace pasar por ortodoxia, pero cuando alguien habla del pensamiento filosófico olvidado del General, queda evidenciado que detrás del ignorante está el peor de los verdugos. Pero hay algo peor, y es que esta deformación fetichista del peronismo conlleva el olvido de los filósofos de primer nivel que convocó a su alrededor.

Carlos Cossio, el filósofo del derecho más importante que tuvo nuestro país, en 1949 ya se había rebelado contra la fatalidad de que, por falta de una definición más profunda, el peronismo cayera despedazado en la disputa de facciones sectarias, provenientes de la extrema derecha o de la extrema izquierda. Propuso, entonces, diferenciarlo no solo del liberalismo y del comunismo, sino también del totalitarismo centroeuropeo y llamarlo no tercera, sino, literalmente, cuarta posición.

Igual de sorprendente es el antecedente de Carlos Astrada. Inspirado en su maestro Martin Heidegger, pero con dotes de originalidad radical, y en un profundo conocimiento de los símbolos de la tradición, articuló la dimensión ontológica del espacio de la pampa argentina con la naturaleza del hombre argentino, al que la pampa define en su ser. En ese sentido, hizo en El mito gaucho (1948) una operación paralela a cuanto intentaran Lev Gumilev o Berdiaev, los eurasistas, que veían en la estepa la realidad del hombre ruso. En esta gravitación absorbente del propio suelo, que coaguló todas las influencias variopintas que confluyeron al poblarlo, radica la esencia de la tradición para los pueblos de impronta telúrica. Por esta vocación de apertura a la inmensidad que caracteriza a pampa y estepa, tenemos razones de sobra para acompañar a los compañeros euroasiáticos en el combate por el mundo multipolar mucho más activamente que hasta ahora. No es casualidad que, para la mayoría de los argentinos, incluso para los que pertenecen al movimiento peronista, Astrada sea casi tan desconocido como Dugin. Tampoco es casualidad que los dos hagan aquí emergencia para indicar el sendero oscuro de inmersión en la propia tierra. La causa euroasiática ha demostrado ser mucho más que la causa rusa. En Siria está la evidencia empírica, temprano Vietnam del siglo XXI. Por esa razón, habremos dado el paso fundamental hacia una nueva humanidad, hacia la humanidad telúrica, cuando tomemos conciencia de que la causa de nuestros pueblos es la misma causa.

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