La geopolítica como construcción en la época de la neutralización y la unidad

I.

“Si un lugar puede definirse como lugar de identidad, relacional e histórico, un espacio que no pueda definirse ni como espacio de identidad ni como relacional ni como histórico, definirá un no lugar ”.

Marc Augé, Los no lugares. Espacios del anonimato.

El presente se nos muestra banal, efímero, circunstancial y, paradójicamente, trágico, omnipresente y esterilizante. El ya anciano proyecto político moderno parece haber encontrado finalmente los medios y, lo aún más importante, las circunstancias para llevar a su conclusión lo que interpreta es su destino manifiesto1, es decir, el establecimiento de una organización unitaria del poder político2 que tenga por objeto arrojar al Hombre a un espacio totalitario donde la identidad quede signada a cumplir un rol decorativo en el dominio de una civilización planetaria norteamericanomorfa que, liberada ya de compromisos culturales y políticos con su tiempo y lugar, se dedique únicamente a gestionarlos y consumirlos, ensayando así una huida hacia adelante donde la frivolidad y el simulacro devienen tan cotidianos como necesarios para volver habitable una atmósfera por demás contaminada.

El hombre moderno, hijo de aquel optimismo iluminista, es hoy el espécimen de una especie derrotada, autoalienada, caída. Desprovista de sentido, la vida del hombre moderno se ve condenada a lidiar con la vacuidad y con una pobreza simbólica desterritorializadora, igualitarista y universalista desde la cual no es posible formar conciencias ni identidades, entregándose así al goce desordenado prometido por aquellas voces que cantan escatológicamente cuál debe ser el objeto de deseo; objeto éste que se caracteriza por desencadenar un proceso mimético3es decir, aquel proceso en que los unos y los otros se imitan en la lucha por lo Mismo y en la repulsión a lo Otro.

Hoy la unidad del mundo presenta aquel encanto embriagador que pulsiona a los hombres hacia lo Mismo, hacia la misma furia desesperada de la técnica desencadenada y de la organización abstracta del hombre normal4Es por ello que resulta lícito pensar, tal como lo propuso Spengler, que la historia universal es la historia del hombre urbano; la historia de aquel hombre que, en el registro de una diáspora, huye por temor al dolor y a la muerte para devenir nómada intelectual, librepensador, apátrida y, finalmente, ciudadano del mundo; y es aquella huida la que le provee la perdición de su seguridad5 que cree encontrar en el tecnomaquinismo, el dinero y el confort.

No es cierto que el Mundo se haya vuelto más pequeño ni que los tiempos se hayan acelerado. Sencillamente se empobreció el plexo de sentido que nutre de relatos e imágenes la tierra y el tiempo humanos. No es que ya no haya territorios por habitar, sino que ya no parece haber Hombres para tal empresa.

II.

“[…] Esto es algo más que consentimiento o concordancia; es una unidad real de todo ello en una y la misma persona, instituída por pacto de cada hombre con los demás […] Hecho esto, la multitud así unida en una persona se denomina Estado, en latín Civitas. Esta es la generación de aquel gran LEVIATÁN, o más bíen (hablando con más reverencia), de aquel dios mortal, al cual debemos, bajo el Dios inmortal, nuestra paz y nuestra defensa. […] Y en ello consiste la esencia del Estado, que podemos definir así: una persona de cuyos actos una gran multitud, por pactos mutuos, realizados entre sí, ha sido instituída por cada uno como autor, al objeto de que pueda utilizar la fortaleza y medios de todos, como lo juzgue oportuno, para asegurar la paz y defensa común. El titular de esta persona se denomina SOBERANO, y se dice que tiene poder soberano; cada uno de los que le rodean es SÚBDITO suyo”.

Thomas Hobbes, Leviatán: o la materia, forma y poder de una República eclesiástica y civil.

Asistimos, con ojos atónitos, a un espectáculo que propone la pulverización del poder leviatánico. Aquel gran monstruo marino del Antiguo Testamento6 que Hobbes erigió como pacificador y ordenador público se vislumbra amenazado por fuerzas emergentes que vieron la luz a su amparo y desmedro. No es que el Leviatán no ofrezca resistencia, sin embargo ya perdió su primitiva fuerza mitológica y hoy su invocación no es más que el culto idolátrico de un símbolo arquetípico al que Hobbes y su tiempo condenaron a muerte. El soberano moderno, en un intento de sacralización paradójica de su autoridad política, devino en un dios mortal que no pudo resistir la prueba del tiempo y del espíritu y, como consecuencia de su formación, se vio subordinado a un proceso entrópico donde el mito leviatánico mutó, mediante la mecanización progresiva del Magnus Homo, en la gran Machina Machinarum o Estado técnico neutral7 que ya no puede ofrecer protección ni demandar obediencia en ocasión de su “neutralidad”.

El destino político de nuestro tiempo está dado por un espíritu consensual que invoca el statu quo e intenta conjurar en él lo político8, buscando en la subordinación de las fuerzas elementales, y con ellas las del Hombre, una organización técnica del Mundo9 que pueda proveerle un espacio de neutralidad absoluta bajo el designio de un tiempo muerto.10

Bajo el dominio de la técnica el órgano estatal se ve desplazado, sometido y determinado por la organización tecnomaquinística del tiempo y del espacio. Bajo el dominio técnico el Estado deviene organización técnica, y en ella el pueblo encuentra su disolución. La técnica, lejos de ser neutral a los conflictos del espíritu, intenta instrumentalizarlos en una gran paleta de dispositivos mecánicos que tiene como fin la normalización de la vida dentro de un gran aparato social que, por todos los medios, busca ocultar lo político, pero la sombra de éste se proyecta transversalmente por el mecanismo y alcanza a sus sometidos, haciendo un estruendoso ruido a su paso al que el espíritu técnico responde con métodos de absorción, mas nunca de liberación.

El proyecto político moderno, que inició sus pasos con el encumbramiento del Estado como unidad política pacificadora y desteologizadora11, encuentra hoy en la reconfiguración del espacio la posibilidad de despliegue de un potencial técnico pretendidamente neutralizador. Ante la unidad del mundo el Estado deviene en un gran no-lugar de “geometría variable” donde todo se vuelve provisorio. La unidad ha transformado al Estado en un mero contrato12 que establece una serie de derechos y obligaciones de incierto cumplimiento para la concreción ad infinitum del “bien-estar”, el goce y la idolatría paroxístico fetichista de un reino politeísta de pequeños dioses raquíticos con nada para ofrecer.

III.

“Geopolítica es la ciencia que concibe al Estado
como un
organismo geográfico o como un fenómeno en el espacio.

Johan Rudolf Kjellen, El Estado como forma de vida.

“La falta de una patria es, pensándolo bien y teniéndolo bien en cuenta,
la única exhortación que
llama a los mortales al habitar.

Martin Heidegger, “Construir, habitar, pensar”.

Pero ¿qué es estado y como cabe pensar en él? Si nos abocamos a una aproximación del sustantivo estado veremos que se nos ofrece una multiplicidad de significados. Para las “ciencias duras” estado no será más que una de las formas observables de la alteración molecular de una sustancia, mientras que para el derecho iuspositivista la idea de Estado pende de la Ley. Sin embargo, ¿satisface nuestro deseo de aprehensión esta aproximación? ¿qué podemos sustraer de ella? Por supuesto que existen más definiciones del vocablo estado y, sin embargo, seguiríamos extraviados en el intento de dar con su esencia.

La esencia de estado descansa en el estar; pero no es cualquier estar el que esencia al Estado. El particular modo que manifiesta el Estado de esenciarse en el estar clama por el habitar, y esto es, siguiendo a Heidegger, un residir junto a las cosas velando por ellas13. Pero, ¿acaso es posible el habitar ante la ausencia de lugar y en el dominio de lo in-distante? ¿Qué tarea es, a la vista de los hechos, la que se impone en el orden de lo político? ¿Qué posibilidad se cierne en la construcción de un lugar para el desocultamiento de lo esenciante?

El Estado, en tanto unidad política, proviene de la Patria, es decir, de la tierra de los padres. Es en Ella donde la sociedad parental encuentra su asentamiento y comunidad de destino. La organización estatal del poder político responde, esencialmente, a la racionalización progresiva de una estructura política ya existente, es decir, la Patria. Pero ¿cómo es que se da aquel asentamiento originario y fundante? ¿de qué forma es que el Hombre se relaciona con la Tierra y así entra en la Historia? Heidegger nos dice: “El habitar es la manera en que los mortales son en la tierra”14, pero ¿qué implica desde lo político este habitar?

La toma de la tierra por parte del Hombre se erige como hito histórico. El acto constitutivo de la toma es el acontecimiento por el cual un pueblo halla su arraigo, conciencia y destino. De este acto constitutivo, al que siguiendo a Carl Schmitt damos a llamar nomos15, procede la inmediata visibilización espacial del orden político, social y religioso de un pueblo. Sin embargo, el nomos es más que la toma, en él también operan la división y el apacentamiento. Para el nomos no hay más que una lógica: la Tierra16; y un sólo objetivo: el orden concreto17. El nomos responde al llamado de la tierra por el habitar; en él se vislumbra una imagen antropocultural que destaca el carácter eminentemente telúrico del Hombre y de la relación del pueblo, encarnado en el Estado, con la tierra.

Entonces ¿qué posibilidad tiene hoy el habitar? ¿puede emerger un nuevo nomos de la tierra que dé respuesta a la neutralización técnica del órgano estatal y a la unidad nihilista del Mundo? ¿Acaso es posible que en la visión de un nuevo nomos ya esté presente aquel esenciar, que devuelve al hombre a la tierra en su destino de mortal, al cuidado de las cosas y dado a erigirlas? ¿Es posible que un nuevo nomos, en tanto construcción18, disponga de un lugar y desencadene un habitar?

El Estado es una cosa19 que hace sitio a un habitar. Esta cosa, la Cosa-Estado, al entregar una morada a los mortales, se vuelve lugar. Por otra parte, el cosear del Estado encuentra su fundamento en el emplazar, esto es, el poner a una cosa en su sitio. Sin embargo, vale notar, el Estado en tanto lugar es una cosa distinta de otras cosas. El Estado es una construcción, esto es, el producto de un acto constructor que erige y encuentra en la técnica su punto de apoyo y eficacia.

El Estado, en tanto lugar, es cosa coligante, y esto pertenece ya a la esencia de la Cosa-Estado. El cosear de la Cosa-Estado sólo es posible porque es lugar y en él se da el habitar. El Estado emplaza el espacio y lo vuelve lugar; y es en sus fronteras donde las cosas encuentran su esencia y cuidado.

Hombre y espacio, en el tránsito a un nuevo pensar, ya no podrán ser representados como cosas distintas. En ellos se emplaza el lugar, que en tanto construcción, devuelve a las cosas su esencia y a los Hombres su conciencia y destino. Cercano y lejano, dimensión y extensión, quedan así contenidos en el Hombre en el marco de un pensar ontologizante y meditativo.

El Estado, en tanto construcción que tiene por objeto el habitar y la consumación de lo cósico en sus fronteras20, necesita del oficio de la técnica. Pero, ¿qué técnica?

Del espíritu de la técnica desencadenada proviene hoy una fuerza irresistible que deja vislumbrar el mayor de los peligros que ofrece, esto es, el aniquilamiento, el llevar a la nada. Sin embargo, en la oculta plenitud de lo sido se encuentran aquellas herramientas, que en tanto cosas, proveen al hombre de pueblo y oficio21 la capacidad de construir.

Hoy, en la época de la neutralización y la unidad, donde los cuerpos se ven sometidos a una racionalización y cuantificación dogmática que provee al ser el agotamiento de sus posibilidades y la caída en un espacio y tiempo indigente, se vuelve necesario levantar la sospecha más terrible sobre los mitos fundacionales de la sociedad y la política moderna.

El desafío estrictamente político de la hora es erigir un nuevo nomos de la tierra. En él podrán verse satisfechas aquellas fuerzas y aquellos espíritus hoy silenciados por la hegemonía tecnocrática y su dictadura, paradójica, de exclusión, conformidad, conciencia desregulada y ética indolora.

En el curso de formación de un nuevo nomos, podrá verse, con asistencia de la geopolítica, cómo surge una nueva conciencia; una conciencia geográfica que ilumina la acción y se impone como nuevo mito, es decir, una fuerza irresistible que, en lugar de criterio, libera lo elemental y transmuta en poder lo que antes podía ser discapacidad.

¿Pero, acaso existe esa posibilidad? ¿Dónde hallar esa fuerza movilizadora y posibilitadora? Famosa es aquella frase con la que Carl Schmitt definió al Soberano; en ella dice: “Soberano es aquel que decide sobre el estado de excepción”. Sin embargo, por excepción hay que entender algo más que un concepto de enjundia jurídica. En él se halla lo inefable, lo insondable, lo numinoso; aquella otra parte que devuelve al hombre lo misterioso, tremendo y fascinante de su existencia como destino.

1. Como Doctrina del Destino Manifiesto se conoce la política estadounidense que durante la primera mitad del siglo XIX expresó la creencia en que su destino era llevar a cabo la expansión de su unidad política desde las costas del Océano Atlántico hasta las del Pacífico. Sin embargo, el concepto del Destino Manifiesto es anterior y se encuentra con suma claridad en el imaginario colectivo de aquellos colonos puritanos de rígida tradición calvinista que ya en el siglo XVII expresaban ideas de carácter profético que mitificaban a los asentados transformándolos en un pueblo elegido, que en virtud de un supremacismo de carácter divino, tenían como misión el deber de extender su dominio más allá de los límites del asentamiento -o colonia- para llevar el progreso a las tierras por Dios seleccionadas. En esta línea de pensamiento se inscribe el clérigo puritano y colono inglés John Cotton cuando, en su Gods promise to his plantation (1630), dice: “[…] Además designaré un lugar para mi pueblo, Israel, y lo implantaré allí para que pueda vivir en un lugar que le pertenezca y lo conduzca a más. El colocar a un pueblo en éste o aquel país es decisión del Señor […] Preguntamos: ¿En qué descansa esta obra de Dios al designar un lugar para su pueblo? […] Donde hay un lugar vacío, existe la libertad para los hijos de Adán y Noé de llegar y habitarlo, aunque no lo compren ni pidan permiso para ello […] Pues hay libertad, conforme al derecho común para que cualquiera tome posesión de regiones baldías. Desde luego, ninguna nación tiene el derecho de expulsar a otra, si no es por designio especial del Cielo, como el que tuvieron los israelitas, o a menos que los nativos obraran injustamente con ellos. En este caso tendrán derecho a entablar legalmente una guerra y someterlos”. Sin embargo, y revistiendo dramática importancia, es de notar la metamorfosis camaleónica de la Doctrina del Destino Manifiesto en lo que va desde el primer cuarto del siglo XIX -Doctrina Monroe- hasta la fecha, período en el cual puede vislumbrarse la internacionalización de dicho destino al extenderse el influjo estadounidense más allá de los límites de Norteamérica con el objeto de hacer del Mundo un espacio -mundialismo globalizador- a imagen y semejanza de los Estados Unidos, donde la misión de éste es llevar al resto del Mundo la libertad, la paz, el progreso y la democracia bajo la fórmula del Estado Demo-Liberal burgués de Derecho y la economía de mercado libre.

2. Cuando decimos “organización unitaria del poder político” seguimos a Carl Schmitt en su conferencia “La Unidad del Mundo” –pronunciada en Mayo de 1951 en el Ateneo de Madrid. En ella Schmitt se cuestiona “si la humanidad tiene ya la madurez para soportar un solo centro de poder político” que tenga por objeto “planificar, dirigir y dominar la tierra y la humanidad toda”. Es en éste sentido que Schmitt encuentra a la Doctrina Stimson como la representación política de aquel espíritu que tiene en la unidad su “religión de repuesto”. Al respecto dice C. Schmitt: “Stimson precisó el sentido de su actitud en una conferencia del 9 de Julio de 1941. Las palabras que empleó son un verdadero credo de la nueva unidad del Mundo. Dice que la Tierra no es hoy mayor que lo que era en 1861 los Estados Unidos de América, demasiado pequeña ya entonces para los antagonismos entre Estados del Norte y Estados del Sur. La Tierra -afirmó Stimson- es hoy demasiado pequeña para dos sistemas contrapuestos”. Carl Schmitt, `Escritos de política mundial´, Ediciones Heracles, Bs. As., 1995, p. 137.

3. En La violencia y lo Sagrado René Girard sostiene que el conflicto entre el hijo y el padre es el producto de un proceso en el cual el niño imita a su progenitor –mímesis- por la obtención de un único “objeto” de deseo, es decir, la madre. Este carácter de unicidad del objeto de deseo conduce, al proyectarse en la sociedad, a un conflicto de proporción fratricida, ya que al imitarse unos y otros en la lucha por lo Mismo -aprehensión de la unicidad simbólica-, todos batallan en la precariedad y esto no puede sino llevar a la exclusión del otro y lo Otro.

4. En su Introducción a la Metafísica -publicado en 1953 pero que recoge el texto de un curso de 1935- Martin Heidegger explica el olvido del Ser como destino del pensamiento occidental. En este texto Heidegger también se detiene a meditar sobre nuestro tiempo y su lugar, Alemania. Así es que podemos leer: Esta Europa en atroz ceguera y siempre a punto de apuñalarse a sí misma, yace hoy bajo la gran tenaza formada entre Rusia, por un lado, y América por el otro. Rusia y América, metafísicamente vistas, son la misma cosa: la misma furia desesperada de la técnica desencadenada y de la organización abstracta del hombre normal. Cuando el más apartado rincón del globo ha sido técnicamente conquistado y económicamente explotado; cuando un suceso cualquiera es rápidamente accesible en un lugar cualquiera y en un tiempo cualquiera; cuando se pueden “experimentar”, simultáneamente, el atentado a un rey en Francia, y un concierto sinfónico en Tokio; cuando el tiempo sólo es rapidez, instantaneidad y simultaneidad, mientras que lo temporal, entendido como acontecer histórico, ha desaparecido de la existencia de todos los pueblos; en una época en que un boxeador es considerado un héroe nacional; cuando en número de millones triunfan las masas reunidas en asambleas populares -entonces, justamente entonces, vuelven a atravesar todo este aquelarre, como fantasmas, las preguntas: ¿para qué?- ¿hacia dónde?- ¿y después qué?”. Martin Heidegger, `Introducción a la Metafísica´, Editorial Nova, Bs.As., 1956, p. 73.

5. En El trabajador. Dominio y figura, Ernst Jünger destaca a la seguridad como un valor burgués. Dice Jünger: “los esfuerzos dedicados por el burgués a obturar herméticamente el espacio vital para evitar que lo elemental irrumpa en él son la expresión especialmente lograda de un antiquísimo afán de seguridad […] En ningún momento se sentirá impulsado el burgués a ir a buscar por su libre voluntad el destino en el combate y el peligro, pues lo elemental queda allende su horizonte; para el burgués lo elemental es lo irracional y, por tanto, lo inmoral sin más. Ernst Jünger, El trabajador. Dominio y figura, Tusquets Editores, Barcelona, 1990, p. 52.

6. El Leviatán es una bestia marina del Antiguo Testamento que encuentra su primer atisbo descriptivo en el Libro de Job -perteneciente al Génesis, primer libro de la Toráh en la tradición judía o Pentateuco en la cristiana y también primer libro de la Tanaj, nombre hebreo con el que se conoce a la Biblia judía. En El Leviatán en la teoría del Estado de Thomas Hobbes, Carl Schmitt, si bien evita entrometerse en el debate “histórico-mítico” del origen de ésta y otras imágenes bíblicas como la del Behemoth, concluye que “Lo que importa es hacer constar que, a pesar de la extraordinaria confusión reinante, el Leviatán aparece siempre en esta representación mítica como un animal marino […]”, lo que en la reflexión schmittiana confirma la ausencia de azar en la elección de aquel símbolo para representar el Estado-Nación moderno. Que un autor inglés del siglo XVII, como Thomas Hobbes, elija al Leviatán “como símbolo de la unidad política”, anticipa los motivos de la “existencia marítima” del Estado anglosajón, es decir, el colonialismo británico y su imperio comercial, al mismo tiempo que la mecanización del Magnus Homo descrita por Schmitt es la señal de un fenómeno que más tarde también ocurriría en Inglaterra y conoceríamos como Revolución industrial. Finalmente, queda por destacar que el Leviatán también representa en el pensamiento schmittiano la lucha entre las potencias telurocráticas –terrestres– y las potencias talasocráticas –marítimas. Es en este sentido que Schmitt rastrea la diversidad de interpretaciones existentes sobre el Leviatán, concentrando su atención en aquellas que son de origen mítico, teológico y cabalístico.

7. “La `neutralidad´ es aquí simple función de una racionalización técnica en la esfera político-administrativa”. […] “Un Estado técnico neutral de esta especie puede ser tolerante o intolerante; en ambos casos sigue siendo neutral. Su valor, su verdad y su justicia estriban en su perfección técnica. Todas las demás nociones de verdad y de justicia quedan absorbidas en la decisión del mandato de la ley”. […] “La máquina del Estado funciona o no funciona. Si funciona, me garantiza mi propia seguridad y mi existencia física, a cambio de lo cual exige obediencia incondicional a las leyes que presiden su funcionamiento”. […] “Tocamos aquí un nuevo plano del pensamiento jurídico y político teórico: el positivismo jurídico. Como más adelante veremos, el Estado legal positivista no se forma como tipo histórico hasta el siglo XIX. Pero Hobbes es el primero que concibe y da expresión conceptual clara a la idea del Estado como un `magnum artificium´ técnicamente perfecto, fabricado por hombres, como una máquina que halla su `derecho´ y su `verdad´ en si misma, es decir, en su propio rendimiento y función”. Carl Schmitt, `El Leviatán en la teoría del Estado de Thomas Hobbes´, Editorial Struhart & Cía., Bs. As., pp. 43-45.

8. “La distinción propiamente política es la distinción entre el `amigo´ y el `enemigo´. Ella da a los actos y a los motivos humanos sentido político; a ella se refieren en último término todas las acciones y motivos políticos y ella, en fin, hace posible una definición conceptual, una diferencia específica, un criterio”. […] “Los vocablos amigo y enemigo se han de tomar aquí en un sentido concreto, existencial, no a la manera de expresiones simbólicas o alegóricas”. […] “Implica el concepto del enemigo la posibilidad, existente en la realidad, de una contienda armada, o sea, de una guerra”. […] “El concepto del amigo, del enemigo y de la guerra adquieren su acepción real cuando se refieren a la posibilidad real de matar físicamente y la mantienen. No es preciso que sea cotidiana, normal, ni que aparezca como ideal y deseable, pero debe subsistir como posibilidad real, mientras el concepto del enemigo conserve su significado”. […] “La guerra no es, pues, la meta, el fin, ni siquiera el contenido de la política, pero sí el supuesto, dado siempre como posibilidad real, que determina de modo peculiar las acciones y los pensamientos humanos y produce un comportamiento específicamente político”. Fragmentos de El concepto de lo político, Carl Schmitt, Editorial Struhart & Cía., Bs. As., 2006.

9. “De hecho la amenaza que aquí se cierne sobre el hombre de Occidente es el negativo de su libertad, la otra cara de su poder domeñador del espacio y el tiempo, uno de los grandes temas de sus mitos y de su arte. La amenaza externa representada por la violencia despótica es sólo un reflejo de la coacción que él mismo ha ideado. Son amenazas que regresan en forma de eco. La tragedia del hombre de Occidente consiste en eso: en conquistar espacios en los que el decurso de las cosas se vuelve mecánico. En esos espacios el tiempo mecánico, el tempus mortuum, asciende de criado a amo”. […] “El eje del automatismo se apoya allí donde ya no da vueltas ninguna rueda. El automatismo es hoy el poder universal, y la técnica, el lenguaje universal. Mediante medidas provincianas no se acabará con ella. Antes bien, el ser humano debe ascender a la cima del Universo valiéndose de sí mismo, mediante el poder libre, inmediato, del espíritu. Allí dominará con la vista el conjunto y la magnitud del proceso. Sólo entonces podrá someterlo a control y llevarlo a la ruta querida. Mediante retiradas no podrá alcanzarse ese punto, habrá que hacerlo mediante avances y con sacrificios, y sólo llegarán a él los espíritus en los que estén vivas las leyes de un nuevo tiempo de mundo”. Ernst Jünger, `El libro del reloj de arena´, Tusquets Editores, Barcelona, 1998, pp. 143-147.

10. El tiempo de reloj es tiempo muerto, tempus mortuum, en el cual cada segundo se reitera uniformemente tras cada segundo. El tiempo muerto, medido por el reloj, transcurre junto con el tiempo vivo del hombre, sin preocuparse por este último, sin tomar parte en las elevaciones y depresiones del tiempo vivo, en el cual ningún segundo es igual al otro. El reloj evoca, en el hombre meditativo, fácilmente la representación de la muerte”. […] “El autómata evoca una idéntica sensación del tiempo muerto que se repite mecánicamente, pues él no es otra cosa sino un reloj de tiempo, cuyo trabajo transcurre uniformemente en el tiempo muerto del reloj”. […] “Podemos observar por doquier cómo, con el avance de las obras mecánicas, que surgen allí donde el tiempo muerto las espera, va penetrando el tiempo muerto en el tiempo vivo. Así como la técnica ha modificado la conciencia del espacio creándonos la ilusión de que el espacio se ha vuelto más escaso, más pequeña la Tierra, así también modificó la conciencia del tiempo. Ha creado una situación en la que el hombre ya no tiene tiempo, en la que es pobre en tiempo, en la que está hambriento de tiempo. Tengo tiempo allí donde no tengo conciencia de aquel tiempo que me acosa como tiempo muerto, en su cualidad vacía de tiempo”. Friedrich Georg Jünger, `Perfección y fracaso de la técnica´, Editorial Sur, Bs.As., 1968, pp. 39-42.

11. En su `Teología política´, sostiene Carl Schmitt que “Todos los conceptos sobresalientes de la moderna teoría del Estado son conceptos teológicos secularizados”, mientras que en su `Ex captivitate salus´ lleva a cabo una magnífica composición que relata el tránsito hacia el Ius Publicum Europaeum, en la cual nos dice: “[…] En su comienzo hay una consigna contra los teólogos, una llamda al silencio que un fundador del moderno derecho internacional dirigió a los teólogos: `Silete, theologi, in munere alieno!´ [Callad, teólogos, en terreno ajeno!]. Así les grito Alberico Gentili, con ocasión de la controversia sobre la guerra justa. Aún hoy le oigo gritar”. Carl Schmitt, `Ex captivitate salus. Experiencias de la época 1945 – 1947´, Editorial Trotta., Madrid, 2010, p. 64.

12. Es importante notar la relevancia que adquiere la noción de contrato – en el contexto de neutralización y unidad que aquí se describe – y su relación con la teoría contractualista del Estado, el Iuspositivismo y la noción de `no lugar´. En este sentido se encuentra atinente reproducir las palabras con las que Marc Augé y Carl Schmitt abordan la relación contractual vigente en los no lugares, en el caso del primero, y en el ordenamiento estatal en el segundo. Dice Augé en su `Los no lugares. Espacios del anonimato´: “Solo, pero semejante a los otros, el usuario del no lugar está con ellos (o con los poderes que lo gobiernan) en una relación contractual. La existencia de este contrato se le recuerda en cada caso”. […] “El contrato tiene siempre relación con la identidad individual de aquel que lo suscribe”. […] “El espacio del no lugar no crea ni identidad singular ni relación, sino soledad y similitud. Tampoco le da lugar a la historia, eventualmente transformada en elemento de espectáculo, es decir, por lo general, en textos alusivos. Allí reinan la actualidad y la urgencia del momento presente”. Marc Augé, `Los no lugares. Espacios del anonimato´, Gedisa Editorial, Barcelona, 2008, pp. 104-107. En cuanto a la reflexión Schmittiana sobre la naturaleza contractual del Estado, nos dice Schmitt: “El elemento decisivo de la construcción lógica estriba en que este contrato no afecta, como en las representaciones medievales, a una comunidad creada por Dios y a un orden natural preexistente, sino que el Estado, como orden y comunidad, es el resultado de la razón y del genio creador humano y nace por medio de un contrato. El contrato se concibe en sentido absolutamente individualista. Disueltos quedan todos los vínculos y todas las comunidades. Movidos por la angustia, los individuos atomizados se juntan unos con otros , hasta que brilla la luz de la razón y se produce un consentimiento que lleva consigo la sumisión general y absoluta al poder más fuerte. Si se mira esta construcción en sus resultados, es decir, desde el ángulo del Estado, se hecha a ver que el resultado es mucho más y cosa harto distinta de lo que un contrato entre simples individuos puede producir”. […] “La angustia acumulada de los individuos que tiemblan por su vida produce el Leviatán, un poder nuevo; pero más que crearlo lo que hace es conjurar al nuevo Dios. En este sentido, el nuevo dios es trascendente a los individuos que han celebrado el contrato y es trascendente también a su suma, pero sólo en sentido jurídico, no en sentido metafísico”. Carl Schmitt, `El Leviatán en la teoría del Estado de Thomas Hobbes´, Editorial Struhart & Cía., Bs. As., pp. 31-33.

13. “El habitar es más bien siempre un residir junto a las cosas. El habitar como cuidar guarda (custodia) la Cuaternidad en aquello junto a lo cual los mortales residen: en las cosas. Pero el residir junto a las cosas no es algo que esté simplemente añadido como un quinto elemento al carácter cuádruple del cuidar del que hemos hablado. Al contrario: el residir junto a las cosas es la única manera como se lleva a cabo siempre, de un modo unitario, la cuádruple residencia en la Cuaternidad. El habitar cuida la Cuaternidad llevando la esencia de ésta a las cosas”. Martin Heidegger, `Construir habitar pensar´ en `Conferencias y artículos´, Ediciones del Serbal., Barcelona, 1994.

14. Ibídem.

15. “El nomos es, por lo tanto, la forma inmediata en la que se hace visible, en cuanto al espacio, la ordenación política y social de un pueblo, la primera medición y partición de los campos de pastoreo, o sea la toma de la tierra y la ordenación concreta que es inherente a ella y se deriva de ella”. […] “Medida, ordenación y forma constituyen aquí una unidad espacial concreta. En la toma de la tierra, en la fundación de una ciudad o de una colonia se revela el nomos con el que una estirpe o un grupo o un pueblo se hace sedentario, es decir, se establece históricamente y convierte a un trozo de tierra en el campo de fuerzas de una ordenación”. Carl Schmitt, `El nomos de la tierra en el Derecho de gentes del Ius publicum europaeum´, Editorial Struhart & Cía., Bs. As., p. 52.

16. Para comprender la mirada schmittiana sobre la relación entre el hombre y la tierra, es necesario remitirse a un pequeño ensayo publicado en Leipzig en el año 1942 y, por lo tanto, anterior al `Nomos de la tierra´ (1950) . Se trata de `Tierra y mar´, una reflexión del propio Schmitt en la que relata a su hija Anima las tensiones existentes a lo largo de la historia universal entre la tierra y el mar. Dicho opúsculo comienza con la siguiente afirmación: “El hombre es un ser terrestre, un ser que pisa la tierra. Se sostiene, camina y se mueve sobre la tierra firme. Ella es el punto de partida y de apoyo. Ella determina sus perspectivas, sus impresiones y su manera de ver el mundo. No sólo su horizonte sino también su modo de andar, sus movimientos y su figura son los de un ser que nace en la tierra y se mueve sobre la tierra. El astro que habita lo llama él `la tierra´, aunque es evidente que en lo que respecta a su superficie, son de agua casi tres cuartas partes y tan sólo una de suelo firme y que las grandes masas continentales son como islas que emergen de ella. Desde que sabemos que esta tierra nuestra tiene la forma de una bola, hablamos con la mayor naturalidad de `globo terráqueo´ y de la `esfera terrestre´. Encontramos extraño el tener que imaginar un `globo oceánico´ o una `esfera marítima´. Carl Schmitt, `Tierra y mar. Una reflexión sobre la historia universal´, Editorial Trotta., Madrid., p. 21.

17. Carl Schmitt, `El nomos de la tierra en el Derecho de gentes del Ius publicum europaeum´, Editorial Struhart & Cía., Bs. As.

18. “Al habitar llegamos, así parece, solamente por medio del construir. Éste, el construir, tiene a aquél, el habitar, como meta” […] “Sin embargo, al mismo tiempo, con el esquema medio-fin estamos desfigurando las relaciones esenciales. Porque construir no es sólo medio y camino para el habitar. El construir ya es, en sí mismo, habitar”. […] “El construir como habitar se despliega en el construir que cuida — es decir: que cuida el crecimiento — y en el construir que levanta edificios”. Martin Heidegger, `Construir habitar pensar´ en `Conferencias y artículos´, Ediciones del Serbal., Barcelona, 1994.

19. Si bien la complejidad de la obra de Martin Heidegger exige su atenta lectura, es atinente, para este caso, aproximarse a la meditación heideggeriana sobre `la cosa´ tomando como referencia las palabras del Prof. Arturo Leyte, que dice: “Este entender las fórmulas, que es a lo que se puede llamar `hermenéutica´, es el único camino para entender esa progresión, ese tránsito del ser a la cosa que no implica tanto abandonar algo – el ser – para llegar a lo otro – la cosa – cuanto en descubrir (desvelar) que lo único a lo que propiamente cabe llamar y reconocer como ser es la cosa”. […] “A este entramado, que surge de oposiciones, al que Heidegget llama Geviert es a lo que propiamente podemos llamar `la cosa´”. Arturo Leyte, `Heidegger´, Alianza editorial, Madrid, 2006.

20. “El objetivo de la delimitación territorial a los fines de la geografía política, es señalar cuál es el patrimonio territorial de los Estados y sus dependencias y la morada de las distintas agrupaciones humanas; a los fines del Derecho internacional y otras disciplinas jurídicas, determina el espacio en el cuál los organismos políticos tienen jurisdicción y ejercen soberanía y competencia; en geopolítica podemos decir que es establecer la esfera del dominio de los Estados”. Jorge E. Atencio, `¿Qué es geopolítica?´, Editorial Pleamar, Bs. As., 1979, p.206.

21. “El trabajo, finalmente, no es una actividad técnica. No cabe discutir que es precisamente esta técnica nuestra la que proporciona los medios decisivos, pero no son ellos los que modifican la faz del mundo; quien la modifica es la voluntad peculiar y específica que se encuentra detrás de los medios y sin la cual no son éstos otra cosa que juguetes. Con la técnica no se ahorra nada, con ella no se simplifica nada ni se resuelve nada – la técnica es el instrumental, es la proyección de un modo especial de vida, para designar el cual es `trabajo´ la expresión más sencilla”. Ernst Jünger, `El trabajador. Dominio y figura´, Tusquets Editores, Barcelona, 1990, p. 90.

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