Un mundo sin códigos geopolíticos

Por Alberto Hutschenreuter*

Uno de los rasgos más firmes de los tiempos internacionales bajo régimen, es decir, bajo pautas acordadas y acatadas por los poderes preeminentes, es la observación de determinados códigos entre ellos, por caso, los relativos con espacios o “plazas” que por su ubicación son críticos para un poder y, por tanto, implican deferencia o reserva estratégica por parte de los demás.

En términos estrictamente geopolíticos, esto es, intereses políticos volcados sobre determinados espacios con fines asociados con mantener o incrementar la seguridad nacional, tales códigos están directamente relacionados con cuestiones de orden territorial. Sin embargo, desde criterios más amplios los códigos geopolíticos también podrían implicar otros “issues”, por ejemplo, acontecimientos en el segmento nuclear, en el espacio del multilateralismo, del nacionalismo, de la carrera armamentista, etc.

Considerando la pluralidad de temas en clave de códigos geopolíticos, resulta inquietante que en el mundo actual predomine una falta de ellos por parte de los que más deberían propender a considerarlos y respetarlos, los poderes mayores del globo.

La inquietud se agranda cuando se constata que no solo no se respetan los códigos geopolíticos en sentido extenso, sino que pareciera que no existieran límites más allá de lo que por sí constituye un hecho de riesgo mayor para todos. Por caso, ni Estados Unidos ni Rusia (los actores “masivamente nucleares”) parecieran apesadumbrados por lo que sin duda representaría un hecho desconocido en las relaciones entre Estados, las armas nucleares; es decir, la posible salida de lo que desde los años cincuenta preservó al mundo de su desaparición: el equilibrio nuclear.

Más allá de las autopercepciones de “gaps”, vulnerabilidades nucleares y de las (ir)responsabilidades que se endosan ambos poderes en este segmento crucial de la seguridad internacional, los dos han venido dando pasos alarmantes: Estados Unidos abandonando tratados basales para dicho equilibrio, Rusia desarrollando “armas totales” frente a los escudos y respondiendo igualmente a aquellos abandonos.

Posiblemente todavía el mundo se encuentre dentro de los márgenes de la disuasión nuclear o de la “cultura estratégica” entre actores, pero los hechos, de no llevarse a cabo pequeños ajustes o refuerzos por parte de las potencias superiores, nos están marcando una alarmante situación.

Prominentes expertos en temas nucleares nos advierten sobre posibles desequilibrios o “fugas” en este segmento clave. Para el estadounidense Andrew Krepinevich, existe una declinación de la disuasión. En buena medida, ello obedece a la desaparición de la bipolaridad nuclear y a la emergencia de múltiples actores con armas de exterminio masivo; por tanto, se requiere de cooperaciones y nuevos refuerzos (1). Para el experto ruso Alexei Arbatov, el fin del INF (Intermediate-Range Nuclear Forces) llevará también al fin del START-3 (Strategic Arms Reduction Treaty), firmado en 2010 y con vencimiento en 2021 (2).

En buena medida, la falta de códigos en este segmento tan sensible de la seguridad entre Estados obedece a la carencia de códigos en cuestiones estrictamente político-territoriales, es decir, cuestiones centralmente geopolíticas entre los actores preeminentes.

Cuando la OTAN extendió su cobertura político-militar a los denominados “huérfanos estratégicos” de Europa central, Polonia, Hungría y República Checa, ello no fue percibido en Rusia como un acto dirigido contra ella, es decir, para prevenir a Occidente de las consecuencias de una eventual Rusia “económicamente recuperada y geopolíticamente revisionista”, como efectivamente consideraba a este país la parte ganadora de la Guerra Fría desde el mismo momento que terminó la confrontación.

Si bien para entonces, la segunda mitad de los años noventa, Rusia había dejado atrás la concepción romántica-cooperativa en materia de política exterior, la Alianza Atlántica observaría las líneas de “aprensión geopolítica” de Rusia, esto es, aquellos territorios que, por diferentes razones, concentran interés mayor por parte de la potencia regional.

En los años siguientes, la OTAN continuó su “marcha hacia el este” (una frase que en Rusia evoca amenaza y tragedia) sin jamás reparar en las aprensiones geopolíticas rusas ni en las propias advertencias que sobre la cuestión levantaron prestigiosos expertos occidentales, por caso, Kenneth Waltz o el mismo George Kennan, el diplomático estadounidense que, apoyado en concepciones del geopolítico Nicholas Spykman, propuso en 1946 “contener” a la Unión Soviética (en sus palabras, “muy sensible a la lógica de la fuerza”) a través de “cordones sanitarios” regionales.

El irrespeto geopolítico por parte de la OTAN provocó respuestas del asediado que también implicaron abandonar códigos: nadie en Occidente esperaba que en Europa se volviera a producir una anexión territorial por parte de un Estado a un fragmento de otro Estado (nos referimos a Crimea por parte de Rusia, claro), al punto que los propios “Libros Blancos de Defensa” de los países europeos prácticamente habían descartado rivalidades interestatales en el continente.

Como consecuencia de la falta de códigos geopolíticos, hoy la zona de Europa del este es una de las tres principales áreas más militarizadas y de mayor tensión estratégica-militar en el mundo.

Pero no solo dicha falta implica acumulación militar y tensión, sino que, sin ambages, el “pacificador” o “propulsor” de la “pos-contención” militar a Rusia, Estados Unidos, pretende que Europa abandone los emprendimientos geo-energéticos vigentes y proyectados entre los países de la UE y Rusia, y deposite sus necesidades en los recursos estadounidenses, estrangulando de esta manera a Rusia.

En este sentido, es pertinente recordar las reflexiones de Tim Marshall en su indispensable texto “Prisioneros de la geografía”:

El auge espectacular en la producción de gas pizarra en Estados Unidos no solo les está permitiendo ser autosuficientes en materia energética, sino vender el excedente a uno de los mayores consumidores de energía: Europa. Para llevarlo a cabo, el gas necesita ser licuado y transportado a través del Atlántico. Esto requiere a su vez de la construcción de terminales de gas natural licuado y de puertos a lo largo de las líneas de costa europeas para recibir los cargamentos y convertirlos en gas. Washington ya ha puesto en marcha la aprobación de licencias para centros de exportación y Europa ha arrancado con un proyecto a largo plazo para construir más terminales de gas natural licuado […] El Kremlin ya no podría cerrar el grifo” (3).

Asimismo, la ruptura de códigos geopolíticos comienza a extenderse a otras crisis en el resto del globo, por ejemplo, Venezuela, desapareciendo así los “cotos” o “ámbitos de influencia” de poderes mayores tradicionalmente observados por otros.

No quiere decir ello que Rusia irá a la guerra por el país del Caribe; pero si se hubieran respetados las zonas de interés de Rusia en su inmediato oeste, hoy seguramente la crisis venezolana no tendría la complejidad que implica la rivalidad entre Estados Unidos y Rusia gestada en el continente europeo, y que la dota de una dimensión global.

La falta de códigos geopolíticos es, sin duda, la más evidente, la más importante en función de los actores en liza y la que más externalidades provoca. Y este fenómeno se repite en cada región del mundo, situación que se traduce en una creciente desestabilización en las relaciones entre Estados.

A modo de repaso, solo consideremos que en la otra placa de tensión mayor en el mundo, Oriente Medio, ha sido la carencia de códigos geopolíticos por parte de los poderes preeminentes y medios la que, en buena medida, ha llevado a que Siria, en guerra desde 2011, se fragmentara en medio de una pugna entre múltiples poderes internos y externos.

Como consecuencia del desorden en la región, ningún equilibrio geopolítico se consideró, particularmente por parte de Occidente, en relación con el que (hasta la convulsión en Siria) era el conflicto medular de Oriente Medio: el israelo-palestino. Por tanto, el denominado “acuerdo del siglo” solo implicará “más de más de lo mismo” para los palestinos: soberanía restringida, territorios propios atomizados-ocupados y aislamiento internacional.

En un mundo de concierto entre potencias difícilmente habría tenido lugar semejante guerra y desbarajuste, pues generalmente dicho entendimiento tiende a “regular” o “amortiguar” las crisis emergentes en diferentes puntos del mundo, particularmente en aquellos de cotización geopolítica.

En la tercera placa de tensión, Asia, el jugador ascendente, China, no solo ha convertido “de facto” el Mar de China en un mar de “su propiedad”, sino que el seguimiento geopolítico a su expansión geoeconómica se puede convertir en un abierto desafío a otros poderes en Asia, África e incluso en sitios distantes de Pekín, como lo es América Latina.

En breve, las cuestiones de orden geopolítico siempre se encuentran presente en la política entre Estados; el problema es que hoy prácticamente en todo el mundo se registran conflictos entre actores preeminentes y también entre aquellos de poder intermedio. Y en ninguno de ellos parece haber autolimitación geopolítica alguna.

La cuestión es relevante como preocupante. Porque siempre o casi siempre, la descomposición en las relaciones entre Estados y las catástrofes que la siguieron tuvieron orígenes de cuño geopolítico.

Fuentes

(1) Andrew F. Krepinevich, “The Eroding Balance of Terror. The Decline of Deterrence”, Foreign Affairs, Volume 98, Number 1, January/February 2019, pp. 62-74.

(2) Alexei Arbatov, “¿Por qué el control de armas nucleares podría desaparecer entre Estados Unidos y Rusia? CC NEWS, 29 de mayo de 2017, https://news.culturacolectiva.com/noticias/sistema-de-control-nuclear-armas-rusia-eua/

(3) Tim Marshall, Prisioneros de la geografía. Todo lo que hay que saber sobre política global a partir de diez mapas, Península Atalaya, Barcelona, 2017, p. 52.

*Alberto Hutschenreuter es Doctor en Relaciones Internacionales. Profesor en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación. Su último libro se titula Un mundo extraviado. Apreciaciones estratégicas sobre el entorno internacional contemporáneo, Editorial Almaluz, Buenos Aires, 2019.

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