Crisis del Orden Internacional Liberal

Transición hegemónica, multipolaridad asimétrica y apolaridad periférica

por Germán Spano

La erosión del liderazgo estadounidense, la reducción de su capacidad para imponer intereses y condiciones a otros actores, así como las contradicciones internas de su modelo de acumulación, vuelven insostenible la “Pax Americana”. El resurgimiento geopolítico de la Federación Rusa, el incontenible desafío chino, así como la emergencia del euroescepticismo, ponen de manifiesto la crisis de EE.UU. como hegemón.

Tras disfrutar de un ciclo unipolar de poco más de una década luego de la reunificación alemana y la implosión soviética, EE.UU. se encuentra transitando un momento de confusión y recalibración de sus intereses y lugar en el mundo. Su retroceso en Medio Oriente, Europa del Este, Latinoamérica y África, pone en evidencia la implosión de la hegemonía estadounidense, del unipolarismo y la disyuntiva de su dirigencia entre profundizar los intereses globalistas o dar un giro soberanista que reconvierta a la potencia estadounidense en un país proteccionista de diplomacia triangular y geopolítica aislacionista.

La proliferación, agudización y acumulación de conflictos territoriales, etno-religiosos, humanitarios, comerciales y financieros, entre otros, socava la capacidad de respuesta del orden internacional de posguerra que, hay que decirlo, da a entender que dejará de ser representativo de la actual correlación de fuerzas en disputa y, por otra parte, en más de una ocasión ha sido objeto de grotescas y avasallantes violaciones del derecho internacional.

La crisis de la estatalidad, la consolidación de un modelo de acumulación cibernético globalizado y la crisis civilizatoria que atraviesa al espacio geopolítico occidental, vehiculizan el escenario de la transición hegemónica. EE.UU. no es ya un socio confiable en su esfera de influencia y es por ello, entre otras razones, que la “Pax Americana” no es ya posible.

La creciente heterogeneidad de intereses entre los actores en disputa, no sólo vuelve más complejo el balance de poder sino que también podría alterar el reaseguro unipolarista de la interdependencia, configurando una ventana de oportunidad para los poderes emergentes y proyectando así la multipolaridad asimétrica hacia nuevas formas de ordenamiento internacional.

En todas las crisis del último decenio puede visualizarse un retroceso de la frontera de influencia estadounidense que se traduce en una repolarización del sistema. Contrariamente a lo que pensaron los principales asesores y geopolitólogos estadounidenses, la repolarización de actores claves como Rusia o China responde en gran parte al desarrollo de intereses nacionales no compartidos y hasta contradictorios con el hegemón estadounidense, refutando así la hipótesis de la democracia y cooperación económica como vehículo de paz y estabilidad. Hoy los actores en proceso de polarización no se identifican con los intereses estadounidenses, llevando esto incluso al vacío geopolítico a su principal socio atlántico, la U.E.

La evidencia de una crisis en el equilibrio de poder del orden internacional puede
verse reflejada en distintos escenarios, a saber:

  • Anexión de Crimea.
  • Guerra civil siria.
  • Salida de EE.UU. del Acuerdo G5+1.
  • Brexit.
  • Parálisis de las relaciones Turco-Europeas.
  • Aumento (e irrelevancia) de la aplicación de sanciones económicas entre potencias.
  • Aumento en la aplicación de aranceles a industrias estratégicas entre EE.UU., China y la U.E.
  • Salida de EE.UU. del Tratado INF que obligaba a Washington y a Moscú a eliminar misiles balísticos nucleares o convencionales de rango medio y corto.
  • Veto sistematizado en el Consejo de Seguridad entre la Federación Rusa y EE.UU. y sus aliados atlánticos.

EE.UU. encuentra hoy resistencia en diversos frentes y zonas de fractura; el daño recibido por sus adversarios es cada día más notorio y su capacidad para disciplinar aliados está entrando en una zona gris. La interna de la dirigencia estadounidense entre quienes identifican sus intereses y valores con la transnacionalización política y económica y los que lo hacen con el hegemón Estado-Nación profundiza la grieta y parálisis interna.

La proliferación de nuevos polos vuelve inevitable la confrontación y la configuración de una nueva correlación de fuerzas que, eventualmente pueda modificar el balance de poder primero a nivel regional y tal vez más tarde a nivel mundial.

Dado que el conflicto instituye su resultado, es perfectamente coherente pensar que el deterioro de la jerarquía estadounidense y la creciente irrelevancia de la ONU al reproducir el orden emergente de las nuevas relaciones de fuerza, sea necesario pactar un acuerdo que de crédito a la crisis del orden internacional liberal.

La trama de pivotes geopolíticos que permiten trazar las líneas rojas de las polaridades en conflicto es todavía parte del presente y están en desarrollo. Pensar como lo hace Graham Allison en la “Trampa de Tucídides”, si bien es realista desde el punto de vista histórico, no resulta aún probable. La precariedad de la paz difícilmente devenga en un conflicto simétrico, aunque sí cabe esperar una multiplicidad de conflictos de diverso orden (bélico, económico, diplomático, etc.) que configuren una multipolaridad asimétrica, dónde ninguno de los polos en tensión pueda tener un poder lo suficientemente contundente para vencer a sus rivales. El Peloponeso de nuestra contemporaneidad aún no se ha dilucidado, pero en cualquier caso, ya se vislumbra un nuevo orden geopolítico posliberal, con zonas de influencia bien delimitadas, líneas rojas y zonas de fractura geopolítica, que implican el desafío mayúsculo de dotar de reglas eficaces y marco institucional a la orquestación en marcha.

La neutralización del espacio suramericano y su confinamiento a la inviabilidad estratégica suponen la consolidación de la apolaridad periférica, donde los desequilibrios internos y estructurales impiden proyectar poder y volverse pieza de moderación e interlocución válida entre los actores del sistema multipolar en ciernes. La incapacidad para consolidar un espacio geopolítico suramericano se vuelve crítica a medida que el modelo de acumulación central y polarizante vira hacia la cuarta revolución industrial. El costo del atraso y la dependencia se vuelve cada día más oneroso. La ausencia de una conciencia espacial e histórica, es decir, geopolítica, puede llegar a ser fatal para esta parte del Mundo. De hecho, la acumulación de contradicciones al interior del espacio suramericano puede resultar en una crisis de legitimidad tal que arrase con la legalidad del espacio o, al menos, la cuestione. ¿Es posible polarizar la región Suramericana? ¿Tiene el Cono Sur reservado algún papel en el probable nuevo orden multipolar? ¿Responde la caotización de la región y de sus relaciones de producción a un imperativo estratégico o a la incapacidad dirigencial para entender la coyuntura internacional y los albores geopolíticos en curso? Evidentemente todo esto es motivo de una reflexión que excede las posibilidades de este artículo pero que deja planteada la validez de la interrogación; sin embargo, dejamos expuesta la necesidad de repensar nociones tales como poder, espacio, conflicto y orden en función de los intereses nacionales del Cono Sur en particular y Suramerica en general.

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