La importancia de la reflexión geopolítica para la defensa nacional

Por Luciano Schwindt*

La geopolítica está de moda. Incluirla en los análisis de los asuntos internacionales pareciera dotar a los mismos de una mirada profunda y experta, como si por su mismo peso validara hasta la opinión más desopilante. En menos de un siglo pasó de ser una palabra maldita a ser la explicación de todos los conflictos internacionales. Pasó de no existir para la academia, a que todo tipo de saber se refiera a ella. A su vez, se la ha reducido a un mero conocimiento descriptivo y explicativo, que queda en los papeles o se esgrime en la virtualidad de los medios, negándole así su esencia, en tanto herramienta imprescindible y necesaria para el acrecentamiento del poder nacional por parte de los Estados. Lo que no ha cambiado en todo este tiempo es la impotencia a la que fue arrastrada por los versados en la materia.

En lo que a nosotros nos concierne, al momento de pensar sobre el destino de la nación Argentina, debemos considerar la geopolítica reconociendo en ella una herramienta elemental para nuestra supervivencia como Estado y, por ende, para el despliegue e incremento de su poder. En un mundo conflictivo por naturaleza solo el poder permitirá asegurar esta necesidad primaria y obtener márgenes de maniobra en materia de política exterior para alcanzar los objetivos establecidos por la alta política. En los párrafos siguientes es nuestra intención vislumbrar la incardinación que la geopolítica tiene con la defensa, en tanto esta es responsable de una misión de carácter existencial para la nación: su supervivencia en el concierto de las naciones.

Una geopolítica situada

En primera instancia, debemos partir estableciendo que toda consideración estratégica de un Estado nace de un rasgo inherentemente particular: su ubicación geográfica-espacial y su mundo circundante1, es decir, su situación geopolítica. Toda defensa necesariamente debe concebirse a partir de ese hecho objetivo, del cual se derivan dos consideraciones. Por un lado, requiere analizar y estudiar las influencias de los factores geográficos en el desenvolvimiento de la comunidad política misma; pero estos factores geográficos, y no otros, sólo lo serán para ella y nada más que ella, permitiendo con su estudio extraer conclusiones de carácter estratégico puntual. Por lo tanto, sólo podrá elaborarse una defensa nacional partiendo de un estar-ahí, situado en una dimensión espacio-temporal. Es por esta cuestión que se habla adecuadamente de situación geopolítica. En este primer acercamiento, desentrañamos que la ponderación geopolítica se vuelve absolutamente importante para la defensa nacional. Toda defensa deberá elaborarse a partir de la consideración de la situación espacial en la que se encuentra el Estado.

Esto motiva una reflexión: la desconsideración de la geopolítica implica, para la defensa nacional, la elaboración de una defensa defectuosa. Y, por ende, peligrosa para el interés nacional, dado que la misma podrá resultar ineficaz para la amenaza que se desee neutralizar. Los riesgos que conlleva adoptar la actitud señalada pueden ser la pérdida de soberanía, el control efectivo de los propios recursos naturales, el debilitamiento de las fronteras, una vertebración disfuncional entre las distintas regiones del país que impida el desarrollo de estas, y un instrumento militar que no sea el adecuado a las características geográficas y a la situación de la nación. Esto coloca indudablemente en un estado de indefensión a toda la comunidad política. Por lo tanto, se torna necesario que la geopolítica, en tanto ciencia, no quede sólo en una entelequia académica alejada de las cuestiones concretas y prácticas del desenvolvimiento político del Estado, sino sea pensada, fundamentalmente, al servicio de los lineamientos de este.

Teniendo en cuenta esto, a la geopolítica podemos definirla como una ciencia interdisciplinar abocada al estudio de las influencias de los factores geográficos en el desenvolvimiento de las unidades políticas, con el fin de extraer soluciones y conclusiones de carácter político. Sin embargo, su alcance no queda ahí. Ya en la década del 70, el Cnel. Jorge E. Atencio (1975) decía de ella que “guía al estadista en la conducción de la política interna y externa del estado y orienta al militar en la preparación de la defensa nacional y en la conducción estratégica” (p. 41). De este modo, la geopolítica dota al militar y, agregamos nosotros, al personal civil de una necesaria conciencia política-territorial para la preparación de la defensa nacional. Observamos, por lo tanto, que su importancia para la defensa nacional radica en su carácter orientador, y que es absolutamente propedéutica para la conducción estratégica. En resumidas cuentas, tal como sostenía el geopolitólogo alemán Karl Haushofer, la geopolítica es la conciencia geográfica del Estado.

De lo esbozado hasta el momento se desprende que, si bien existen en la ciencia geopolítica conceptos, proposiciones y teorías, las mismas no deben ser concebidas únicamente como reflexiones de alcance universal. Todo lo contrario, también se trata de un conocimiento netamente subjetivo, en tanto es un conocimiento específico e imprescindible para la elaboración de una estrategia para la defensa nacional. La geopolítica es, fundamentalmente, un conocimiento situado.

Defensa y enemistad

Siendo que la geopolítica como ciencia es orientadora para la defensa, se nos torna necesario precisar qué entendemos por esta última. El geopolitólogo Norberto Ceresole (1988) definía a la defensa como “la vertebración profunda e instrumental de una enemistad”, y advertía que “si una sociedad no articula algún tipo de defensa contra esa enemistad su existencia diferenciada en tanto Estado-nación no quedará a salvo de los daños que puedan derivarse de su condición de miembro de la comunidad internacional” (p. 155).

Esta definición implica rescatar el concepto de lo político en clave schmittiana. La misma trae a cuenta una diferenciación ontológica. El reconocimiento de un otro que pueda representar una amenaza existencial, vital para nosotros. Y que, por ende, se constituye en un enemigo. Este enemigo desea un objeto que nuestra nación también desea. Por lo tanto, la defensa nos servirá como elemento disuasivo o para elaborar una acción tendiente a alcanzar nosotros el objetivo propuesto antes que el otro. El jurista alemán Carl Schmitt (2016), sostenía que el enemigo no tiene por necesidad que ser moralmente malo o estéticamente feo. Basta con que en forma existencial sea distinto y extraño en un sentido particularmente intensivo (p. 60). Como consecuencia de esto, la vertebración de la enemistad propuesta por Ceresole no podrá ser epidérmica o superficial. Por el contrario, deberá ser siempre profunda e instrumental, porque será en función de ella que se articulará la defensa nacional. Es crítico resaltar que la defensa nacional, en tanto que es una elaboración de la política, implica necesariamente considerar la eventualidad de la guerra. Schmitt (2016) nos enseñaba que la guerra es la realización extrema de la enemistad política. Y, siguiendo este argumento, podemos afirmar que donde exista esa eventualidad será ella la que nos determine quién es nuestro enemigo (p. 65).

De esto surge la importancia que tiene para toda defensa elaborar una teoría del enemigo y, también, tomar conciencia de quien es nuestro amigo: poder reconocerlo e identificarlo. Podremos englobar en la categoría de “amigo” a aquellas unidades políticas que 1) posean un grado alto de unión y/o asociación con nosotros; 2) sean existencialmente similares, ya sea a nivel político o cultural; 3) y/o compartan intereses o enemigos en común. En cualquiera de estos casos podremos colaborar y cooperar en materia de defensa. Es necesario apoyarnos en este criterio de lo político que nos brinda el binomio amigo-enemigo. Y que es esencial para la política, ya que de no tomar conciencia de esta distinción no se podrá contar nunca con una doctrina ni una política de defensa adecuada. Resumamos diciendo que, al postular la inexistencia de un enemigo se cae en el grave error de no tener necesidad de elaborar defensa alguna. Ergo, tampoco existirá nuestra unidad política en forma diferenciada. Todas las grandes potencias tienen correctamente identificados sus amigos y enemigos, y cuáles son sus amenazas, por más que no siempre lo hagan público. Seamos claros: la elaboración de la defensa nacional implica realizarse frente a la amenaza de otro, de un sujeto que no somos nosotros. Es decir, frente a otra voluntad política. Esto es lo que diferencia a la amenaza del mero riesgo.

Identificar la amenaza es lo que le dará a la política la pauta de la inversión que deberá realizar en materia de defensa y militar. La cantidad necesaria de inversión, el cómo y en qué invertir, estarán determinados en función de la amenaza que se deberá disuadir. Si la identificación de lo que nos amenaza vitalmente es una potencia naval y militar concreta de primer orden, como lo es el Reino Unido de Gran Bretaña, el gasto militar a realizar será totalmente distinto a si nuestra política de defensa tiene por objetivo desbaratar bandas dedicadas al crimen organizado. Los medios y recursos materiales necesarios serán diferentes. En el primer caso se requerirá de armamento pesado y alta tecnología, mientras que en el segundo caso con un armamento liviano será suficiente.

Los gobiernos de turno, apremiados por las urgencias políticas y económicas, o por la carencia de voluntad política, pueden verse tentados a no identificar correctamente las amenazas. De esta forma, evitan traccionar recursos de otras áreas de la economía hacia la defensa. Este problema puede hacer que no se cuente con los recursos necesarios para asegurar la existencia de la nación, y que se derive la defensa a temas relacionados con cuestiones de seguridad interna. Eludiendo la verdadera ratio de la defensa nacional. Nunca faltarán las teorías pacifistas, ni la ilusión en que la fraternidad democrática y la cooperación económica permitan a la humanidad eliminar el conflicto de la realidad internacional y que, por lo tanto, no sea necesario el instrumento militar, ni defensa alguna. Sin embargo, el imperativo fundamental para todo Estado en el sistema internacional será siempre el de la supervivencia, y la forma más realista para alcanzar dicho objetivo es acrecentando el poder duro de la nación. Por lo que proveerse de una defensa nacional adecuada deberá ser siempre un objetivo de alta prioridad.

Tendencias geopolíticas y cambios en el sistema internacional

La defensa nacional se enfrenta a desafíos de naturaleza estratégica que necesariamente se encuentran relacionados con problemas de política exterior. Esto hace que la comprensión de los fenómenos políticos y del contexto internacional sean para ella un imperativo. Aquí la geopolítica, dado su carácter interdisciplinar, permite a la defensa la comprensión de estos fenómenos apoyándose en otras áreas del conocimiento. Ahora bien, la geopolítica además de ser una ciencia abocada al estudio del espacio también es una ciencia que atiende a la dimensión temporal. El desenvolvimiento que las comunidades políticas van desplegando a lo largo del tiempo, en un determinado espacio geográfico, hace que la geopolítica sea más que una ciencia meramente descriptiva y requiere de ella que sea una ciencia dinámica. De este modo, permite elaborar marcos conceptuales y categorías de análisis adecuadas al tiempo histórico estudiado. Estos, a su vez, servirán como fuente de conocimiento al momento de formalizar una correcta praxis política. 2

En la época actual, observamos que la propia dinámica de la política internacional es fruto del fin de la guerra fría y de la posterior hegemonía liberal estadounidense. Al finalizar la contienda bipolar se creyó entrar en una nueva fase histórica, ya no concebida en términos de poder, sino de una presunta cooperación internacional, expresada en el “fin de la historia” de Fukuyama. Pero esta ilusión no duró mucho. El optimismo liberal sucumbió ante la realidad internacional. El error del liberalismo fue el diagnóstico y su incapacidad de comprender cabalmente el fenómeno que tenía delante. En realidad, lo que sucedió fue que las relaciones de poder estaban adquiriendo nuevas formas de expresión. Y, sin embargo, el poder y su característica relacional no dejaban de existir por ello. En todo caso, hubo un profundo cambio en la expresividad del poder, que a su vez moldeaba nuevas formas de relación. Por esto, ante la actual declinación de la hegemonía liberal estadounidense, la defensa nacional también debe reflexionar en torno a los cambios que operan en el sistema internacional y las tendencias geopolíticas que se dinamizan sobre este.

La academia sostiene que, desde la caída del telón de acero, ha cambiado notablemente la concepción de lo que es un actor para la comunidad internacional y que, además, la conflictividad internacional ha sufrido una profunda transformación. Según Oran Young, lo que define a un actor internacional ya no es el ejercicio de soberanía ni el control de territorio, atributos propios del Estado, sino la autonomía y la influencia. La lógica consecuencia de este análisis es la ponderación de nuevos actores extremadamente heterogéneos entre sí, tales como las organizaciones terroristas, el crimen organizado, el narcotráfico, los fundamentalismos religiosos, etc.

En lo que respecta a la conflictividad internacional, los académicos mencionan un cambio en el concepto de la guerra. Apoyándose en estadísticas que muestran una clara disminución de la guerra convencional y, en consonancia, la proliferación de conflictos denominados de baja intensidad o asimétricos, se aventuran a aseverar que ha cambiado no solo la guerra, tal se concebía tradicionalmente, sino incluso su naturaleza. Esta argumentación ha sido reforzada por la lógica consecuencia de la capacidad destructiva de las armas nucleares y las implicancias estratégicas que estas han tenido en la geopolítica mundial. Por lo tanto, dada la irracionalidad de desencadenar una guerra convencional (ya que puede llegar a ser una de mutua destrucción), y la poca rentabilidad de alcanzar fines políticos por ese medio, después de la Guerra Fría la guerra ya no es guerra estrictamente hablando. Nos encontraríamos, en lugar de ello, en presencia de conflictos que surgen por motivos apolíticos, muchos de ellos “irracionales”, en los cuales los protagonistas no son exclusivamente actores estatales. Según se afirma, el fundamentalismo religioso, las diferencias étnicas, los crímenes humanitarios o las cuestiones económicas explicarían mejor los motivos que subyacen detrás de cualquier guerra. La tesis así sostenida nos dice que, dada esta clase de conflictos las fuerzas convencionales de los Estados no sólo se tornan impotentes sino, principalmente, innecesarias. Observamos así que, mediante nuevos paradigmas como la “transformación de la guerra”, la “metamorfosis de la violencia”, las “nuevas guerras”, o las “guerras de cuarta generación”, más que establecer un cambio en el concepto de la guerra, lo que en realidad se pretende es esconder la naturaleza esencialmente política de la guerra y su instrumentalidad estatal. Hace dos siglos el general prusiano Clausewitz sostenía acertadamente que la guerra es un camaleón y un asunto puramente social. Lo que cambia no es la naturaleza de la guerra, sino la morfología bélica. Es decir, la estrategia para alcanzar los objetivos determinados por la política. Por lo tanto, la guerra aún continúa siendo un asunto enteramente político y, fundamentalmente, una prerrogativa estatal. Esto puede verificarse al comprobar que las potencias mundiales gastan anualmente enormes sumas de dinero en tecnología y armamento militar. Por lo que las mayores amenazas a la paz mundial y a la seguridad de los pueblos proviene justamente de ellas.

En lo que respecta estrictamente a las tendencias geopolíticas, debemos mencionar la dispersión del poder mundial y la potencial transformación de la estructura internacional que aún no termina por configurarse, la competencia global por los recursos naturales, la dinámica demográfica, la securitización de lo ambiental y las implicancias del denominado “cambio climático”, el ciberespacio como nuevo escenario de conflicto, los desarrollos tecnológicos, las pandemias, etc. En uno de sus últimos libros, el atlantista Zbigniew Brzezisnki (2013) sostiene que estamos ante una nueva realidad geopolítica consecuencia de un cambio en el centro de gravedad del poder global. Se refiere a la emergencia del continente asiático, que además de alterar el ranking global del poder, también conlleva una dispersión del poder geopolítico. Fenómeno político que genera cambios dentro de la misma estructura del sistema internacional (p. 16). Por lo tanto, dado que estamos en presencia de lo que parece ser el ocaso del mundo unipolar, y que un mundo multipolar comienza a configurarse, la teoría haushoferiana de las panregiones podría cobrar nuevamente un sensus explicativo para un nuevo ordenamiento geográfico-espacial. Esto nos lleva a situarnos frente a la realidad internacional y analizarla. No es cosa de anticuarios regresar a la lectura de las fuentes clásicas de la geopolítica, como Mackinder, Spykman, Mahan, entre otros. La geografía es algo que siempre está condicionando, y los pueblos siempre desenvolviéndose en su medio. Es de suma importancia comprender la geopolítica y, por ende, pensar cómo debe realizarse la vertebración de nuestra defensa nacional en un mundo en pleno devenir, en el que resuena aquella sentencia heraclitiana de que “la guerra es el padre de todas las cosas”.

Finalizando, es manifiesta la importancia que tiene la reflexión geopolítica para la defensa y su incardinación con ella. Ambas están estrechamente relacionadas desde el momento en que para pensar la defensa nacional es menester partir de la situación geográfico-espacial. Ergo, toda política de defensa debe considerar a la ciencia geopolítica, e incorporar las conclusiones que de ella se puedan extraer. Como sostiene Juan José Borrell, mientras la alta política define el qué y la estrategia el cómo, la geopolítica nos determinará el dónde y con quiénes. Por lo tanto, para asegurar su existencia, y acrecentar su poder material, Argentina tiene el deber de pensar todas las cuestiones que recapitulamos en estas líneas: identificar cuáles son sus amenazas y sus enemigos; establecer sus hipótesis de conflicto, reconociendo que tiene parte de su espacio geográfico ocupado por una potencia extranjera3; y, todo esto, evitando caer en un pensamiento lírico de fraternidad universal ante un mundo de continuos cambios sociales que complejizan en forma acelerada la naturaleza de los conflictos. Nuestra existencia como una unidad política diferenciada así lo requiere.

*Luciano Schwindt, miembro de Nomos, es Licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad Argentina John F. Kennedy, y maestrando en Estrategia y Geopolítica en la Escuela Superior de Guerra (ESG).

Bibliografía

Atencio, J. (1975). Qué es la geopolítica. Buenos Aires: Ed. Pleamar.

Brzezinski, Z. (2013). Strategic vision: America an the crisis of global power.. New York: Basic Books.

Ceresole, N. (1988). 1988 Crisis militar argentina. Buenos Aires: Editorial ILCTRI.

Klare, Michael (2003). Guerras por los recursos. Barcelona: Ediciones Urano.

Marini, J. F. (1985). El conocimiento geopolítico. Buenos aires: Circulo militar.

Schmitt, C. (2016). El concepto de lo político. Madrid: Alianza Editorial.

Van Creveld, M. (2007). La transformación de la guerra. Buenos Aires: José Luís Uceda Editor

Notas

1 Tomamos prestada la noción de mundo circundante del campo de la etología, más precisamente del biólogo alemán Jakob von Uexküll. Esta noción hace referencia a la relación que tiene el sujeto, en nuestro caso la comunidad política afincada en un determinado territorio, respecto de los objetos que conforman su propio medio ambiente y que, por ende, determina un espacio de relación propio y particular para dicha comunidad.

2 El dinamismo inherente a la geopolítica es la cualidad que permitió a esta ciencia emanciparse y desprenderse de la geografía política, en tanto que aquella es meramente descriptiva y estática. El primer deslizamiento en esta dirección se produjo con el alemán Friedrich Ratzel, en el momento que intenta explicar el fenómeno político estatal partiendo del conocimiento geográfico, y culminará definitivamente con el sueco Rudolf Kjellén quien fue el primero en diferenciar y bautizar esta nueva ciencia como geopolítica.

3 Las Islas Malvinas, Islas Georgias del Sur, e Islas Sándwich del Sur.

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