La peste es la cura: el globalismo en terapia intensiva

Por Francisco Mazzucco*

Hace meses ya que una grave peste asola el planeta, un mal existencial que pone en riesgo la supervivencia de las naciones actuales tal y como las conocemos desde la victoria aliada tras la segunda guerra mundial. Esta peste no es sólo un vector biológico, sino que representa la enfermedad misma del sistema globalista moderno, que hasta hace pocos días se presentaba no sólo como “el mejor de los mundos posibles”, sino también como el único realizable, el fin de la historia, el paraíso feliz del “último hombre” nietzscheano.

Hay pues que entenderlo claramente; el momento histórico de crisis que estamos transitando, no se limita sólo a la enfermedad y muerte de miles personas a manos de un agente patógeno externo, sino que se trata también de un ataque mortal al sistema mundial en su conjunto. Es por ello una enfermedad de la especie humana, que afecta de raíz la dimensión social y política de su existencia (el globalismo, la “sociedad abierta”, la hegemonía imperante de los mass media, la entronización creciente de las ONGs, la negación de las soberanías nacionales).

Todos los oficialismos de luto

Por empezar, hay que remarcar en este análisis de la enfermedad una cuestión fundamental que todos los intelectuales de izquierdas y derechas tergiversan. Los primeros están ante el espejismo de que éste es finalmente el estallido del capitalismo norteamericano, los últimos se ilusionan con que éste sea el cimbronazo mortal del comunismo chino. El error de unos y otros es creer que la enfermedad afecta solamente al bando ideológico opuesto (los EE.UU. de Trump, por ejemplo) y que éste en consecuencia será demolido y reemplazado por un ideólogo “de los nuestros” que venga “a resolver las cosas” (por ejemplo, un Bernie Sanders). El error de estos intelectuales es, entonces, el de creer que ésta no es una crisis del sistema en su totalidad, sino sólo de los individuos o las facciones que están a cargo de administrarlo; que ésta no es una crisis que afectará fundamentalmente las raíces de nuestra vida toda en comunidad.

Como primera medida de protección ante la peste, los intelectuales hegemónicos pasaron por la etapa de la negación (un caso paradigmático e hiperbólico ha sido el de Giorgio Agamben). Al mismo tiempo, todos los gobiernos del mundo, sin importar su espectro político, minimizaron el impacto de la enfermedad. Desde la China comunista al capitalismo de Trump y desde el euro-socialista Zingaretti al populista López Obrador, todos al unísono minimizando la enfermedad que era “menos que una gripe”. Los trumpistas arengaban con que “todo es un invento de los socialistas y demócratas para hundir al capitalismo y la Bolsa de valores”, mientras que los sectores de la izquierda y la social-democracia europea, y sus émulos locales, sostenían que “la enfermedad es sólo un invento del capitalismo opresor para disciplinar a las masas y desestabilizar a los gobiernos populares”. Así tenemos como punto en común de todos los gobernantes mundiales, el que: a) para ellos la enfermedad era una amenaza real a su autoridad y soberanía (y no un mero conteo de infectados y muertos); b) pero a la vez minimizaban su alcance a niveles ridículos porque no lo atribuían a factores reales en juego, sino a un mero complot de fuerzas obscuras del bando enemigo –los izquierdistas culpando al “neoliberalismo golpista”, los derechistas al “virus chino” y los medios de comunicación. Los gobernantes y sus intelectuales orgánicos vieron así el quid del problema, la crisis sistémica, pero no su raíz causal ni los efectos mortales que ésta causaría sobre la población y el sistema sanitario.

Así la soberbia de los que creen haber vencido a la encarnación del mal en el mundo (el infierno nacionalsocialista del que nos previenen Arendt y Adorno), sólo ve como posible competidor político a los que comparten su desprecio por la “barbarie populista” y el “extremismo”. Con ese rechazo por base común, el “socialismo” (hoy subsumiendo a las socialdemocracias europeas y los populismos latinoamericanos, y cortejando muy de lejos a Rusia y China) se enfrentaría contra el bloque del libremercado (alineado a los EE.UU., los democristianos europeos y conservadores globales). Si existiera alguna amenaza al poder, el sistema ha supuesto hasta ahora que sólo podría provenir de alguno de estos dos opuestos dialécticos complementarios. Cualquier mal de la izquierda liberal debe ser causado por la derecha conservadora; cualquier mal de la derecha liberal debe tener su causa en el socialismo. No puede haber otro origen. No puede haber ningún Otro. No puede ser que el sistema mismo esté enfermo de raíz, tanto por izquierda (los herederos simbólicos de los vencedores soviéticos) como por derecha (los descendientes del bloque de las “democracias”).

El mundo inaugurado por los Aliados, de acuerdo a su teología política fundamental, cree haber librado una guerra existencial en un momento de estado de excepción contra el enemigo del hombre (el Eje). Cualquier mal posterior ve así menguada su carga metafísica; ya no puede ser un mal esencial al sistema, sino una mera anomalía (el peronismo) o un resabio pre-moderno oscurantista (los fundamentalismos religiosos). Y en general se verá al mal como un sabotaje a manos de otros herederos del bando aliado, pero de dialéctica opuesta, en un eterno pendular entre Macartismo y Estalinismo. Sin embargo, la enfermedad que toca hoy a la puerta de cada Nación trae la cruda realidad de que la Historia continúa: los vencedores no son eternos, los imperios caen y todos los sistemas globales se debilitan y perecen.

La técnica de tapar los baches del sistema gobernante, censurando y metiendo presos a los “rebeldes” (sean disidentes chinos, “extremistas” islámicos, “supremacistas” norteamericanos o “identitarios” europeos) ha llegado a su límite cuando se pretende negar la gravedad de una enfermedad global sistémica del mismo modo: “no se hable más, la peste es puro invento, peor es una gripe y nadie se queja, sigamos todo normalmente, que siga el capitalismo en EEUU, el socialismo en Italia, el progresismo en América Latina y el comunismo en China… señores civiles, circulen, esto es sólo un accidente, sigan circulando, consumiendo, comprando, obedeciendo, y dejen todo en manos de la policía y la política pública… somos el paraíso en la Tierra, ¿cómo no vamos a vencer a una gripecita?… sigan circulando”.

La metafísica de un cuerpo enfermo

Hay que entender que el sistema hoy dominante, resultado dialéctico de la última guerra mundial, no es meramente una forma de gobierno (democracias o repúblicas socialistas soviéticas) ni una forma económica (capitalismo o estatismo), sino un modelo de vida, una tipología de persona y comunidad humana distinta a todo lo anterior. Es decir, no es el eje Política-Economía lo que está en juego, como quieren hacernos creer libertarios y socialistas, sino el eje existencial, la cosmovisión personal, la forma de ser-con-el-otro en comunidad, de respetar la tradición y el pasado, de transitar la muerte. En la metafísica de los fines, la búsqueda hedonista (el placer como “eudaimonía”, como felicidad del hombre) caracteriza a todo posmoderno, sea de derechas o de izquierdas, frente a la búsqueda de lo superior (la verdad, los dioses, la familia, el honor) de todo hombre anterior. En la ética de los medios, el sacrificio individual o nacional, la sonrisa valerosa del que marcha a la guerra que cree santa o justa, es irracionalidad frente al cálculo medroso y acobardado de quien es capaz de abandonar a sus padres en un asilo, a sus hijos en una guardería donde los críe “Papá Estado” y cuya vida se caracteriza por el pánico del animal de rebaño, por el eterno miedo latente a ser separado de la grey, caer en la soledad existencial y ser devorado por la muerte… seres calculadores que no salen de casa sin paraguas.

Detengámonos un momento para reflexionar sobre esa caracterología. Si la lucha real no acontece entre “modos de producción” o “sistemas políticos”, sino entre tipos de “animal hombre”; y si el animal hombre vencedor en la modernidad fue aquel que desprecia el riesgo, que deplora el abismo (lo que no puede ser previsto por los cálculos, lo que no puede controlarse, como la peste, como el Universo todo, como la muerte), aquel que se tapa los ojos ante la realidad y pide mordazas legales para el Tiresias que le presagie un porvenir funesto; si este tipo de hombre, débil y timorato, es el que tiene en sus manos el gobierno y la economía mundiales –¡y los tiene!-; entonces podemos comprender qué sucederá cuando acaezca un cataclismo que no pueda ser explicado, que escape a su control racional, que ponga en vilo al sistema. Quienes están al mando de la nave no son ya capitanes de barco, son náufragos rescatados, amotinados, con el timón en sus manos y el incesante pánico en sus corazones de volver al lugar de donde han salido (al agua de la nada, de la que vinimos y a la que vamos). Todo golpe de timón de nuestras sociedades es un intento de banalizar el “carpe diem” estoico [1]. El vivir a pleno moderno, es un mero vivir a goce pleno. Y cuando se silencia el goce, del sexo, del consumidor, del espectador, del movilizado ideológico, cuando este tipo de hombre se queda solo consigo mismo (por cualquier causa existencial, la muerte, el accidente, la guerra o la enfermedad), entonces naufraga. El hombre moderno en soledad frente a la realidad de lo viviente vuelve a naufragar, vuelve a ahogarse en el Cosmos que no entiende, no respeta, no obedece, no reconoce.

El cuerpo del sistema es una forma de dominación sobre el Hombre, sobre la Naturaleza, sobre las Ideas y sobre el Cosmos, de forma tal que todo esté “a la mano”, en posición de disponibilidad, listo y presto para ser usado, explotado, consumido y asimilado. Cualquier cosa que tenga su propia lógica externa al sistema, que no pueda ser adaptada a éste, debe ser como dijimos antes negada, censurada y encerrada, lejos de donde habita el rebaño, para que éste pueda seguir medrando a sus anchas, pastando los prados del placer, cogiendo pornográficamente, viajando pornográficamente, comiendo obesa y pornográficamente. El cuerpo del sistema es depravado, obeso, pornográfico, insaciable e insatisfacible. La manía obsesiva a escala de puritana locura, que se llevó toda tradición por delante, es su “fortaleza” pero también su más visible flaqueza. Si la rueda del consumo, de la expansión de perversiones, amoralidades y libertinajes dejara sólo por un momento de girar, el hámster enloquecido de lo social se debilitaría, y como pasa con ciertas ratas en situación de pánico, empezaría incluso a devorar a sus hijos y devorarse a sí mismo. Sólo cuando para la rueda del consumo se da cuenta la sociedad de que ha estado toda su existencia corriendo como una rata, girando y girando siempre en el mismo lugar; una constante reincidencia en torno a deseos inacabados, deseos que son vistos como los únicos fundadores de todo derecho y autoridad.

El enfrentamiento de ambos polos dialécticos nunca ha sido de fondo, en torno a si es o debe ser el deseo el único Dios del Hombre, sino mera discusión de medios: qué sistema de gobierno y qué sistema económico (libertario o estatista; de libremercado o intervencionista) es el más apto para proveer los nunca cuestionados placeres. Unos, centrados en la eficiencia de la “producción” como vía de satisfacerlos, y los otros, recostados en una mejor “distribución”. Derecha e izquierda: ratas que discuten si construir más ruedas de Hámster o repartir mejor las que ya hay, sin jamás intentar posar un ojo fuera de la jaula existencial en la que habitan.

El cuerpo del sistema está en peligro por la peste, no porque mueran los individuos que lo componen, sino porque el momento de la enfermedad implica una ruptura con el tiempo de la cotidianidad. Y este sistema de vida, bajo el que subyacen los sistemas políticos y económicos, no puede sobrevivir demasiado a la intemperie, con una temporalidad que no es la suya propia.

El freno al aceleracionismo

Si alguien hubiera realizado una encuesta entre los revolucionarios políticos, los antisistema, entre los marginados de esta sociedad, acerca de cómo podría destruirse el orden establecido, la respuesta más esperable hubiese sido el aceleracionismo. Esto es, la creencia en que la aceleración de la decadencia, de las injusticias sociales y económicas, de las rivalidades raciales y religiosas, nos llevaría a una guerra civil declarada a escala global, que terminaría por desestabilizarlo todo.

Pero la verdad es que el sistema es, en sí mismo, en su temporalidad predilecta, una aceleración incesante hacia el abismo (hacia un eterno devenir de nuevos bienes, nuevos placeres, nuevas identidades sexuales, económicas e ideológicas en el mercado de lo real), un salto de un tema a otro sin parar, sin tiempo para reflexionar. El sistema no quiere detenerse, pues detenerse es dar tiempo al tiempo; es permitir la meditación (que es interior al hombre y se pregunta acerca de los fines a los que éste debe dirigirse, poniendo así en peligro la mentalidad de ratas que dan vueltas de calesita sin parar); es permitir la contemplación (que es la visión de la naturaleza y el Cosmos que rodean al hombre, sus innegables circunstancias, su ser-en-el-mundo, un mundo que para nada es una orgía de placer inacabada y mentalidad de supermercado); es permitir el cambio de rumbo.

Cuando se vive alguna situación límite, aquellas de las que hablaron ya repetidamente los filósofos, tales como el accidente, la guerra o en este caso la enfermedad, se rompe con la lógica de lo banal, de lo cotidiano, y vuelve a presentarse ante nosotros lo superior: la pregunta del por qué, del para qué. ¿Por qué, para qué seguir girando la rueda de la díada capitalismo-socialismo si ésta sólo nos lleva a correr en círculos, falsos carpe diem y “a coger que se acaba el mundo”? Quizá parte del problema ha sido siempre nuestra forma de vivir la temporalidad, nuestra falsa concepción del presente, como el único modo de la temporalidad con importancia per se. Presente llamado a enterrar su pasado que lo avergüenza porque no es como el presente que es presente [2], un pasado autoritario, malvado, de cuando las bestias de presa vislumbradas por Nietzsche aún corrían por el mundo a paso de ganso. Un presente que sobre todo debe negar su futuro en tanto lo nunca acaecido, porque en el futuro –que se acerca inexorable– sonríe la muerte, y brilla la pregunta metafísica del “¿para qué la existencia?”. Pregunta, que como dijimos, este mundo ya ha declarado resuelta (la eudaimonía del deseo), y a quien opine lo contrario, ¡que sea acallado!

Pero la peste llega y silencia a todos por igual, ricos y pobres, débiles y poderosos, gozadores sexuales seriales y gente de moralidad austera. Y este silencio resultante es lo que permite la expresión de la temporalidad, antes negada, en lo existente: además de la ruptura del presente cotidiano, ha entrado el tiempo cíclico (cada día en cuarentena es la repetición de sí mismo), el contacto con el pasado (a falta de acelerado presente que traiga nuevos trabajos, viajes, perversiones y goces, revive el recuerdo, lo olvidado, lo postergado) y la muerte futura como posibilidad ya no ocultada, no “pateada hacia adelante eternamente”. Además del tiempo que se detiene, para que el hombre reflexione, se ha roto el tiempo-herramienta del mundo posmoderno, la temporalidad propia de la época por fin se ha mostrado como “simplemente propia de la época” y no como una condena perpetua sentenciada por algún Fukuyama del sistema.

Por sobre todo, el parate que se le puso a la temporalidad irracional posmoderna ha apagado la música, prendido las luces y sacado las máscaras a todos. La ilusión del sistema que vendía un mundo feliz utópico, propio de novelas distópicas, se recostaba sobre un panteón de dioses de la hedoné (del gozo). Ahora con el tiempo detenido, con cada uno aislado en su verdad, vemos que los seres degenerados, que nos daban cátedra de “educación sexual” y de qué hacer con nuestra intimidad, que vendían una vida de orgía infinita, no tienen pareja, no tienen relaciones estables ni tienen quien los acompañe en la soledad; que los gurúes de los medios, una vez esfumada la aureola de las televisiones y de Hollywood, no tienen nada que presentar a sus espectadores, más que una vida chata, simplona y aburrida; que los grandes intelectuales del momento sólo tienen para escribir, ante el desafío intelectual más grande de nuestra época, pequeñas reflexiones acerca de cómo “ahora vamos a voltear al capitalismo” (si el susodicho es de izquierda), o de cómo “la China comunista es el enemigo y Wuhan será su Chernobyl” (si el susodicho es de derecha) o sobre cómo “ahora es momento de destruir los Estados nacionales y celebrar el nuevo gobierno mundial” (si el susodicho llevaba la careta pseudo-filosófica del antisistema, pero al quitársela sólo nos descubre a otro orgánico del régimen que no sabía que lo era).

Las vacas sagradas del sistema, en su realidad, cuando se detiene la obsesiva maquinaria del comercio, la esquizofrénica falsa lucha ideológica y los delirios de grandeza de los mass media, muestran que son meramente humanos, o menos que eso, cáscaras de humanidad. Una humanidad que ha continuado sólo por inercia, y que jamás ha tenido capacidad de liderazgo, de intelección ni de Bildung (de construcción individual como persona). Lo único que han tenido esas vacas sagradas entre sus pezuñas ha sido el control del tiempo, del tiempo de todos nosotros, el control de los medios de producción (en términos crudamente marxistas, so pena de que el que se rebelara contra ellos “no comía”), el control del aceleracionismo (todas las perversiones y degradaciones disfrazadas de libertades eran impuestas a sus anchas) y el control del “sentimiento de control” (esto es, del disciplinamiento humano: el establecer aquello que debía ser vigilado, y de qué forma, sutil o violenta, debía ser ejercido dicho control y castigados los objetivos a disciplinar los “fundamentalistas”, “supremacistas”, rebeldes, bárbaros).

Todos vamos a morir

La ilusión posmoderna actual se alza como pura negatividad: negación de la presencia efectiva de la muerte, a la que invisibiliza cual ciego voluntario que mira para otro lado (“pues, no va a sucederme hoy”); negación del mal absoluto (al que ya venció y llevó a juicio final para salvación de toda la humanidad); y negación del bien absoluto (en un relativismo sui generis que no permite la afirmación de valor positivo alguno). Es también negación de toda reflexión, del tiempo calmo y pausado del verdadero pensamiento, y negación de toda sabiduría, reemplazando la distinción de los artífices y creadores, por el endiosamiento de los ratones de biblioteca, de los repetidores de los intelectuales orgánicos del pasado.

La peste es el llamado de atención a nuestra realidad actual, que creía poder seguir teniendo las vendas en los ojos ante la pregunta existencial: detenida ya la maquinaria que hace del Hombre un mero “consumidor” (libre de ser vegano, feminista, queer, gay, poliamoroso, animalista, libertario, socialista, nerd, geek, normie, todas pseudo-identidades fijadas sobre consumos ideológicos, sexuales y alimentarios), se vuelve al momento del estado de excepción, en el que todo vale, todo se pone en duda, todo está “por verse” y ninguna solución del sistema es “mágica” como antes (como ser el lema de los progresistas de que “todo se resuelve con más educación”, o el liberal de que “todo se resuelve con menos Estado”); todo está en el Pólemos de la discusión. Y por eso es que el sistema teme y ha mandado a sus perros de guardia a las redacciones de los periódicos a intentar tapar el sol del debate con sus entintadas manos. Y son los mismos periodistas, filósofos y “especialistas” que ayer nos decían que “no pasa nada, es peor la gripe… es una trampa del capitalismo/socialismo para oprimirnos y destruir a los gobiernos populares/a la Bolsa y el mercado de capitales”, los que hoy nos dicen que no hay riesgo sistémico alguno, que el riesgo es meramente para los individuos (que lo único que importa es, por lo tanto, detener el número de contagios y muertes de pacientes individuales), que el momento de crisis que trae cambios va a “imponer finalmente el capitalismo/socialismo global” frente a los caducos sistemas “socialistas/capitalistas” del bando contrario.

Ninguna de las urracas del sistema se ha tomado el momento de pausa en la febril temporalidad moderna que nos ha traído la enfermedad, para ver el trasfondo existencial de la cuestión. Ninguno se ha parado a reflexionar que la peste es sólo el heraldo de la muerte, esa muerte inexorable que ha negado este mundo posmoderno; y que el Hombre sólo puede reconstruirse a sí mismo si se contempla en su totalidad, incluida la muerte, incluidas sus circunstancias históricas, incluido su Cosmos. Así mientras algunos ya discuten sobre si es lícito o no “matar un porcentaje menor de viejos para salvar la economía” o de “hacer un Estado totalitario de control digital para bajar la tasa de contagios”, ninguno lo hace desde el punto de vista fundamental del “¿para qué los mercados? ¿Para qué esta sociedad? ¿Para qué la economía? ¿Para qué la política actual?”. Este preguntar es importante, fundamental, porque afirmarlos sin más (al mercado, la sociedad, la economía, la política) implica no poner en duda que estos puedan morir, puedan ser reemplazados, puedan ser superados. No simplemente son los viejos los que pueden morir por la economía, es la economía de mercado y la politicidad totalitaria (“te salva el Estado, no el mercado” repiten los socialistas locales, como si fueran una secta religiosa con un mesías que ha venido a darnos la salvatio medieval) la que puede morir, la que debe morir llegada ciertas circunstancias (por ejemplo, ante la diatriba de sacrificar a nuestro Pueblo o sacrificar nuestra política/economía), la que inexorablemente un día finalmente morirá. La peste, como dijimos, es sólo el heraldo de esa muerte anunciada. Y ahora que el pueblo llano sabe también que “el sistema es finito” y no un Dios eterno (la “mano invisible” de Adam Smith, o el Leviatán hobbesiano), ahora que le dan la posibilidad de optar realmente, entre cambiarlo o hundirse a pique con el sistema en decadencia, pues es tiempo de empezar el tratamiento final.

El veneno es la cura

Ante la absoluta negatividad contemporánea se ha levantado el momento de la negación de la negación, del freno a tal proceso avasallador de lo real disfrazado de “progreso indefinido”. Esta pausa temporal no fue producto de las “buenas intenciones” ni de la revolución televisada de los medios, sino efecto de lo incontrolable, de lo inesperado, de la peste.

La sabiduría hermética decía que el veneno era la cura, simbolizándolo en el caduceo del dios Hermes, con dos serpientes, una que envenena y una que sana con su mordedura.

Debemos entender esta sabiduría: el momento actual de la peste, de la crisis, del cataclismo, es al mismo tiempo el momento de la apertura de la posibilidad de ser de un nuevo sistema, de un nuevo mundo, de un nuevo modelo de Hombre. Un tipo de Hombre que no construya un sistema que esté listo para sacrificarlo impunemente en aras de mantener su poder político y económico (“silencio, no hablen de la enfermedad que van a hacer caer al presidente en las encuestas, digan que es peor la gripe”, fue el lema de todos los gobiernos del color que fueran), un tipo de Hombre que no construya un sistema en torno a las perversiones hedonistas que bautiza como “identidades”, un tipo de Hombre que sepa que todos vamos a morir, y que ello nos hace verdaderamente Hombres y nos permite dar el correcto valor al resto de las realidades de la existencia: familia, ancestros, patria, cultura, amistades.

En suma, la cura a través de la enfermedad implica que el Hombre vuelva a recuperar su responsabilidad en la dirección de su vida, y deje de prenderle velas a los Dioses del Mercado, del Estado y del Globalismo, que hoy día están todos en terapia intensiva y con respiración artificial.

* Francisco Mazzucco es Profesor de Filosofía por la Universidad de Buenos Aires y maestrando en Filosofía Política (UBA).

1. El “Carpe Diem” estoico se refiere al aprovechar el momento presente, ya que el hombre es finito y tiene poco tiempo sobre la Tierra; y hacerlo para realizar aquello que le manda su Naturaleza, naturaleza del hombre que a la vez está alineada con la naturaleza de sus semejantes y de todo el Universo. Para cumplir dicha actividad natural el estoico se imponía sobre el torbellino de pasiones, de miedos y de falsos valores que se le presentaban cada día. En vez, el moderno vive “al día”, y cree que aprovechar el presente es satisfacer rápidamente sus deseos antes de que otro “le gane de mano” y le quite la posibilidad de hacerlo. El Carpe Diem clásico era la búsqueda de la virtud, el Carpe Diem moderno es la caza de la pasión.

2.Por favor, ¡¿cómo va a tener usted esas opiniones si estamos en el año 2020?!”, es el argumento cínico de aquel que ha endiosado al presente amputado de toda otra temporalidad, argumento que debe renovarse cada año cambiando tan sólo el número de la fecha.

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