La “lucha contra el odio” como forma de censura

Presentamos otra traducción exclusiva del equipo de Nomos, esta vez un artículo de Diego Fusaro que destaca la censura tácita que supone la persecusión de los “discursos de odio“. Se trata de una doctrina anglosajona que está encontrando creciente eco en los medios de comunicación locales y, en especial, en los que se presumen “progresistas”. Hecho que va a contramano del ejercicio crítico, del que debieran hacer gala quienes dicen combatir el “sentido común” construido por los medios hegemónicos.

Por Diego Fusaro

Si quisiéramos expresarnos siguiendo a Spinoza, deberíamos decir que el odio es una “pasión triste” porque se opone a las pasiones eufóricas de la alegría y del placer; de la gallardía y del entusiasmo emprendedor. Sin embargo, y siguiendo también a Spinoza, el odio debería ser entendido antes que ridiculizado o demonizado.

Una cosa es cierta y está a la vista: el pensamiento único; el pensamiento políticamente correcto y éticamente corrupto que actúa como permanente trasfondo ideológico de dominio de la clase hegemónica cosmopolita, siempre usa la patología para deslegitimar al cuerpo sano. No por nada para los aedos1 cosmopolitas de la “catequesis del verbo único” y del “ídem sentir global”, la familia (cuerpo sano) es, en cuanto tal, feminicidio y patriarcado retrógrado (patología). Incluso la patria, en cuanto tal, es nacionalismo beligerante. El non sequitur2 es flagrante: sería como decir que el pulmón es, en cuanto tal, neumonía. Y que por lo tanto para combatir la neumonía es conveniente combatir el pulmón. ¡Prodigios del “nuevo orden mental”!

En términos análogos, podríamos decir que el odio es la variante patológica de la crítica y la disidencia. La crítica y la disidencia, en sí mismas, son el cuerpo sano: hay que protegerlo y defenderlo para que crezca bien y no degenere en posibles enfermedades. Entre las cuales existe precisamente el odio, que es la disidencia llevada a su figura hiperbólica. El lugar donde prevalece la ira sobre la razón y la vis3 destructiva sobre la confrontación crítica.

La moraleja es que debemos luchar contra el odio y, al mismo tiempo, valorar y proteger la crítica y la disidencia que son, por otra parte, la sal de la democracia. Régimen que en teoría debería ser el único que protegiese la crítica y la disidencia a partir de la libre confrontación entre los que son diferentes.

La operación de los monopolistas del discurso y su “catequesis subcultural” de ejecución del diagrama de las relaciones asimétricas de poder es fácil de identificar: basta con ver el modus operandi de Fabio Fazio [conductor y productor televisivo italiano, N.d.E.], cortés nuncius sidereus4, bonachón y cínico a la vez que despiadado, que hace poco lanzó su enésima “campaña contra el odio”. Una campaña en la que –este es el punto– “el odio” es simplemente todo lo que se opone al monopolio de ese odio de clase autorizado por los amos del caos sin fronteras; es decir, del odio que el propio Fazio, con su sonrisa tan auténtica como el “amor a la humanidad” proclamado por la patronal cosmopolita, no pierde ocasión de celebrar en horario estelar.

¿Pero cuál es realmente el odio al que se oponen los apóstoles de la sociedad del arcoiris en forma de mercancía? ¿Se trata del odio como violencia diaria, verbal y física contra los demás? Sólo en apariencia. A esa clase de odio diario, no hace falta aclararlo, todos nos oponemos. Es incluso tautológico repetirlo. Pero ese odio es justamente el odio que los aedos del clasismo no border5 usan como herramienta para golpear otro odio, el que realmente les importa erradicar. Y es que los amos del discurso unidireccional tienen, en verdad, otro objetivo: utilizar la noble etiqueta de la “lucha contra el odio” para golpear cualquier figura de crítica y disidencia contra la sociedad cosificada, la dictadura permanente de los mercados y el cosmo-mercadismo de los poseedores de líquido financiero.

Es el usual non sequitur: usar la patología del odio para golpear el cuerpo sano de la crítica y el disenso. Con la paradoja de que deben, al mismo tiempo, identificar como “odiosos” a los que meramente critican las contradicciones de la sociedad mercantil. De esta manera, la lucha contra el odio se convierte en una lucha contra la libertad de crítica y de disenso. Esta libertad será cada vez en mayor medida –estén seguros– calumniada y condenada al ostracismo en nombre de la “lucha contra el odio”. Con la varita mágica del clero periodístico habitual, los chalecos amarillos y los pensadores no alineados se convierten en “odiadores” (haters los llama la neolengua mercantilista). Y, como tales, “hay que combatirlos”.

De esta manera, se genera la paradójica figura del odio contra los odiadores. Es decir, el odio del Capital contra aquello que pueda derribarlo o apenas señalarlo como conflicto principal se autolegitima presentándose como una respuesta cortés, democrática y pulcra a los verdaderos odiadores; esto es, a los que no están alineados con el “nuevo orden mundial” en el plano socioeconómico, o con el “nuevo orden mental” en el plano de las superestructuras.

Y todo esto, por otro lado, en un tiempo –el tiempo de la “noche del mundo” diría Hölderlin– durante el cual el odio de las clases cosmopolitas hacia las capas nacionales-populares, las clases medias y las clases trabajadoras ya alcanzó niveles sin precedentes.

Entonces, si existe un odio legítimo –el único– es, en mi opinión, aquel con el que la clase dominada de los globalizados responde al odio que diariamente, desde lo alto, las clases dominantes descargan unidireccionalmente sobre ella. Así como la única guerra legítima es la guerra de resistencia, el único odio legítimo es el odio de resistencia. Eduardo Sanguinetti lo dijo bien en 2007: “Porque ellos nos odian, nosotros debemos responder. Ellos son los capitalistas, nosotros los proletarios del mundo de hoy”.


Notas


1. Los aedos (del griego ἀοιδός, aoidós, «cantor», que a su vez proviene del verbo ἀείδω, aeidoo, «cantar») eran, en la Antigua Grecia, artistas que cantaban epopeyas acompañándose de un instrumento musical.

2. Del latín, literalmente significa “no se sigue” y refiere usualmente a un tipo de falacia lógica en la que la conclusión no se sigue de las premisas.

3. Del latín, “fuerza”, vigor.

4. Del latín, “nuncio sideral” o, más llanamente, “mensajero de las estrellas”. Se trata de un juego de palabras que tiene en cuenta que la persona aludida, Fabio Fazio, es una “estrella” de televisión y un presentador/representante de otras estrellas.

5. Del inglés, “sin fronteras”.

Un comentario

  1. Esclarecedor. “…el odio de las clases cosmopolitas hacia las capas nacionales-populares, las clases medias y las clases trabajadoras ya alcanzó niveles sin precedentes”. En nuestro país la derecha gorila se apropió del odio como sentimiento de pertenencia. Sin odio no hay organización política. Gracias. Por fin lo veo tan bien expresado

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