Estado, poder y subjetividad social

Por Andrés Berazategui*

La expansión de internet y la masificación de las redes sociales, junto con el aumento de la movilidad de personas y capitales que se viene produciendo en las últimas décadas, ha modificado no solo estilos de vida y posibilidades de consumo, sino también el modo de constituir sujetos sociales. En efecto, la expansión técnica y el nomadismo han generado otros tipos de relaciones intersubjetivas modificando así los espacios humanos de convivencia. Anteriormente, nuestras relaciones estaban dadas por el trato personal e inmediato por lo que podíamos valernos solo instrumental y accesoriamente de los medios de comunicación para tratar con otros. Hoy podemos tener amigos en cualquier parte del mundo a quienes podemos contactarlos de modo inmediato, estable y fluido en casi cualquier momento y no serán ni menos ni peores amigos por este motivo.

Sea como fuere, cualquier argumento que se utilice en favor de las relaciones basadas en el contacto personal, por más atendible que sea, no podrá negar la existencia de aquellas otras fundamentadas a partir del trato virtual. Lo que importa destacar para esta reflexión es que las vinculaciones generadas a partir de las redes sociales y los nuevos modos de comunicación, vienen constituyendo nuevos tipos de subjetividad social producto de un entramado de intereses que pueden ser inmediatos y locales, pero también constituidos por la distancia y a partir de mediaciones que ofrece la técnica. Pero para poder comprender esto, primero deberíamos profundizar un poco más sobre cómo se llegó a esta situación.

Los procesos de integración

La unificación del planeta se ha dado por un “achicamiento” temporal y espacial producto, como se dijo, del movimiento de capitales y personas, y de la masiva difusión de los medios de comunicación y de las redes sociales. Los capitales se mueven vertiginosamente ubicándose en aquellos lugares donde pueden rendir mayores beneficios y la deslocalización de las empresas se ha transformado en un acontecimiento por demás común e incluso buscado por aquellos Estados que más apuestan a la llegada de inversiones. El dinero puede moverse a través de las fronteras de manera instantánea y sin necesidad de mayores esfuerzos. El acceso a las comunicaciones se ha generalizado en casi todos los rincones del planeta y con mecanismos de funcionamiento muy diferentes a los que existieron en el pasado. Internet, pero no solamente ella, genera espacios cotidianos de comunicación donde uno establece vinculaciones reales con otras personas, a pesar de estar mediados por distancias que alcanzan miles y miles de kilómetros. Los teléfonos celulares nos pueden hacer hablar o mandar mensajes desde aplicaciones gratuitas y accesibles. Vivimos literalmente “conectados”, al punto tal que, según algunos estudios, en la actualidad un joven pasa aproximadamente el 50% del tiempo de vigilia frente a una pantalla, sean estas de celulares, televisiones o distintos tipos de ordenadores.

Ahora bien, es claro que los usuarios suelen quedarse en aquellas redes o páginas que solamente obedecen al propio interés y que, precisamente por la cantidad y difusión que tienen, generan todo un ámbito diario de conectividad que termina promoviendo una auténtica convivencia, aunque esta en realidad sea «on line». Por ejemplo, supongamos que alguien es fanático de la música pop de Corea del Sur (llamada K-pop), un fenómeno que en los últimos años ha tenido gran crecimiento entre los jóvenes, tanto de oriente como de occidente. Pues bien, los fans del mundo que escuchan esta música pueden comunicarse a través de multitud de páginas, foros o redes sociales de modo cuasi permanente. Todos los días actualizaciones de información a través de estas plataformas los mantienen al tanto de la vida y presentaciones de sus ídolos. En diversos fandoms1, aquellos fanáticos que generen confianza entre sí, intercambiarán sus números de teléfono y podrán estar conectados a través de aplicaciones. Claro, el joven que hoy tiene 15 años y escucha esta música mañana puede cambiar de gustos y empezar a escuchar heavy metal, una música muy diferente. O también puede desinteresarse de la música y hacerse aficionado a alguna actividad diferente como la pesca, la ufología o lo que sea. Lo que importa resaltar es el hecho de que, en cualquier actividad o conocimiento que desee canalizar su tiempo, podrá establecer vinculaciones a través de las redes sociales y de los espacios virtuales con miles y miles de otros individuos con los que establece una comunidad de intereses.

Sobre esta situación queremos realizar dos observaciones. Primero, notar la fluidez que pueden tener los procesos de constitución identitaria como consecuencia de los cambios –o confluencias– en las áreas de interés. Como hemos notado, hoy se puede ser fanático del pop coreano, mañana terraplanista, dentro de unos meses devoto de la Pacha Mama. Incluso estos intereses pueden confluir al mismo tiempo, entretejiendo una red de símbolos, imaginarios y lenguajes que influyen en los individuos de un modo que, por la “liquidez” que adquieren, no alcanzan a constituir identidades perdurables.

La segunda observación es que, no obstante, existen inquietudes que por las problemáticas que encarnan, sí generan vinculaciones más estables. Podemos citar aquellas problemáticas relacionadas con intereses profesionales, con la ecología, la exclusión o aquellas que tienen que ver con los derechos de las mujeres. Y es en este segundo punto donde nos queremos detener.

Teniendo en cuenta que los seres humanos son ellos con otros y en algún lugar, y si estamos diciendo que se están constituyendo relaciones humanas que se expresan a través de lo virtual, como lógica consecuencia se genera un proceso por el cual nacen nuevas subjetividades sociales de carácter desterritorializado. Pero esto no es todo. Seguramente, los jóvenes aficionados a un cierto estilo de música no se organizarán de un modo estable y permanente para defender los “derechos” de los oyentes de música K-pop y ni siquiera para defender los reclamos profesionales de sus ídolos.

¿Pero qué ocurre con problemas que sí nos afectarán de un modo real y seguramente perdurable como el deterioro ambiental, el calentamiento global, la pobreza, la violencia doméstica, etc.? Dejando de lado la manipulación mediática que puedan tener estos temas, es imposible negar que se han transformado en causas mucho más visibles en los últimos tiempos e incluso las jóvenes generaciones las consideran propias de sus preocupaciones generacionales. Estos temas, y aquí viene lo importante, son pasibles de una lucha no solamente territorial y local. Las cuestiones ecológicas no respetan las fronteras, como es obvio. En la generación de pobreza y exclusión, las empresas de carácter transnacional tienen una responsabilidad fundamental; la denominada violencia “de género” es denunciada a partir de un entramado biopolítico mucho más amplio que el que tenía la tradicional perspectiva doméstica. La sobreideologización militante y la exageración mediática suelen distorsionar el verdadero alcance de estos temas, pero son problemas que realmente existen y muchas veces se expresan de modo especialmente grave. No son “inventos” el deterioro ambiental, la pobreza, la violencia doméstica, etc. Y como son cuestiones que por sus características se expresan más allá de los espacios tradicionales de convivencia –y que nacen de hibridaciones geográficas, etarias o “de clase”–, es lógico que emerjan actores con narrativas que siguen una misma lógica de hibridez espacial y social para abordarlos. Y es acá donde intervienen los nuevos modos de vinculación virtual y su potencial impacto en la vida colectiva, ya que las redes sociales y las comunicaciones permiten articular a sus miembros de modo permanente y perdurable más allá de las distancias, dándoles la posibilidad de generar mecanismos instantáneos de expresión, consulta, organización y toma de decisiones. Varias personas pueden reunirse en cualquier momento y de modo inmediato estando a miles de kilómetros entre sí, por lo que el impacto de las comunicaciones en las dinámicas organizacionales es incalculable, ya que vincula tanto a los que están cerca como a los que están lejos, a los que se conoce personalmente, como a los que están del otro lado del mundo.

La lucha por la decisión

El modelo westfaliano de sistema internacional se basa en unidades políticas que denominamos “Estados-nación”. Los territorios –supuesto fundamental para la existencia propiamente estatal– adoptaron elementos propios de la Modernidad y se vieron reformulados con respecto al orden medieval apareciendo distintas jurisdicciones que valorizaron como nunca antes esas líneas imaginarias llamadas límites, y que se trazaron con la exactitud típica de la razón calculadora propia de la nueva época. Con el objeto de centralizar el poder en manos de una autoridad superior, se le fueron quitando atribuciones a los diversos estamentos y regiones que existían hasta entonces. Para que la religión no volviera más a convertirse en motivo de conflicto se estableció el principio cuius regio, eius religio2, según el cual la confesión oficial de cada unidad política sería simplemente la del gobernante. En cuanto a las relaciones internacionales se consagraron los principios de trato igualitario entre los gobiernos, no injerencia en los asuntos internos de otros Estados e independencia de estos entre sí.

Para lograr una cohesión que permitiera mantener estables las nacientes unidades políticas, todos los elementos que sirvieran para la concreción de la “unidad nacional” fueron aprovechados, ya que una sociedad afectada por la desarticulación y el desgajamiento de sus partes es difícil de conducir. Nacieron así los estudios lingüísticos con el objeto de unificar los idiomas, se concentraron los atributos de poder en gobiernos centralizados y, conforme el tiempo fue pasando y las masas ganando terreno en la participación pública, las elites dirigentes realizaron esfuerzos con el fin de alcanzar unificadas narrativas nacionales a partir de la enseñanza estandarizada de la historia, la promoción de un culto a los antepasados comunes y el establecimiento de los mismos símbolos patrios para aceptación y reconocimiento de todos los ciudadanos de los Estados.

Ahora bien, las nuevas identidades emergentes asedian y cuestionan el supuesto de una misma narrativa nacional unificada ya que generan sus propios lenguajes, símbolos e intereses. Esto no quiere decir que aparezcan nuevos agentes que tengan la posibilidad de suplantar a las naciones, pero sí que solapan sus propios intereses a los ya constituidos en los Estados. Estas “identidades agregadas” se disputan la lealtad de los individuos –particularmente entre los más jóvenes–, quienes ya viven además en una época donde las instituciones tradicionales se encuentran cada vez más desarticuladas. La familia, los gremios o los clubes, por poner algunos ejemplos, no siempre son ámbitos de realización personal, y no por ineficaces, sino porque a veces son inexistentes. Divorcios en aumento, precarización laboral, tareas donde la comunicación es por teletrabajo –distante e impersonal–, aparición de múltiples entretenimientos e intereses; esta es la realidad de hoy en día, donde los tradicionales espacios de convivencia se han modificado notoriamente. Este es el contexto que deben afrontar de aquí en más nuestras sociedades, en particular aquellas donde más se hayan erosionado los vínculos colectivos.

En lo que respecta al ámbito internacional, los Estados siguen siendo los actores más relevantes sin discusión. Esto ha quedado brutalmente en claro cuando la pandemia provocada por el coronavirus hizo volver a los gobiernos sobre sus espacios nacionales, y las fronteras que se creían perimidas adquirieron importancia crítica para el manejo de la crisis. Se apeló a recursos duros como la industria, la propia tecnología o las fuerzas de seguridad. Lejos parecieron quedar los anhelos cosmopolitas de las minorías ilustradas que miran el mundo desde su computadora y la debilidad humana necesitó del poder político organizado para defenderse del peligroso virus.

Pero de aquí en más los Estados precisarán de otras lógicas para el ejercicio de su poder. Deberán realizar esfuerzos tendientes al logro de una integración social que permita a cada pueblo tener instituciones legítimas, toda vez que las lealtades de los individuos y los grupos sociales ya no se amalgaman a partir del sentido de pertenencia dentro de una sola unidad de destino, por lo que una multiplicidad de reclamos en ascenso puede hacer zozobrar la eficacia de los poderes públicos. La educación en los símbolos nacionales o el conocimiento de la propia historia, por ejemplo, incrementan la conciencia de ser de los argentinos haciéndolos partícipes de la común herencia y esto sirve para fomentar la necesaria lealtad que se precisa para la convivencia colectiva. Pero esto no basta. Hay que pensar cómo puede incrementarse el sentido de pertenencia a una misma comunidad, aún en la pluralidad de identidades coparticipantes.

Por otra parte, los formuladores de políticas públicas deberán aceptar que las agendas con problemáticas transfronterizas también llegaron para quedarse. Estas agendas están construidas sobre problemáticas que siempre existieron, pero que hoy adquieren forma en movimientos que desbordan y exceden las fronteras nacionales por las dinámicas relacionales que mencionamos al principio. Esto reviste particular importancia ya que las redes que se tejen para abordar temas como la ecología, los derechos humanos, la exclusión social o el rol de las mujeres, por ejemplo, pueden ser caldo de cultivo para el desafío a la propia autoridad de los Estados, ya sea por las propias dinámicas de reclamos sin solución, como por la acción de otros Estados que las utilizan para sus propios objetivos. El desafío de estos agentes puede llegar incluso con respecto al mismo monopolio de la decisión, que es el principio que fundamenta la soberanía. Por citar un ejemplo concreto, ¿quién decidirá qué hacer en la Amazonia con respecto a la gestión de sus vastos recursos? ¿Los Estados que comparten su territorio o las redes de organizaciones ecológicas que operan atravesando sus fronteras? En este punto adquiere relevancia la siempre postergada integración regional, contemplada en términos geopolíticos y no meramente retóricos.

Una cuestión impostergable con respecto a la eficacia de los poderes públicos pasa por la descentralización, a nivel territorial, tanto en la gestión de recursos locales como en el proceso de toma de decisiones. Se deberán repensar nuevos métodos de información y gestión re-localizados donde crezcan de modo sustancial los métodos participativos en espacios inmediatos de convivencia social. Esto permitirá que ciudadanos concretos en espacios concretos aborden problemáticas inmediatas evitando la habitual y creciente burocracia propia del gigantismo que adoptan las naciones. Si esta adaptación resulta inadecuada, puede correrse el riesgo de un crecimiento en el poder de las redes transnacionales con el consiguiente desprestigio de los poderes públicos. Incluso la misma técnica de la que hemos hablado podría agilizar esta dinámica.

El Estado es la expresión formalizada del poder que tiene una comunidad, con todo lo que esto implica. Pero también es sirviente de la nación, ya que el objeto de la política es promover el bien común y no el beneficio de los partidos o el crecimiento de las agencias públicas. Los recursos técnicos, si se hallan centralizados en gobernantes inescrupulosos, pueden ser utilizados para el control social y este es un peligro real que se cierne sobre nuestros pueblos, habida cuenta de los modernos sistemas de vigilancia. En definitiva, búsqueda de cohesión social, descentralización y replanteo de nuevas organizaciones a partir de lo territorial son los desafíos que se deberán asumir en el corto plazo y con mirada estratégica. Se trata, nada más ni nada menos, de volver a la noción de una comunidad organizada.

*Andrés Berazategui, miembro de Nomos, es Licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad Argentina John F. Kennedy, y maestrando en Estrategia y Geopolítica en la Escuela Superior de Guerra del Ejército (ESGE).


Notas


1 Contracción de fan kingdom, reino de los fans. Es la comunidad de seguidores de algún artista, banda musical o pasatiempo.

2 Algo así como “según sea la religión del rey, así será la de sus dominios”.

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