La pandemia, la interpelación al paradigma tecnocientífico-económico y la Comunidad Organizada

Por Juan Bautista González Saborido1

Introducción

No es ninguna novedad que la pandemia originada por el coronavirus ha interpelado y puesto en cuestión el actual paradigma tecno-económico y su modelo de producción y consumo. Una cuestión que nos parece muy relevante es el contexto en el cual se desarrolla la pandemia. Un contexto de cambio de época que indudablemente provoca un desafío sanitario, económico, social, ético, político y cultural. Casi diríamos que no hay nada de lo humano que no enfrente algún reto o desafío en la actualidad.

Resuena muy actual la reflexión de Theodor Adorno y Max Horkheimer referida al sentido de la ciencia y la técnica moderna: «Lo que los hombres quieren aprender de la naturaleza es servirse de ella para dominarla por completo, a ella y a los hombres. […] Lo que importa no es aquella satisfacción que los hombres llaman verdad, sino la operación, el procedimiento eficaz. […] En el camino hacia la ciencia moderna los hombres renuncian al sentido. Sustituyen el concepto por la fórmula, la causa por la regla y la probabilidad»2.

El mismo Perón, con notable lucidez, ya había advertido claramente estos problemas el 21 de febrero de 1972 en su Mensaje a los Pueblos y Gobiernos del Mundo, donde señaló: “El ser humano ya no puede ser concebido independientemente del medio ambiente que él mismo ha creado. Ya es una poderosa fuerza biológica y, si continúa destruyendo los recursos vitales que le brinda la Tierra, sólo puede esperar verdaderas catástrofes sociales para las próximas décadas”3.

Más de cuatro décadas después de esta advertencia, en medio de la llamada cuarta revolución industrial, la pandemia ha puesto de manifiesto la debilidad del capitalismo global y sus organizaciones internacionales (ONU, OMS, etc.) y regionales (Unión Europea, Mercosur, etc.), que fueron incapaces de articular una respuesta adecuada y coordinada frente a la amenaza sanitaria. Fue penoso advertir la incapacidad de los países centrales para producir suficientes mascarillas, equipos de protección para el personal sanitario o alcohol en gel para prevenir los efectos del virus. En Europa, en plena crisis, el personal sanitario que trabajaba en primera línea sentía que lo habían enviado a la guerra sin armas ni municiones. El mismo sentimiento existe entre agentes del sector de salud en EEUU4.

Ahora bien, en este contexto de enorme complejidad hay una serie de desafíos que son estructurales y que deben ser abordados en forma urgente. Uno de ellos es el del paradigma tecno económico al que se han subordinado el hombre y la naturaleza, al punto de generar una crisis socio ambiental sin precedentes que pone en riesgo la supervivencia del planeta. Es un desafío que requiere más que respuestas técnicas, jurídicas y políticas. Hay una necesidad de respuestas existenciales más amplias, tanto individuales como colectivas. Por eso, nos parece oportuno volver la mirada hacia la comunidad organizada y buscar en esta extraordinaria concepción elaborada por Juan Domingo Perón algunas de las respuestas para encarar el futuro próximo.

La comunidad organizada como fundamento del modelo social, político, jurídico y cultural

Dentro del ideario político del peronismo y de la filosofía justicialista, la concepción de “Comunidad Organizada” es la principal, porque sobre esta concepción se construye el  modelo social, político y cultural al que aspira el peronismo como movimiento político. El fundamento de esta concepción se asienta sobre la dignidad eminente que tiene la persona humana como miembro de ese “nosotros” o ente colectivo, que es la comunidad organizada. El mismo Perón en el discurso de apertura del Congreso Internacional de Filosofía de 1949 en Mendoza dijo: Aristóteles nos dice: El hombre es un ser ordenado para la convivencia social; el bien supremo no se realiza, por consiguiente, en la vida individual humana, sino en el organismo superindividual del Estado; la ética culmina en la política”5.

La concepción tanto de la persona humana, como de su dignidad, son tomados por Juan Domingo Perón, de la tradición jurídica y política grecolatina sintetizada en el ideal romano de la humanitas. La humanitas, para la concepción romana, “…significa, por una parte, el sentido de la dignidad de la personalidad propia, peculiarísima y que se debe cultivar y desarrollar hasta el máximo. Por otra, significa el reconocimiento de la personalidad de los demás y de su derecho a cultivarla, y este reconocimiento implica transigencia, dominio de sí, simpatía y consideración”6.

Esta elevada concepción de la jerarquía de la persona humana heredada de griegos y romanos, a su vez fue enriquecida por el aporte del cristianismo. La importancia que para el cristianismo reviste la persona humana, últimamente,  fue plasmada en la enseñanza social de la Iglesia: “El principio fundamental de esta concepción consiste en que cada uno de los seres humanos es y debe ser el fundamento, el fin y el sujeto de todas las instituciones en las que se expresa y actúa la vida social: cada uno de los seres humanos visto en lo que es y en lo que debe ser según su naturaleza intrínsecamente social y en el plan providencial de su elevación al orden sobre natural”7.

La construcción de la comunidad organizada implica el restablecimiento del sentido de la vida en común (el paso del yo al nosotros) y de las verdades últimas de un hombre vertical en un mundo en el que dominan el desarrollo científico-tecnológico, el individualismo y el consumismo exacerbado, aunque este último, paradójicamente, sólo para unos pocos. El mismo Perón dice: “Lo que nuestra filosofía intenta restablecer al emplear el término armonía es, cabalmente, el sentido de plenitud de la existencia. Al principio hegeliano de realización del yo en el nosotros, apuntamos la necesidad de que ese “nosotros” se realice y perfecciones por el yo8 .

Una cuestión importante a destacar, frente a cualquier idea posnacional o cosmopolita, es que esta comunidad organizada a la que aspiramos, está situada en un tiempo y en un espacio determinado. Al agregarse estas dos dimensiones, la comunidad organizada se transforma en la patria concebida como morada, como hogar, como devenir y destino colectivo. La persona como miembro de una comunidad queda ligada a un paisaje, a un grupo humano, a un lenguaje y a una cultura histórica. Este es un aspecto sustancial de la comunidad organizada. La geografía que habita esta comunidad organizada, se transforma en geocultura –como para Kusch– espacio cargado de significación. Ámbito en donde se opera la relación con los otros y donde se juega el destino colectivo y que es para quienes lo habitan “el rincón más risueño de la tierra”, pues allí se sitúan las vivencias más íntimas y significativas del ser humano9.

Por último, la vivencia que se opera dentro de la comunidad de poseer un origen en común, una historia y un destino colectivo, brota de la coordenada temporal. De allí surge la noción de pueblo como conjunto fraternal, no gregario, construido sobre la noción cristiana de persona. El pueblo es el sujeto histórico y colectivo que realiza el destino común. Parafraseando a Marechal, la construcción de una comunidad organizada es “transformar una masa numeral, en un pueblo esencial”10.

Los cambios tecnológicos y los desafíos que ponen en crisis la dignidad de la persona como fundamento de los derechos humanos

Tal como señalamos, la dignidad humana es uno de los fundamentos de la comunidad organizada. Sin embargo, desde hace tiempo, los cambios tecnológicos acelerados están poniendo en jaque la relevancia de la misma, y vaciando de contenido el concepto de persona proyectándose a las diversas formas de organización social.

El primer ámbito donde se dan los grandes cambios es en el de las tecnologías de la información y la comunicación que generan una interconexión efectiva y global de carácter económico, cultural, turístico, científico, técnico y comunicativo. A este proceso se lo denomina globalización y abarca los procesos económicos, mediáticos, técnicos, y culturales que se desprenden de dicha globalidad.

Cabe señalar, por un lado, que estos procesos se realizan a veces de forma espontánea, pero también de modo premeditado y planificado y que tienen un ritmo particular: por momentos se acelera y por momento se desacelera, como sucede actualmente. Es decir que no es un proceso rectilíneo, ya que operan en forma simultánea dinámicas de globalización y de desglobalización. Las transformaciones económicas, sociales y tecnológicas que generan estos procesos, requieren de una continua adaptación política e institucional para responder a las nuevas necesidades y para aprovechar las oportunidades que se abren en un sistema mundial. Por ello, los cambios y la necesidad de adaptación del derecho a los mismos constituyen inequívocamente un factor de incertidumbre y de crisis en los ordenamientos jurídicos, especialmente cuando se implementan leyes bajo la presión de los grandes grupos económicos, sin respetar la idiosincrasia y cultura de los pueblos.

Asimismo, últimamente, con el desarrollo de la inteligencia artificial y el análisis de los macro datos, se ha posibilitado que Estados y empresas controlen y manipulen como nunca antes la información y vigilen la vida de los ciudadanos, fragmentándose cada vez más el tejido social, provocando que derechos básicos como la privacidad, la intimidad, el honor y la libertad de opinión y de expresión queden en entredicho.

Por último, el avance de la tecnología de la información ha generado una interacción creciente con el hombre, produciendo que la frontera entre hombre y máquina se haya tornado mucho más borrosa y difusa, con la lógica afectación de la concepción que tenemos sobre la persona humana y su dignidad. Como ha señalado el sociólogo Manuel Castells:

La integración creciente entre mentes y máquinas, está borrando lo que se denomina “la cuarta discontinuidad” (la existente entre humanos y máquinas), alterando de forma fundamental el modo en que nacemos, vivimos, aprendemos, trabajamos, producimos, consumimos, soñamos, luchamos o morimos11.

El segundo de los ámbitos donde se dan grandes cambios, es en el de la biotecnología o tecnologías de la vida. En este campo, desde la década de 1990, la capacidad educativa e investigadora se ha incrementado exponencialmente y ha acelerado la revolución biotecnológica. Esto significa que se ha incrementado el poder del hombre sobre la vida en el planeta a un nivel en que se ha tornado terriblemente imprecisa la frontera entre naturaleza y tecnología. A tal punto es así, que actualmente el poder tecnológico tiene la posibilidad de manipular incluso la vida humana. Este avance tecnológico reviste una importancia singular, porque significa que el hombre podría borrar los límites de su propia condición humana12.

Una consecuencia de todo esto es que, conforme aumenta la capacidad tecnológica, aumenta simultáneamente el imperativo tecnológico. Esto es: que todo avance, por el solo hecho de ser posible en el campo de los hechos, se vuelve inmediatamente deseable en el campo axiológico13. Así pues, este imperativo tecnológico nos pone frente a una paradoja sorprendente: el hombre es a la vez un creador omnipotente que descubrió cómo dominar el misterio de la vida y como producirla, pero simultáneamente pierde su eco de eternidad y se convierte en un puro objeto técnico. Se trata de un cruce de límites en la concepción occidental del ser humano que necesariamente se traslada al campo jurídico y que devalúa la noción de persona14.

Por otra parte, la aparición de estas nuevas tecnologías y el desarrollo de la inteligencia artificial por la vía de la apropiación del conocimiento y la generación de los sistemas concentrados, ha generado la acumulación de recursos en los países altamente desarrollados en detrimento de los países periféricos o semiperiféricos como el nuestro. Al mismo tiempo, estas tecnologías ponen en riesgo el empleo porque tienen la capacidad de sustituir el trabajo del hombre. Todo este paradigma se desarrolla, además, en el contexto de un discurso hegemónico, fomentado por el avance de las ciencias y las técnicas, que le niega a la persona toda dimensión trascendente, y clausura todo anhelo de absoluto y de eternidad.

De lo expuesto concluimos que los desafíos que tenemos por delante son realmente complejos. El mismo Perón señalaba que el ser humano, cegado por el espejismo de la tecnología, ha olvidado las verdades que están en la base de su existencia. Y así, mientras consigue logros extraordinarios y conocimientos fabulosos en dicho campo, al mismo tiempo mata el oxígeno que respira, el agua que bebe y el suelo que le da de comer, así como eleva constantemente la temperatura del medio en que vive, sin medir sus consecuencias biológicas15.

Conclusión: ¿Qué aportes nos hace la Comunidad Organizada frente a estos desafíos?

Frente al panorama descripto, que en gran medida se ha acelerado con la epidemia provocada por el Covid-19, también existe una oportunidad para la recuperación de la centralidad del ser humano y de su dignidad. Tenemos la oportunidad de recuperar la importancia del sujeto, de la singularidad de cada vida humana concreta, de las relaciones humanas, de los vínculos y de la vida en comunidad como factor sustancial en la construcción político cultural del pueblo.

Recuperar hoy al ser humano concreto no es un simple juicio de valor, es la exigencia de recuperar un realismo perdido. Esta recuperación parte de un juicio de la razón práctica, de una afirmación sobre la realidad en la cual vivimos. Cada persona humana es única e irrepetible, no es un cálculo, no es una cifra y no es descartable.

En ese orden de ideas, la comunidad organizada conserva todo su valor y vigencia, pues es más necesario que nunca rescatar la importancia del cuidado de cada vida, de la naturaleza como fuente de vida, de la dignidad de la persona humana y de la interdependencia que nos vincula a todas las personas. El imperativo de la hora es fortalecer vínculos humanos para construir comunidad.

Dentro de la comunidad organizada, la tecnología podrá ser un aliado de progreso, pero solamente si se la incorpora en un marco ético y jurídico que jerarquice la dignidad humana como principio rector. La tecnología no es algo que «sobrevenga» sin más. Estamos frente a la posibilidad de reflexionar y de diseñar cómo se desarrollará la tecnología y para qué modelo social la vamos a aplicar. Por eso es importante no centrarse solo en lo que puede hacer las tecnologías, sino más bien en lo que pueden hacer las personas (creatividad, empatía, colaboración), lo que queremos que sigan haciendo, y buscar formas en que las personas puedan seguir dignificándose a través del trabajo.

Finalmente, hay una cuestión de fondo que debemos abordar: la posibilidad de construir una racionalidad que trascienda a la racionalidad instrumental. Una racionalidad que esté basada en las necesidades de las personas y no exclusivamente en el afán de lucro. En definitiva, lo que necesitamos es humanizar la tecnología para poner a la persona en el centro de todos los avances tecnológicos.


Notas


1 Abogado, Docente universitario e investigador.
2 Max Horkheimer- Theodor W. Adorno. Dialéctica de la Ilustración. Madrid, Trotta, 1998, pág. 60.
3 Juan Domingo Perón “Mensaje Ambiental a los Pueblos y Gobierno del Mundo” Madrid, 21 de febrero de 1972, consulta en línea en http://www.labaldrich.com.ar/wp-content/uploads/2013/03/Mensaje-Ambiental-de-Juan-Domingo-Per%C3%B3n-a-los-Pueblos-y-Gobiernos-del-Mundo-%E2%80%93-Madrid-1972.pdf
4 Ver lo publicado en línea en https://www.nytimes.com/2020/03/19/health/coronavirus-masks-shortage.html
5 Juan Domingo Perón, La Comunidad Organizada, Secretaría Política de la Presidencia de la Nación, Buenos Aires, 1974, Editorial Códex, pág. 25.
6 R. H. Barrow, Los Romanos, Fondo de Cultura Económica, México, 2008, pág. 15.
7 Juan XXIII, Mater et Magistra, n° 219.
8 Juan Domingo Perón, La Comunidad Organizada, Secretaría Política de la Presidencia de la Nación, Buenos Aires, 1974, Editorial Códex, pág. 75
9 Graciela Maturo, Marechal, el camino de la belleza, Editorial Biblos, Buenos Aires, 1999, pág. 268.
10 Andrés, Alfredo, Palabras con Marechal, Editorial Ceyne SRL, Buenos Aires, 1990, pág. 49.
11 Castells, Manuel “La era de la información. Economía, sociedad y cultura” Vol. I, I, La sociedad red, editorial Siglo Veintiuno S.A., México, 3ra. Edición en español, 2001, pág. 59.
12 Castells, Manuel “La era de la información. Economía, sociedad y cultural” Vol. I, I, La sociedad red, editorial Siglo Veintiuno S.A., México, 3ra. Edición en español, 2001, pág. 74 -77.
13 Szlajen, Fernando “El humano exacerbado, consecuencias del equilibrio perdido” consulta en línea en https://www.fernandoszlajen.com.ar/assets/frontend/images/pdf/5be418d804dc1.pdf el 10 de agosto de 2019.
14 Supiot, Alain, Homo juridicus. Ensayo sobre la función antropológica del derecho, Siglo Veintiuno Editores S.A., 2da. Edición argentina revisada, 2012, pág. 41.
15 Juan Domingo Perón, Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, Ediciones Realidad Política, Buenos Aires, pág. 62.

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