Peronismo, Feminismos y globalismo

Por Juan Bautista González Saborido

I – Introducción

Perón advertía, hace más de 40 años atrás, que asistíamos a un desolador proceso: la disolución progresiva de los lazos espirituales entre los hombres. Agregaba que este catastrófico fenómeno debía su propulsión a la ideología egoísta e individualista, según la cual toda realización es posible sólo como desarrollo interno de una personalidad clausurada y enfrentada con otras en la lucha por el poder y el placer. Y concluía que este pensamiento solo había logrado aislar al hombre del hombre, a la familia de la Nación, a la Nación del mundo, poniendo a unos contra otros en una competencia ambiciosa y en una guerra absurda1.

Pues bien, este proceso de disolución progresiva señalado por Juan D. Perón, ha sido impulsado por un sistema económico global dominado por el afán de lucro, que actúa como una suerte de “hybris” y que genera, a su vez, un modelo de producción y consumo que en términos geobiofísicos y sociales es insostenible en el tiempo. Desde hace aproximadamente 30 años la reorganización global de la economía capitalista se sustenta sobre el debilitamiento del Estado Nación y sobre el fomento y la promoción de las divisiones identitarias hacia adentro de los pueblos. Dichas divisiones generan hibridación cultural,  segmentación y fragmentación del tejido social, pero sobre todo generan un debilitamiento de la identidad cultural y de la cohesión social de las naciones.

Frente a esta realidad, el modelo social, político y económico que busca edificar el peronismo es el de la Comunidad Organizada, un modelo que busca tomar lo mejor del mundo del espíritu, del mundo de las ideas y del mundo de los sentidos, y agregarle a ello todo lo que es autóctono y original de nuestro pueblo para desarrollar un profundo nacionalismo cultural, abierto a la comunicación con todas las culturas del mundo, pero donde quede perfectamente plasmado que “Argentina es el hogar”. Esa es la forma de preservar nuestra identidad frente a un mundo globalizado y con una ideología cosmopolita y posnacional, que la debilita2.

II – El modelo “civilizatorio” de la globalización

A este modelo social, político y económico plasmado en la comunidad organizada, que proviene de las entrañas profundas de la patria, se le opone un modelo de organización social y política, de matriz individualista al que denominamos neoliberalismo. El neoliberalismo es debatido y confrontado como una teoría económica, pero en realidad es el discurso hegemónico de un modelo civilizatorio originado en los países anglosajones que se ha extendido por todo el orbe de la tierra.

La sociedad neoliberal –con sus variantes progresistas o conservadoras– promocionada por los organismos internacionales –financieros y no financieros- como el FMI y la ONU y los grandes medios de comunicación,  se constituye así no sólo en un orden social y político deseable, sino en “el único posible”. Para esta concepción nos encontramos hoy en un punto de llegada, con un modelo civilizatorio único, globalizado, universal, que hace innecesaria la política en la medida en que ya no habría alternativas posibles a ese modo de vida3.

Este discurso neoliberal restringe la grandeza de la persona humana a su capacidad de generar ingresos monetarios y de consumo, generando la ruptura de su identidad cultural y el avance del mercado sobre la vida en general. Los valores que elogia están relacionados con las mutaciones del sistema capitalista, son los propios de la expansión de la sociedad de consumo y tienden a producir individuos consumidores en donde todas las realidades humanas son analizadas desde la óptica de lo que se compra y lo que se vende. Todo se transforma en mercancía, incluso las personas.

En ese orden, la sociedad de consumo neoliberal promueve, en forma explícita o implícita, una erosión de las naciones entendidas como comunidades políticas fundadas en fuertes vínculos familiares, sostenidas en tradiciones comunes y fortalecidas en una fe compartida. La «sociedad abierta» que preconiza como paradigma socio cultural, es una sociedad desarraigada y multicultural, en la que todo lazo social y toda aspiración al bien común son disueltos mediante la promoción de ideologías que debilitan la institución familiar y los vínculos sociales.

Este proceso de avance de la sociedad de consumo también genera una peligrosa mercantilización de la vida. La mercantilización de la vida significa, ante todo, un conjunto de conductas, de ideologías, estrategias económicas, opciones sociales y políticas por las cuales la vida (la del otro pero, en el fondo, la propia) pierde su estatuto de santuario que abriga el misterio del ser para convertirse en un objeto mercantilizado por el deseo y el frenesí de poseer4.

Por ello, no concebimos nada que se oponga de manera tan frontal a la construcción de la comunidad organizada como este modelo social individualista, que endiosa la subjetividad, al mercado y al dinero, promotor de la cultura del descarte y de la muerte,  generador de exclusiones y de desigualdades inaceptables. El endiosamiento del individuo, del deseo y de la riqueza que promueve el discurso neoliberal ha llegado hasta tal punto que hoy peligra el destino del planeta y la supervivencia de la humanidad.

Inversamente a lo que promueven estas ideologías, desde la raíz cultural de nuestro pueblo, lo que está en el centro es el valor de lo comunitario por encima de lo individual, y esta percepción es defendida y sostenida por una vital densidad simbólica de creencias y prácticas espirituales, donde el cristianismo ocupa un lugar importante, que forja estilos de vida en donde lo central no es la compulsión a tener y a consumir, sino que tienen como meta la vida digna de todos y la fiesta como expresión de la celebración de la vida.

En este contexto de auge mercantilista cabe preguntarnos: ¿qué es lo que el mercado global le enseña al individuo? El mercado es una manera de entender la relación entre el otro y yo, y en particular una manera de concebir nuestros intereses. El mercado (como criterio de distribución) nos presenta nuestros intereses como si estuvieran en conflicto, nos obliga a mirar al otro como una fuente de recursos y como una amenaza. Con miedo y codicia, en otras palabras.

Por el contrario, si observamos las relaciones familiares funcionales, estas se caracterizan por ser lo opuesto del mercado: entre los miembros de una familia no hay conflictos de interés, al menos en el sentido profundo en que sí los hay en el mercado. El interés de uno no está en oposición al interés de su hermano, sino que lo incluye: uno no puede ser feliz si su hermano sufre, porque la felicidad de uno es (en parte) la felicidad de su hermano. La realización de uno incluye la realización del otro. Porque mantiene viva la posibilidad al menos de una relación de este tipo, la familia es, efectivamente, una institución social fundamental5.

De esta forma, en las relaciones familiares, en las comunidades locales, en las fuerzas vivas de la sociedad civil y en las organizaciones libres del pueblo tiende a surgir un estilo de vida diferente al del neoliberalismo hegemónico, en donde se promueve que no vivamos para trabajar/producir/consumir, sino que trabajemos para convivir y para construir un proyecto de vida en común que integre a todos.

En efecto, la idiosincrasia de nuestro pueblo le otorga una enorme importancia a la realidad familiar, y desde allí suele colocar en el centro de la vida las relaciones humanas y con la naturaleza; no orienta su existencia por las pautas de cálculo costo-beneficio, productividad, competitividad, capacidad de acumulación y consecuente concentración de la riqueza; nuestras familias y comunidades locales, en su mayoría, producen así estilos de vida disfuncionales con el mercado global y la mercantilización de la vida que este genera6. Por eso, es que el discurso neoliberal –en cualquiera de sus variantes– busca permanentemente debilitar a todos los agentes sociales y colectivos que provoquen un condicionamiento al individualismo, principalmente la familia, los clubes y organizaciones barriales, las asociaciones de profesionales y de trabajadores, etc.

III – El Feminismo hegemónico se inscribe dentro del proyecto cultural y político del globalismo neoliberal

En este marco, desde diversas usinas se promocionan corrientes de pensamiento que funcionan como patrones de dominio cultural. Dentro de estos patrones de dominio cultural incluimos diversas formas de una teoría, genéricamente llamada de género (gender), que actualmente tiene un rol hegemónico entre las diversas corrientes feministas y que se basa en la idea de que la identidad sexual se deriva de una pura construcción sociocultural, por ende, relativiza la diferencia y la reciprocidad natural de hombre y de mujer. Esta teoría presenta una sociedad donde las diferencias de sexo en términos biológicos son irrelevantes, desdibujando la identidad de la mujer y vaciando de fundamento antropológico a la familia.

Ahora bien, esta teoría, que nutre a una corriente del feminismo que es actualmente hegemónica, moldea algunos proyectos educativos y directrices legislativas que promueven una identidad personal y una intimidad afectiva desvinculadas de la diversidad biológica entre hombre y mujer y que se forma sobre la base del propio deseo y la autopercepción, en una versión extrema del individualismo sobre el propio cuerpo, debilitando los vínculos familiares y consecuentemente con el resto de la sociedad civil.

Según esta teoría dominante, la identidad humana viene determinada por una opción subjetiva, que también puede cambiar con el tiempo. Ahora bien, lo que llama la atención es que teorías de este tipo, que pretenden responder a ciertas aspiraciones a veces comprensibles, procuren imponerse como un pensamiento único que determine incluso la educación de los niños7.

No hay que ignorar que el sexo biológico (sex) y el papel sociocultural del sexo (gender), se pueden distinguir pero no separar. En relación a esto, también debemos considerar que la revolución biotecnológica en el campo de la procreación humana ha introducido la posibilidad de manipular el acto generativo, independizándolo de la relación sexual entre hombre y mujer. De este modo, la vida humana, así como la paternidad y la maternidad, se convierten en realidades flexibles que se componen y se descomponen, sujetas principalmente a los deseos de los individuos o de las parejas. Esta realidad provoca que el sexo se transforme en un mero objeto de consumo, desvirtuando su dimensión humana profunda, y que las personas sean utilizadas como un instrumento para la consecución del goce y del placer. Asimismo, hasta la búsqueda de un hijo se puede transformar en una mercancía a la carta8.

Por lo tanto, una cosa es comprender las particularidades de la vida, y luchar contra las injusticias e inequidades que sufren muchas mujeres. Pero otra cosa es aceptar teorías foráneas que pretenden divorciar los aspectos operantes de la realidad. El voluntarismo omnipotente que niega la realidad, a la corta o a la larga termina perjudicando al mismo hombre y dañando su dignidad. La realidad nos precede y debe ser aceptada tal como se nos presenta. Al mismo tiempo, somos llamados a custodiar nuestra humanidad, y eso significa ante todo aceptarla y respetarla tal como ha sido creada. Si de lo que se trata es de defender los derechos de las mujeres, es menester defenderlas como tales valorizando sus potencialidades, e integrándolas codo a codo con los hombres en la formación de un proyecto común. Tal es un auténtico punto de partida para la construcción de la comunidad organizada.

IV – Conclusión

Frente a la difusión de teorías o consignas que funcionan como patrones de dominio cultural, es bueno recordar que el justicialismo es el resultado de un conjunto de ideas y valores que se deducen y se obtienen del ser de nuestro pueblo. Esas ideas y valores se realizan efectivamente en la comunidad organizada sobre dos principios fundamentales: la unidad, que genera la fuerza de un pueblo, y la solidaridad, que es lo que le da la cohesión. A su vez, la comunidad organizada comprende a la nación como una unidad abierta generosamente con espíritu universalista, pero consciente de su propia identidad.

Por otra parte, el justicialismo siempre asume las luchas por la justicia social, la equidad y la igualdad de derechos de los hombres y las mujeres. Pero lo hará siempre desde nuestra particular idiosincrasia, sin necesidad de importar acríticamente teorías foráneas de matriz liberal que debilitan a la misma mujer en su dignidad, a la institución familiar y consecuentemente a todo el tejido social. Ideologías que bajo una falsa bandera revolucionaria son en realidad funcionales al discurso hegemónico liberal o neoliberal.

La sociedad necesita de la familia por su fecundidad y por la reproducción de la sociabilidad. Eso por cuanto la familia actúa como agente de socialización, de transmisión de valores culturales, de contención afectiva, de equidad generacional y de regulación social. Por eso es que es la base de la sociedad y de la comunidad organizada.

Finalmente, el fomento de estas teorías que tienen una fuerte impronta antinatalista, debilita uno de los factores de poder más importantes para nuestro país como es el factor demográfico. Este factor constituye una cuestión estratégica de primer orden, pues está directamente vinculada con el desarrollo de una política poblacional y de arraigo territorial tan urgente como necesaria, debido a la extensión geográfica de nuestra región, a su insuficiente población y a su mala distribución. Desde esta perspectiva, la familia también ocupa un lugar fundamental.

Por todas estas razones, sostenemos que la teoría de género que domina en los medios y entre ciertos sectores del feminismo, está fundada en una matriz individualista, centrada exclusivamente en el derecho subjetivo y en los deseos del individuo, debilitando así los vínculos comunitarios, nuestra identidad y en definitiva, nuestro proyecto de vida en común.


Notas


1 Juan Domingo Perón, Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, Ediciones Realidad Política, Buenos Aires, pág. 78.

2 Juan Domingo Perón, ídem anterior, pág. 15.

3 Lander, Edgardo “Ciencias Sociales, saberes coloniales y eurocéntricos” en La Colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas Latinoamericanas. Edgardo Lander  (comp.), CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Buenos Aires, Argentina, Julio de 2000, págs. 15 y 16.

4 Mons. Piero Coda “La mercantilización de la persona” consulta en línea el 5 de septiembre de 2018 en CCIC Centro Católico Internacional de Cooperación con la UNESCO, París, Francia.

5 Atria, Fernando “Derechos Sociales, Socialismo y Contrato Social” pág. 31/32 consulta en línea el 20 de septiembre de 2018 en https://law.yale.edu/system/files/documents/pdf/SELA14_Atria_CV_Sp.pdf

6 Segato, Rita Laura “La perspectiva de la colonialidad del poder”, en Aníbal Quijano: Textos de Fundación. Palermo, Zulma y Quintero, Pablo (compiladores), 1ra. Edición, Buenos Aires, Del Signo, 2014, pág.25.

7 Papa Francisco, Amoris Laetitia, Exhortación Apostólica Postsinodal, 1ra. Edición, Conferencia Episcopal Argentina, pág. 48 y siguientes.

8 Ídem anterior, pág. 66 y siguientes.

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