LA IMPLACABLE GEOPOLÍTICA

Por Alberto Hutschenreuter*

Si hay una realidad categórica en las relaciones internacionales actuales, esa realidad es la intrínseca relación entre el interés político volcado sobre territorios, con fines asociados (corrientemente) con la obtención de ganancias para el poder nacional. 

En esa frase se pueden apreciar varios conceptos que, desde los enfoques que consideran que el mundo que viene estará signado por la globalización, la “e-globalización”, la “globótica”, la conectividad y la “inteligencia no humana”, parecieran pertenecer a un mundo que fue. 

Sin embargo, desde que “se fue la geopolítica”, a principios de los noventa tras la muerte de la URSS y la confrontación bipolar, nada ha dejado de ser geopolítica, ni siquiera la casi totalizadora globalización que sucedió al régimen de guerra fría; pues la misma, de fuerte contenido comercio-económico y prácticamente sin lugar para otras alternativas, supuso, parafraseando a Clausewitz, “la continuación de la geopolítica por otros medios”: en efecto, bajo la promesa que siguiendo el “libreto” de la globalización el crecimiento y el desarrollo eran rápidamente alcanzables, muchos países adherentes abrieron sus territorios y desmontaron regulaciones estatales ante las bondades de la globalización que, como todo proceso internacional, nunca fue neutra. 

En los lustros siguientes todo siguió siendo geopolítica: el ataque perpetrado el 11-S en el territorio más protegido del planeta obedeció a un cambió en la naturaleza geopolítica del terrorismo transnacional durante los noventa; la ampliación de la OTAN fue una decisión en neta clave político-territorial; la ofensiva rusa en Georgia implicó la defensa-ofensiva de zonas geopolíticas rojas de Rusia; los enfoques de las potencias en relación con el espacio exterior dejaron en claro que era relativo que dicho espacio fuera un bien de “la humanidad”, la proyección de fuerzas a distancia para combatir al terrorismo, por caso, a Afganistán, etc., todo implicó pulsos geopolíticos. 

No obstante esta secuencia de hechos de cuño políticos-territoriales, no fue hasta que un país sufriera una mutilación de una parte de su superficie para que se considerara que la geopolítica “había regresado”. 

Efectivamente, fue desde la anexión o reincorporación de Crimea al territorio nacional de la Federación Rusa cuando la geopolítica logró “recuperar” su centralización como concepto, esto es, volver a ser la disciplina que enfocaba el territorio desde los intereses políticos y el poder nacional de los Estados, y no ser una disciplina “a la carta”, es decir, un vocablo “desnaturalizado”, crítico y utilizado para describir todo o casi todo lo que sucedía en todas las cuestiones del mundo, desde el medio ambiente hasta las finanzas, pasando por el populismo, el comercio, las ideologías, los discursos, etc.

Fue, en todo caso, un acto de reparación conceptual, puesto que en la práctica la geopolítica nunca se había marchado. Como sucede con otras realidades, por caso, la guerra, no depende tanto de la voluntad del hombre que la geopolítica “se vaya y no regrese”: depende de determinados hábitos político-territoriales por parte de ciertos Estados, y de los intereses en liza.

En 2020 la pandemia arrinconó a los Estados, pero los acontecimientos de orden geopolítico continuaron y fueron contundentes, por citar algunos de ellos, la ampliación de la OTAN en la región de los Balcanes, la actividad de Rusia en el Ártico, el “reacomodamiento” del terrorismo en África, etc. Y en 2021 la actividad con base en la geopolítica prácticamente no supo de treguas.

Solo a manera de ejemplos actuales de escala, consideremos muy brevemente cinco acontecimientos, algunos de los cuales podrían ser, como sucedió en el siglo XX, “un siglo de geopolítica total” (parafraseando esta vez a Raymond Aron), “compuertas geopolíticas”, es decir, hechos netamente político-territoriales que preceden y son impulsores de acontecimientos trascendentales.

Para comenzar, los acontecimientos que han tenido lugar en Afganistán han recentrado a este país del Asia central entre las principales cuestiones internacionales. Más allá del retiro de Estados Unidos, el dato geopolítico es la característica de “pivote geopolítico” que asume este actor ubicado en una dinámica región de la gran masa terrestre eurasiática.

En el contexto regional, e incluso más allá, el papel de pivote implica posibilidades de desórdenes o inestabilidad en derredor, donde existen actores cuya principal característica es la construcción y proyección de poder, por caso, China, Turquía, Irán, Pakistán, etc. Por tanto, el lugar común en materia de intereses volcados sobre el territorio es evitar que la anarquía interna se traslade (en forma deliberada o no) al exterior.

Frente a este escenario, hay países llamados a desempeñar un papel clave en la evolución de Afganistán, principalmente, China, Pakistán, Irán y Rusia. Pocas situaciones en el mundo implican la concurrencia de intereses de actores tan relevantes, dato que hace de Afganistán un vórtice geopolítico global.

En segundo lugar, la condición de placa geopolítica selectiva mundial de Europa del este cada vez más parece inclinarse hacia el extremo de una discordia mayor. Ucrania también es un “pivote geopolítico”, pero, a diferencia de Afganistán, lo es por su condición de no reverenciar la geopolítica, es decir, Ucrania insiste en desafiar a Rusia incrementado la aprensión geopolítica de este actor preeminente en la región; hecho que implica que los actores ubicados en sus adyacencias (principalmente, Bielorrusia, Ucrania y Georgia) siempre consideren las consecuencias que tendrán para la seguridad nacional de Rusia sus decisiones en materia de defensa y política exterior. 

Por otro lado, China podría estar dando lugar a la emergencia de una nueva configuración geopolítica en la masa terrestre euroasiática. Según el interesante texto de 2017 del especialista Geoffrey Sloam, la proyección geoeconómica de China a través del continente euroasiático se dispone a ir más allá del “Rimland” y el “Heartland”, las dos concepciones geopolíticas predominantes del siglo XX. Algo así como una “Centerland” que, de completarse en los próximos lustros, podría hasta implicar una nueva configuración entre Estados en la que Estados Unidos no sería, por vez primera en casi 80 años, el proveedor primario de los bienes públicos internacionales.

Rusia y Alemania, “dos viejos amigos” (salvo durante las dos guerras mundiales), también han revalidado la geopolítica, pues la casi finalización del “Nordstream 2” refrenda que el suministro de gas es y será “de Estado a Estado”, sin tramos que atraviesen terceros países. No fue casual que un ex ministro de Exteriores de una preocupada Polonia advirtiera hace unos años que se trataba de un “nuevo pacto Ribbentrop-Molotov”.

Sin llegar a sostener que ambos países marchan hacia una asociación estratégica ni mucho menos que Alemania “regresa a la práctica de los cálculos poder-territorios”, el gasoducto ha demostrado que Alemania ha defendido sus intereses nacionales frente a la presión de Estados Unidos, que estimó que el envenenamiento de Navalni en 2020 acabaría por distanciar a Berlín de Moscú.

Por último, recientemente las autoridades de Chile aprobaron un decreto cuyo propósito es extender la plataforma continental del sur de Chile, avanzando sobre la delimitación territorial de la plataforma continental de Argentina, una medida que, a todas luces, es violatoria de los términos establecidos en el Tratado de Paz y Amistad que los dos países firmaron en 1984, como así de la Convención de la ONU sobre el Derecho del Mar.

Sin entrar a tecnicismos y a mecanismos de solución de controversias, la medida de Chile, un actor con tradición expansiva, implica un empuje geopolítico por parte de un actor con sentido de espacio, utilizando una expresión de Friedrich Ratzel, tanto en el terreno de las ideas como en el de los hechos. Chile es uno de los actores regionales donde existe lo que se denomina “geopolítica aplicada”, esto es, no existe separación entre sus pensadores territoriales y la ejecutividad política.

Asimismo, la iniciativa evidencia uno de los principales soportes teóricos del realismo en las relaciones internacionales: más allá del régimen político y la buena vecindad que pueda prevalecer entre Estados, un Estado nunca sabe cuáles son las intenciones de otro u otros Estados.

En suma, suceden muchos acontecimientos de orden territorial en el mundo. Exponemos aquí algunos de los más sensibles e interesantes para la reflexión en torno a un mundo donde se da demasiada entidad a las aspiraciones, mientras que se soslayan las variables clásicas: las que importan al interés, la seguridad, las ambiciones y el poder.

*Alberto Hutschenreuter es Doctor en Relaciones Internacionales. Profesor en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación. Su último libro se titula Ni guerra ni paz, una ambigüedad inquietante, Editorial Almaluz, Buenos Aires, 2021.

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