Por qué la crisis de Ucrania es culpa de Occidente

Hace ya ocho años, el prestigioso especialista estadounidense John Mearsheimer publicó el siguiente artículo en la revista Foreign Affairs (en su edición de Septiembre/Octubre de 2014), advirtiendo sobre las posibles consecuencias para su país de sostener una política agresiva hacia Rusia. Lo damos a conocer en castellano, dada la notable vigencia de su análisis.

Los delirios liberales que provocaron a Putin

Por John J. Mearsheimer

Según el juicio predominante en Occidente, la crisis de Ucrania puede atribuirse casi por completo a la agresión rusa. Según esta opinión, el presidente ruso Vladimir Putin anexó Crimea por un deseo de larga data de resucitar el imperio soviético, y eventualmente podría dirigirse hacia el resto de Ucrania, como también a otros países de Europa del Este. Desde este punto de vista, la destitución del presidente ucraniano Viktor Yanukovych, en febrero de 2014, simplemente proporcionó un pretexto para la decisión de Putin de ordenar a las fuerzas rusas que tomaran parte de Ucrania.

Pero esta consideración es errada: Estados Unidos y sus aliados europeos comparten la mayor parte de la responsabilidad en esta crisis. La raíz del problema es la ampliación de la OTAN, el elemento central de una estrategia más amplia para sacar a Ucrania de la órbita de Rusia e integrarla a Occidente. Al mismo tiempo, la expansión de la UE hacia el este y el respaldo de Occidente al movimiento en favor de la democracia en Ucrania, comenzando con la Revolución Naranja de 2004, también fueron factores críticos. Desde mediados de la década de 1990, los líderes rusos se han opuesto rotundamente a la ampliación de la OTAN y en los últimos años han dejado en claro que no se quedarían de brazos cruzados mientras un vecino estratégicamente importante se convierte en un bastión occidental. Para Putin, el derrocamiento ilegal del presidente democráticamente electo y prorruso de Ucrania, al que correctamente calificó de “golpe de estado”, fue la gota que colmó el vaso.

El rechazo de Putin no debió haber sido una sorpresa. Después de todo, Occidente se había estado mudando al patio trasero de Rusia amenazando sus intereses estratégicos centrales, un punto que Putin señaló enfática y repetidamente. Las élites de Estados Unidos y Europa han sido sorprendidas por los acontecimientos solo porque adhieren a una visión defectuosa de la política internacional. Tienden a creer que la lógica del realismo tiene poca relevancia en el siglo XXI y que Europa puede mantenerse íntegra y libre sobre la base de principios liberales como el estado de derecho, la interdependencia económica y la democracia.

Pero este gran plan salió mal en Ucrania. La crisis allí muestra que la realpolitik sigue siendo relevante y que los Estados que la ignoran lo hacen bajo su propio riesgo. Los líderes estadounidenses y europeos cometieron un error al intentar convertir a Ucrania en un bastión occidental en la frontera con Rusia. Ahora que las consecuencias han quedado en evidencia, sería un error aún mayor continuar con esta política mal diseñada.

LA AFRENTA OCCIDENTAL

Cuando la Guerra Fría llegó a su fin, los líderes soviéticos prefirieron que las fuerzas estadounidenses permanecieran en Europa y que la OTAN permaneciera intacta, un arreglo que pensaron que mantendría pacificada a una Alemania reunificada. Pero ellos y sus sucesores rusos no querían que la OTAN creciera más y asumieron que los diplomáticos occidentales entendían sus preocupaciones. Evidentemente, la administración Clinton pensó lo contrario y a mediados de la década de 1990 comenzó a presionar para que la OTAN se expandiera.

La primera ronda de ampliación tuvo lugar en 1999 e incorporó a la República Checa, Hungría y Polonia. La segunda ocurrió en 2004 e incluía a Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumania, Eslovaquia y Eslovenia. Moscú se quejó amargamente desde el principio. Durante la campaña de bombardeos de la OTAN en 1995 contra los serbobosnios, por ejemplo, el presidente ruso Boris Yeltsin dijo: “Esta es la primera señal de lo que podría pasar cuando la OTAN llegue hasta las fronteras de la Federación Rusa… la llama de la guerra podría estallar en toda Europa”. Pero los rusos eran demasiado débiles en ese momento para desbaratar el movimiento hacia el este de la OTAN, que de todos modos no parecía tan amenazador, ya que ninguno de los nuevos miembros compartía frontera con Rusia, salvo los diminutos países bálticos.

Pero la OTAN comenzó a mirar más al este. En su cumbre de abril de 2008 en Bucarest, la alianza consideró admitir a Georgia y Ucrania. La administración de George W. Bush apoyó hacerlo, pero Francia y Alemania se opusieron a la medida por temor a que antagonizara indebidamente con Rusia. Finalmente, los miembros de la OTAN llegaron a un compromiso: la alianza no inició el proceso formal que condujera a la membresía, pero emitió una declaración respaldando las aspiraciones de Georgia y Ucrania, afirmando audazmente: “Estos países se convertirán en miembros de la OTAN”.

Moscú, sin embargo, no vio esto como un compromiso. Alexander Grushko, entonces viceministro de Relaciones Exteriores de Rusia, dijo que “la membresía de Georgia y Ucrania en la alianza es un gran error estratégico que tendría consecuencias muy graves para la seguridad paneuropea”. Putin sostuvo que admitir a esos dos países en la OTAN representaría una “amenaza directa” para Rusia. Un periódico ruso informó que Putin, mientras hablaba con Bush, “insinuó de manera muy transparente que si Ucrania fuera aceptada en la OTAN, dejaría de existir”.

La invasión rusa a Georgia, en agosto de 2008, debería haber disipado las dudas que quedaran sobre la determinación de Putin de evitar que Georgia y Ucrania se unieran a la OTAN. El presidente georgiano Mikheil Saakashvili, que estaba profundamente comprometido con la incorporación de su país a la OTAN, había decidido en el verano de 2008 reincorporar dos regiones separatistas, Abjasia y Osetia del Sur. Pero Putin buscó mantener a Georgia débil, dividida y fuera de la OTAN. Después de que estallaran los combates entre el gobierno georgiano y los separatistas de Osetia del Sur, las fuerzas rusas tomaron el control de Abjasia y Osetia del Sur. Moscú había hecho su parte. Sin embargo, a pesar de esta clara advertencia, la OTAN nunca abandonó públicamente su objetivo de incorporar a Georgia y Ucrania a la alianza. Y la expansión de la OTAN siguió avanzando: Albania y Croacia se convirtieron en miembros en 2009.

La UE también ha estado marchando hacia el este. En mayo de 2008, dio a conocer su iniciativa Asociación Oriental [Eastern Partnership], un programa para fomentar la prosperidad en países como Ucrania e integrarlos a la economía de la UE. No sorprende que los líderes rusos vean el plan como hostil a los intereses de su país. En febrero pasado [de 2014, N. del T.], antes de que Yanukovych fuera expulsado de su cargo, el ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, Sergey Lavrov, acusó a la UE de intentar crear una “esfera de influencia” en Europa del Este. A los ojos de los líderes rusos, la expansión de la UE es un pretexto para la expansión de la OTAN.

La última herramienta de Occidente para despegar a Kiev de Moscú ha sido su esfuerzo por difundir los valores occidentales, promoviendo la democracia en Ucrania y otros estados postsoviéticos, un plan que a menudo implica financiar a personas y organizaciones prooccidentales. Victoria Nuland, subsecretaria de Estado de EE. UU. para asuntos europeos y euroasiáticos, estimó en diciembre de 2013 que EE. UU. había invertido desde 1991 más de 5.000 millones de dólares para ayudar a Ucrania a lograr “el futuro que se merece”. Como parte de ese esfuerzo, el gobierno de EE. UU. ha financiado el Fondo Nacional para la Democracia [NED, National Endowment for Democracy]. Esta fundación sin fines de lucro ha financiado más de 60 proyectos destinados a promover la sociedad civil en Ucrania, y el presidente de la NED, Carl Gershman, ha designado a ese país como “el premio mayor”. Después de que Yanukovich ganara las elecciones presidenciales de Ucrania, en febrero de 2010, la NED entendió que esto socavaba sus objetivos, por lo que intensificó los esfuerzos para apoyar a la oposición y fortalecer las instituciones democráticas del país.

Cuando los líderes rusos observan la ingeniería social que los occidentales llevan a cabo en Ucrania, les preocupa que su país sea el próximo. Y tales temores difícilmente sean infundados. En septiembre de 2013, Gershman escribió en The Washington Post: “La decisión de Ucrania de unirse a Europa acelerará la desaparición de esa ideología del imperialismo ruso que representa Putin”. Y agregó: “Los rusos también se enfrentan a una elección y Putin puede encontrarse del lado perdedor, no solo en el exterior más próximo, sino también  dentro de la propia Rusia”.

CREANDO UNA CRISIS

El triple conjunto de políticas de Occidente (ampliación de la OTAN, expansión de la UE y promoción de la democracia) agregó combustible a un fuego próximo a iniciarse. La chispa surgió en noviembre de 2013, cuando Yanukovych rechazó un importante acuerdo económico que había estado negociando con la UE y decidió aceptar una contraoferta rusa de 15.000 millones de dólares. Esta decisión dio lugar a manifestaciones antigubernamentales que se intensificaron durante los siguientes tres meses, y que a mediados de febrero habían provocado la muerte de un centenar de manifestantes. Los emisarios occidentales volaron apresuradamente a Kiev para resolver la crisis. El 21 de febrero, el gobierno y la oposición llegaron a un acuerdo que permitía a Yanukovych permanecer en el poder hasta que se celebraran nuevas elecciones. Pero las cosas rápidamente se vinieron abajo y al día siguiente Yanukovich huyó a Rusia. El nuevo gobierno de Kiev era prooccidental y antirruso hasta la médula, y formaban parte de él cuatro miembros de alto perfil que legítimamente podrían ser etiquetados como neofascistas.

Aunque aún no ha salido a la luz el alcance total de la participación de Estados Unidos, está claro que Washington respaldó el golpe. Nuland y el senador republicano John McCain participaron en manifestaciones antigubernamentales, y Geoffrey Pyatt, el embajador de Estados Unidos en Ucrania, proclamó tras el derrocamiento de Yanukovych que era “un día para los libros de historia”. Como reveló una grabación telefónica filtrada, Nuland abogaba por un cambio de régimen y quería que el político ucraniano Arseniy Yatsenyuk se convirtiera en primer ministro en el nuevo gobierno, cosa que ocurrió. No es de extrañar que los rusos de todas las creencias piensen que Occidente participó en el derrocamiento de Yanukovych.

Para Putin, había llegado el momento de actuar contra Ucrania y Occidente. Poco después del 22 de febrero, ordenó a las fuerzas rusas que tomaran Crimea de Ucrania y poco después la incorporó a Rusia. La tarea resultó relativamente fácil, gracias a las miles de tropas rusas ya estacionadas en una base naval en el puerto de Crimea de Sebastopol. Crimea también se convirtió en un objetivo fácil, ya que los rusos étnicos componen aproximadamente el 60 por ciento de su población. La mayoría de ellos quería separarse de Ucrania.

Luego Putin ejerció una enorme presión sobre el nuevo gobierno de Kiev para disuadirlo de ponerse del lado de Occidente contra Moscú, dejando en claro que destruiría a Ucrania como Estado funcional antes de permitir que se convirtiera en un bastión occidental a las puertas de Rusia. Con ese fin ha proporcionado asesores, armas y apoyo diplomático a los separatistas rusos en el este de Ucrania, quienes están empujando el país hacia la guerra civil. Ha concentrado un gran ejército en la frontera con Ucrania, amenazando con invadirla si el gobierno toma medidas enérgicas contra los rebeldes. También ha elevado considerablemente el precio del gas natural que Rusia vende a Ucrania, exigiendo además el pago de exportaciones pasadas. Putin está jugando duro.

EL DIAGNOSTICO

Las acciones de Putin deberían ser fáciles de comprender. Siendo una gigantesca planicie que cruzaron la Francia napoleónica, la Alemania imperial y la Alemania nazi para atacar a la propia Rusia, Ucrania sirve como un Estado tapón de enorme importancia estratégica para Rusia. Ningún líder ruso toleraría que se moviera hacia Ucrania una alianza militar que hasta hace poco era enemiga mortal de Moscú. Ningún líder ruso se quedaría de brazos cruzados mientras Occidente ayuda a instalar allí un gobierno decidido a integrar a Ucrania en Occidente.

Puede que a Washington no le guste la posición de Moscú, pero debería entender la lógica detrás de ella. Esto es Geopolítica 101: las grandes potencias siempre son sensibles a las amenazas potenciales cerca de su propio territorio. Después de todo, Estados Unidos no tolera que lejanas grandes potencias desplieguen fuerzas militares en ningún lugar del hemisferio occidental, y mucho menos en sus fronteras. Imagínese la indignación en Washington si China construyera una impresionante alianza militar y tratara de incluir a Canadá y México en ella. Dejando a un lado la lógica, los líderes rusos han dicho a sus homólogos occidentales, en muchas ocasiones, que consideran inaceptable la expansión de la OTAN hacia Georgia y Ucrania unido a cualquier esfuerzo por poner a esos países en contra de Rusia, un mensaje que la guerra ruso-georgiana de 2008 también dejó muy claro.

Funcionarios de Estados Unidos y sus aliados europeos, afirman que se esforzaron por calmar los temores rusos y que Moscú debería entender que la OTAN no tiene planes para Rusia. Además de negar continuamente que su expansión tuviera como objetivo contener a Rusia, la alianza nunca ha desplegado fuerzas militares de forma permanente en los nuevos Estados miembros. En 2002, incluso creó un organismo llamado Consejo OTAN-Rusia en un esfuerzo por fomentar la cooperación. Para calmar aún más a Rusia, Estados Unidos anunció en 2009 que desplegaría su nuevo sistema de defensa antimisiles en buques de guerra en aguas europeas, al menos inicialmente, en lugar de hacerlo en territorio checo o polaco. Pero ninguna de estas medidas funcionó; los rusos se opusieron firmemente a la ampliación de la OTAN, especialmente a Georgia y Ucrania. Y son los rusos, no Occidente, quienes finalmente deciden qué cosa representa una amenaza para ellos.

Para entender por qué Occidente, especialmente Estados Unidos, no entendió que su política hacia Ucrania estaba sentando las bases para un gran enfrentamiento con Rusia, hay que remontarse a mediados de la década de 1990, cuando la administración Clinton comenzó a abogar por la expansión de la OTAN. Los expertos presentaron una variedad de argumentos a favor y en contra de la ampliación, pero no hubo consenso sobre qué hacer. La mayoría de los emigrados de Europa del Este en los Estados Unidos y sus familiares, por ejemplo, apoyaron firmemente la expansión porque querían que la OTAN protegiera a países como Hungría y Polonia. Algunos realistas también estaban a favor de esta política porque pensaban que Rusia aún necesitaba ser contenida.

Pero la mayoría de los realistas se opusieron a la expansión, en la convicción de que una gran potencia en declive, con una población que envejece y una economía unidimensional, no necesita ser contenida. Y temían que la ampliación solo diera a Moscú un incentivo para causar problemas en Europa del Este. El diplomático estadounidense George Kennan articuló esta perspectiva en una entrevista de 1998, poco después de que el Senado estadounidense aprobara la primera ronda de expansión de la OTAN: “Pienso que los rusos reaccionarán gradualmente de manera muy adversa y afectará sus políticas”, dijo. “Creo que es un error trágico. No había ninguna razón para esto, en absoluto. Nadie estaba amenazando a nadie”.

La mayoría de los liberales, por otro lado, estaban a favor de la ampliación, incluidos muchos miembros clave de la administración Clinton. Creían que el final de la Guerra Fría había transformado fundamentalmente la política internacional y que un nuevo orden posnacional había reemplazado la lógica realista que solía gobernar Europa. Y Estados Unidos no solo era la “nación indispensable”, como dijo la secretaria de Estado Madeleine Albright; también era una hegemonía benigna y por lo tanto era poco probable que se la viera como una amenaza en Moscú. El objetivo, en esencia, era hacer que todo el continente se pareciera a Europa occidental.

Y así, Estados Unidos y sus aliados buscaron promover la democracia en los países de Europa del Este, aumentar la interdependencia económica entre ellos e integrarlos en las instituciones internacionales. Habiendo ganado el debate en los Estados Unidos, los liberales tuvieron pocas dificultades para convencer a sus aliados europeos de que apoyaran la ampliación de la OTAN. Después de todo, dados los logros pasados ​​de la UE, los europeos estaban aún más comprometidos que los estadounidenses con la idea de que la geopolítica ya no importaba y que un orden liberal inclusivo podría mantener la paz en Europa.

Durante la primera década de este siglo, los liberales llegaron a dominar tan a fondo el discurso sobre la seguridad europea, que incluso cuando la alianza adoptó una política de crecimiento de puertas abiertas, la expansión de la OTAN enfrentó poca oposición realista. Hoy la cosmovisión liberal es un dogma aceptado entre los funcionarios estadounidenses. En marzo, por ejemplo, el presidente Barack Obama pronunció un discurso sobre Ucrania en el que habló repetidamente de “los ideales” que motivan la política occidental y de cómo esos ideales “a menudo se han visto amenazados por una visión más antigua y tradicional del poder”. La respuesta del secretario de Estado John Kerry a la crisis de Crimea reflejó esta misma perspectiva: “Simplemente, en el siglo XXI no te comportas como en el siglo XIX, invadiendo otro país con un pretexto completamente falso”.

En esencia, las dos partes operan con diferentes libretos: Putin y sus compatriotas han estado pensando y actuando de acuerdo con dictados realistas, mientras que sus contrapartes occidentales han adherido a las ideas liberales sobre la política internacional. El resultado es que Estados Unidos y sus aliados, sin saberlo, provocaron una gran crisis en Ucrania.

JUEGO DE CULPAS

En esa misma entrevista de 1998, Kennan predijo que la expansión de la OTAN provocaría una crisis, después de lo cual los defensores de la expansión “argumentarían que siempre dijeron que así son los rusos”. Como si fuera una señal, la mayoría de los funcionarios occidentales han retratado a Putin como el verdadero culpable de la situación de Ucrania. En marzo, según The New York Times, la canciller alemana Angela Merkel insinuó que Putin era irracional y le dijo a Obama que estaba “en otro mundo”. Aunque Putin sin duda tiene tendencias autocráticas, ninguna evidencia respalda la acusación de que está mentalmente desequilibrado. Al contrario: es un estratega de primera clase que debe ser temido y respetado por cualquiera que lo desafíe en política exterior.

Otros analistas alegan, de forma más plausible, que Putin lamenta la desaparición de la Unión Soviética y está decidido a revertir la situación ampliando las fronteras de Rusia. De acuerdo con esta interpretación, Putin, después de haber tomado Crimea, está ahora tanteando el terreno y viendo si es el momento adecuado para conquistar Ucrania, o al menos su parte oriental, y eventualmente se comportará agresivamente con otros países vecinos de Rusia. Para algunos de este sector, Putin representa un Adolf Hitler moderno, y llegar a cualquier tipo de trato con él repetiría el error de Munich. Por lo tanto, la OTAN debe admitir a Georgia y Ucrania y debe contener a Rusia antes de que domine a sus vecinos y amenace a Europa occidental.

Si se efectúa un análisis más cercano, este argumento se desmorona. Si Putin se hubiera comprometido a crear una Rusia más grande, es casi seguro que las señales de sus intenciones habrían surgido antes del 22 de febrero. Pero no hay prácticamente evidencia de que antes de esa fecha estuviera decidido a tomar Crimea, y mucho menos cualquier otro territorio de Ucrania. Incluso los líderes occidentales que apoyaron la expansión de la OTAN, no lo hicieron por temor a que Rusia estuviera a punto de usar la fuerza militar. Las acciones de Putin en Crimea los tomaron completamente por sorpresa y parecen haber sido una reacción espontánea al derrocamiento de Yanukovych. Inmediatamente después, Putin incluso dijo que se oponía a la secesión de Crimea, antes de cambiar rápidamente de opinión.

Además, incluso si quisiera, Rusia carece de la capacidad para conquistar y anexar fácilmente el este de Ucrania, y mucho menos de todo el país. Aproximadamente 15 millones de personas, un tercio de la población de Ucrania, viven entre el río Dnieper, que divide el país, y la frontera con Rusia. Una abrumadora mayoría de esas personas quiere seguir siendo parte de Ucrania y seguramente resistiría una ocupación rusa. Además, el mediocre ejército de Rusia, que muestra pocas señales de convertirse en una Wehrmacht moderna, tendría pocas posibilidades de pacificar a toda Ucrania. Moscú también está mal posicionado para mantener una ocupación costosa; su débil economía sufriría aún más ante las sanciones resultantes.

Pero incluso si Rusia presumiera de una poderosa maquinaria militar y una economía impresionante, probablemente sería incapaz de ocupar Ucrania con éxito. Basta con considerar las experiencias soviética y estadounidense en Afganistán, las estadounidenses en Vietnam e Irak y la rusa en Chechenia, para recordar que las ocupaciones militares suelen terminar mal. Putin seguramente entiende que tratar de someter a Ucrania sería como tragarse un puercoespín. Allí su respuesta a los acontecimientos ha sido defensiva, no ofensiva.

UNA SALIDA

Dado que la mayoría de los líderes occidentales continúa negando que el comportamiento de Putin pueda estar motivado por legítimas preocupaciones de seguridad, no sorprende que hayan tratado de modificar ese comportamiento redoblando las políticas existentes y castigando a Rusia para disuadir nuevas agresiones. Aunque Kerry ha sostenido que “todas las opciones están sobre la mesa”, ni Estados Unidos ni sus aliados de la OTAN están preparados para usar la fuerza defendiendo a Ucrania. En cambio, Occidente confía en las sanciones económicas para obligar que Rusia ponga fin al apoyo a la insurrección en el este de Ucrania. En julio, Estados Unidos y la UE implementaron su tercera ronda de sanciones limitadas, dirigidas principalmente a personas de alto nivel estrechamente vinculadas al gobierno ruso, y sobre algunos bancos, empresas de energía y empresas de defensa de alto perfil. También amenazaron con desencadenar una ronda de sanciones más severas, dirigidas a sectores enteros de la economía rusa.

Tales medidas tendrán poco efecto. Es probable que de todos modos las sanciones rigurosas estén fuera de la mesa. Los países de Europa occidental, especialmente Alemania, se han resistido a imponerlas por temor a que Rusia pueda tomar represalias y causar un grave daño a la economía de la UE. Pero incluso si Estados Unidos pudiera convencer a sus aliados de promulgar medidas duras, es probable que Putin no altere su toma de decisiones. La historia muestra que los países absorben enormes cantidades de castigo con tal de proteger sus intereses estratégicos vitales. No hay razón para pensar que Rusia representa una excepción a esta regla.

Los líderes occidentales, además, se han aferrado a las políticas provocativas que precipitaron la crisis desde un primer momento. En abril, el vicepresidente de EE. UU., Joseph Biden, se reunió con legisladores ucranianos y les dijo: “Esta es una segunda oportunidad para cumplir la promesa original hecha por la Revolución Naranja”. John Brennan, el director de la CIA, no ayudó en nada cuando ese mismo mes visitó Kiev en un viaje que, según la Casa Blanca, tenía como objetivo mejorar la cooperación en materia de seguridad con el gobierno ucraniano.

Mientras tanto, la UE ha seguido impulsando la Asociación Oriental [Eastern Partnership]. En marzo, José Manuel Barroso, presidente de la Comisión Europea, resumió el pensamiento de la UE sobre Ucrania, diciendo: “Tenemos una deuda, un deber de solidaridad con ese país, y trabajaremos para tenerlo lo más cerca posible de nosotros.” Y efectivamente, el 27 de junio la UE y Ucrania firmaron el acuerdo económico que Yanukovych había rechazado fatídicamente siete meses antes. También en junio, en una reunión de ministros de Relaciones Exteriores de los miembros de la OTAN, se acordó que la alianza permanecería abierta a nuevos miembros, aunque los ministros de Relaciones Exteriores se abstuvieron de mencionar expresamente a Ucrania. “Ningún tercer país tiene derecho a veto sobre la ampliación de la OTAN”, anunció Anders Fogh Rasmussen, secretario general de la OTAN. Los ministros de Relaciones Exteriores también acordaron apoyar varias medidas para mejorar las capacidades militares de Ucrania en áreas como comando y control, logística y ciberdefensa. Los líderes rusos, naturalmente, han retrocedido ante estas acciones; la respuesta de Occidente a la crisis solo empeorará a una ya de por sí mala situación.

Sin embargo, hay una solución para la crisis en Ucrania, aunque requeriría que Occidente pensara en el país de una manera fundamentalmente nueva. Estados Unidos y sus aliados deberían abandonar su plan de occidentalizar Ucrania y, en cambio, deberían tratar de convertirla en un amortiguador neutral entre la OTAN y Rusia, algo similar a la posición de Austria durante la Guerra Fría. Los líderes occidentales deberían reconocer que Ucrania le importa tanto a Putin que no pueden apoyar allí un régimen antirruso. Esto no significa que un futuro gobierno ucraniano tendría que ser pro-ruso o anti-OTAN. Por el contrario, el objetivo debe ser una Ucrania soberana que no caiga ni en el campo ruso ni en el occidental.

Para lograr este fin, Estados Unidos y sus aliados deberían descartar públicamente la expansión de la OTAN a Georgia y Ucrania. Occidente también debería ayudar a diseñar un plan de rescate económico para Ucrania financiado conjuntamente por la UE, el Fondo Monetario Internacional, Rusia y los Estados Unidos, una propuesta que Moscú debería acoger con beneplácito, dado su interés en tener una Ucrania próspera y estable en su flanco oeste. Además, Occidente debería limitar considerablemente sus esfuerzos de ingeniería social dentro de Ucrania. Es hora de poner fin al apoyo occidental a otra Revolución Naranja. No obstante, los líderes estadounidenses y europeos deberían alentar a Ucrania a respetar los derechos de las minorías, especialmente los derechos lingüísticos de los rusohablantes.

Algunos pueden argumentar que cambiar la política hacia Ucrania, en una fecha tan tardía, podría dañar seriamente la credibilidad de Estados Unidos en todo el mundo. Indudablemente habría ciertos costos, pero los costos de continuar con una estrategia equivocada serían mucho mayores. Además, es probable que otros países respeten a un Estado que aprende de sus errores y, en última instancia, diseña una política que aborda de manera efectiva el problema en cuestión. Claramente, esa opción está abierta a los Estados Unidos.

También se escucha la afirmación de que Ucrania tiene derecho a determinar con quién quiere aliarse y que los rusos no tienen derecho a impedir que Kiev se una a Occidente. Esta es una manera peligrosa de que Ucrania piense en sus opciones de política exterior. La triste verdad es que a menudo se hace lo correcto solo cuando la política de las grandes potencias está en juego. Los derechos abstractos, como la autodeterminación, en gran medida no tienen sentido cuando los Estados poderosos se pelean con los Estados más débiles. ¿Cuba tenía derecho a formar una alianza militar con la Unión Soviética durante la Guerra Fría? Los Estados Unidos ciertamente no lo pensaron así, y los rusos piensan lo mismo sobre la incorporación de Ucrania a Occidente. Es del interés de Ucrania comprender estos hechos de la vida y andar con cuidado al tratar con su vecino más poderoso.

Sin embargo, incluso si uno rechaza este análisis y cree que Ucrania tiene derecho a presentar una petición para unirse a la UE y la OTAN, el hecho es que Estados Unidos y sus aliados europeos tienen derecho a rechazar estas solicitudes. No hay motivo para que Occidente tenga que complacer a Ucrania si esta se halla empeñada en seguir una equivocada política exterior, especialmente si su defensa no es un interés vital. Cumplir los sueños de algunos ucranianos no vale la pena por la animosidad y los conflictos que causará, especialmente para el pueblo ucraniano.

Por supuesto, algunos analistas podrían reconocer que la OTAN manejó mal las relaciones con Ucrania y aun así argumentar que Rusia constituye un enemigo que solo se volverá más formidable con el tiempo y que, por lo tanto, Occidente no tiene más remedio que continuar con su política actual. Pero este punto de vista es muy errado. Rusia es una potencia en declive y con el tiempo solo se debilitará. Además, aun si Rusia fuera una potencia en ascenso no tendría sentido incorporar a Ucrania a la OTAN. La razón es simple: Estados Unidos y sus aliados europeos no consideran que Ucrania sea un interés estratégico central, como ha quedado en claro al demostrar falta de voluntad para utilizar la fuerza militar acudiendo en su ayuda. Por lo tanto, sería el colmo de la locura crear un nuevo miembro de la OTAN que los demás miembros no tienen intención de defender.

Seguir con la política actual también complicaría las relaciones occidentales con Moscú en otros temas. Estados Unidos necesita la ayuda de Rusia para retirar el equipo estadounidense de Afganistán a través del territorio ruso, llegar a un acuerdo nuclear con Irán y estabilizar la situación en Siria. De hecho, Moscú ya ha ayudado a Washington en estos tres temas; en el verano de 2013, fue Putin quien sacó las castañas del fuego de Obama al forjar el acuerdo en virtud del cual Siria accedió a renunciar a sus armas químicas, evitando así el ataque militar estadounidense con el que Obama había amenazado. Estados Unidos también necesitará algún día la ayuda de Rusia para contener a una China en ascenso. Sin embargo, la actual política estadounidense solo está acercando más a Moscú y Beijing.

Estados Unidos y sus aliados europeos ahora enfrentan una elección sobre Ucrania. Pueden continuar con su política actual, que exacerbará las hostilidades con Rusia y en el proceso devastará a Ucrania, un escenario en el que todos saldrían perdiendo. O pueden cambiar la dirección y ayudar a crear una Ucrania próspera, pero neutral, que no amenace a Rusia y permita que Occidente repare sus relaciones con Moscú. Con este enfoque, todas las partes ganarían.

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